Isabel Ferreiro
Empecemos por volver a esta frase célebre, entre las célebres, de Ortega, que aparece en su primer libro, como anuncio de la filosofía integradora, que desarrollaría a lo largo de toda su obra. La cual puede llevarnos a pensar que si no acepto cuanto hay, no me acepto y, por tanto, no me salvo. O, visto del otro lado: que lo que rechazo me esclaviza, me limita: me impide ser.
“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo” parece también una llamada a amarse en toda circunstancia y, de paso, a amar cuanto hay: a unirse con uno mismo y con todo, se esté donde se esté y como se esté. Pues sea la que sea la circunstancia, que nos presente la vida, es mía y, sólo por ello, merece que le diga, al menos, de acuerdo.
La circunstancia es lo que hay. Para salvarme, entonces, he de abrirme a transitarla y a escuchar qué me dice, qué aprendizaje me trae. De otro modo, pierdo el tiempo en rechazarla, la oportunidad de vivirla y, con ello, de evolucionar y de salvarme. “Prefiero ser un hombre completo que un hombre bueno”, dice Jung, porque sabe que todo lo bueno en el hombre pasa por integrar cuanto se es, cuanto hay.
Para salvarse, pues, hay que salvarlo todo, empezando por el cuerpo que nos ha tocado, país, familia, amigos, compañeros, jefes, gobernantes; virtudes y defectos, gustos y disgustos, alegrías y llantos. Porque todo es, y, por tanto, forma parte de mi circunstancia y de mí. “Hay que salir del pozo con el pozo a cuestas”, dice también Ortega unos años antes, en un diario de estudiante, diciendo lo mismo.
“No seas el juez de las cosas, sé su amante”, escribe más rotundamente. El amante se caracteriza, ante todo, por acompañar. Y, en efecto, para salvarme, tengo que acompañarme; que ser mi propio amante. Si uno se condena por encontrarse en una circunstancia adversa, se hace víctima del exterior, y se separa de sí. Para vivir de verdad, pues, es preciso mantener firme la voluntad de acompañarse, pase lo que pase.
“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo” puede verse también como el principio más radical de igualdad; pues todo, simplemente por ser, ha de ser incluido, sin distinciones. Lo afortunado y lo desafortunado, lo feo y lo bonito, lo grande y lo pequeño. Todo es. Pretender hacer un apartheid con lo que no me gusta es inútil por infinito, y debilitante porque me niega. Vivir dedicado a eliminar “lo malo” no es vivir: es idealismo y, al cabo, como enseña Ortega, fanatismo. “Lo que se acepta se transforma; lo que se resiste, persiste”, dice también Jung.
“Para hacer grandes cosas es la peor una táctica de exclusiones”, vuelve a recomendar Ortega. ¿Y qué cosa más grande que vivir? Y como vivir es siempre en esta circunstancia de ahora —con esta molestia, esta preocupación, esta dificultad, esta alegría— todo ha de ser incluido, porque ya lo está por la propia vida.
“¿Ésta es la vida? ¡Bueno, venga otra vez!”, cita Ortega a Nietzcsche. Venga lo que venga, decido salvarlo porque decido salvarme. “Quiere lo que puedes”, recuerda citando a Leonardo. Y efectivamente puedo querer esta circunstancia de ahora mismo, que es lo que puedo. No le pido más, tampoco que sea distinta, no me pido más. Me habito en ella, la vivo: me salvo.
Textos citados: “Diario de Marburgo” (Enero, 1907, domingo 27); Meditaciones del Quijote (1914); España invertebrada (1922); El tema de nuestro tiempo (1923)

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