Breve biografía

José Ortega y Gasset, 9-5-1883 (calle Alfonso XII, 4, Madrid) – 18-10-1955 (calle Montesquinza, 28, Madrid)

José Ortega y Gasset es un filósofo español. Esto, que no parece decir mucho, sí lo es por su excepcionalidad. Pues España ha sido cuna de grandes pintores y escritores, pero no tiene una tradición filosófica que preceda a nuestro autor. Nos tendríamos que remontar al siglo XVI y pensar en Francisco de Vitoria, pero escribía en latín. Por lo que se puede decir que Ortega y Gasset es el primer filósofo en español. Por lo cual, la obra de Ortega, sin entrar en su inmensidad, profundidad ni innovación, es de entrada una obra objetivamente titánica; pues introduce el vocabulario filosófico, y las cuestiones más importantes de la filosofía, al español; ello a la vez que elabora un pensamiento filosófico vanguardista, precursor de tantos actuales.

Ortega, desde joven, ejerció la docencia. En 1908, con 25 años, ya tiene su plaza como profesor en la Escuela de Magisterio, de Psicología, Lógica y Ética; y desde 1910 será catedrático de metafísica en la Universidad de Madrid (hoy Universidad Complutense), hasta el curso 1935-1936 incluido (la guerra civil española irrumpe en julio de 1936, en tiempo de vacaciones para alumnos y profesores). Había, pues, cumplido, y celebrado, ese mismo año, 25 años de profesor, en la Facultad de Filosofía de Madrid (foto derecha)

Universidad de Madrid
Ortega y Zubiri con alumnos, de excursión, 1933.

Ortega creó escuela, no sólo por lo que respecta a sus discípulos y alumnos, sino también a sus colegas, colaboradores y a sus propios compañeros, muchos de los cuales, pese a ser intelectuales de prestigio, y hasta a veces ser mayores de edad que él, le consideraban maestro, y gustosos colaboraban en los proyectos que emprendía. Así, los filósofos reunidos en la llamada “Escuela de Madrid” participan en la renovación filosófica que impulsa Ortega, con el fin de poner el pensamiento en España “a la altura de su tiempo”.

En la facultad de Filosofía, de la Universidad Central, en Madrid, Ortega coincide ejerciendo su labor docente con Julián Besteiro, Ramón Menéndez Pidal, Javier Sánchez Albornoz, Xavier Zubiri, Manuel García Morente, Juan Zaragüeta, entre otros; para los cuales Ortega es compañero y referente. Y son discípulos de Ortega de esa facultad: Paulino Garagorri, su principal editor desde que Ortega fallece; Antonio Rodríguez Huéscar, Julián Marías, Manuel Granell, José Gaos, María Zambrano, Pedro Laín Entralgo, Fernando Aranguren, Francisco Ayala, y de otros tantos de otras facultades y disciplinas que también contactaron con Ortega seducidos y asombrados por su pensamiento, como Luis Recaséns Siches, José Ferrater Mora, Rosa Chacel, Maruja Mallo, Joaquín Xirau, Ramón Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez, o Ramón Gómez de la Serna, todos los cuales han dejado importante obra.

La influencia de Ortega era pública y notoria a nivel social; e incluso fuera de nuestras fronteras, a través del periódico, de sus proyectos editoriales, y de su brillante obra escrita, que fue traducida, desde principios de los años 20, a distintos idiomas, principalmente al alemán, inglés y francés.

Ortega decía que nació sobre una rotativa; lo cual era literal, pues nació en el piso principal de la calle Alfonso XII, número 4 de Madrid; y justo debajo estaba el periódico El Imparcial, propiedad de la familia Gasset, que dirigía su padre. Desde niño vio ir y venir a los intelectuales más importantes, los cuales colaboraban en el suplemento cultural que su padre creó: “Los Lunes de El Imparcial”. El Imparcial era el periódico de mayor repercusión y prestigio, por lo que Ortega tenía naturalmente integrada la influencia pública.

Con 19 años, publica su primer artículo: “Glosa a Ramón del Valle Inclán” (Faro de Vigo, 28 de agosto de 1902). Y, desde entonces, escribirá en la prensa de forma habitual, durante las siguientes cuatro décadas. Buena parte de sus obras son anticipadas en la prensa en series de artículos. Ortega quería hablar a todos y el periódico era el medio más rápido y eficaz. Así, por ejemplo, sus célebres libros España invertebrada, El tema de nuestro tiempo, o La rebelión de las masas, fueron publicados previamente en series de artículos de periódico.

Pese a no saber alemán, al terminar la carrera de filosofía, Ortega se va a estudiar a Alemania, cursa estudios en las universidades de Leipzig, Berlín y Marburgo entre los años de 1905 y 1907. En una carta desde Leipzig, escribe a sus padres el 28-4-1905:

“La faena de traducir alemán me deja baldado; de cinco a seis horas diarias […] tardo en una hoja media hora por término medio. Con los periódicos me las apaño tal cual […]. Estoy constantemente contento: hartándome de soledad. No me entra la más leve nostalgia a pesar de este cielo que amanece negro un día sí y otro no. […] Sabía yo que en ese frente-a-frente de mí mismo me había de aposar completamente, […]. Fuera se ha echado toda vaguedad, toda vanidad, toda esa parte de vida interior falsa y de espejismo. Así me ha pasado que me encuentro pasmosamente distinto. He visto, por ejemplo, que literalmente no sé nada de nada, que no tengo derecho a pensar, y que, si anhelaba hacer la vida sólida, tenía que rehacerme por completo el ideario. Me he limpiado toda y pequeña ambición, y en su lugar me ha nacido un mastodonte: que no es otra cosa, en un español de 20 años, sentir un ansia infinita, vital por buscar la verdad, por buscarla aunque no exista; […] de modo que he decidido levantarme el resto de mis días a las cinco de la mañana como lo vengo haciendo de algún tiempo a esta parte. El año y medio o dos años que aquí esté tengo que aprovecharlo de un modo tremendo y con el mayor orden. […] Estos son mis sueños penosos y difíciles y lentos. Hoy estoy animoso y lleno de esperanza; sólo me inquieta un poco pensar en si mi estancia aquí será un sacrificio monetario para vosotros superior a lo que fuera lógico”.

En 1911, casado ya, vuelve a Alemania, a Marburgo, donde nace su primer hijo Miguel Germán; y donde tuvo oportunidad de quedarse, y ejercer la vida académica alemana, que era en aquel momento la de mayor altura y prestigio. Pero elige volver a España, pese a la pesadumbre que sentía por su generalizado retraso y cerrazón. España era un país decaído en una profunda crisis, marginado, y culturalmente inexistente, salvo por su ya remoto y melancólico pasado.

Traer la cultura europea, revitalizar, modernizar a España es la pesada empresa que Ortega se puso sobre sus hombros. Ortega llama a Joaquín Costa el patriota, porque nadie mejor que él sabe lo que significa ser patriota. Dice en 1932: “Toda mi obra y toda mi vida han sido servicio de España. Y esto es una verdad inconmovible, aunque objetivamente resultase que yo no había servido de nada”.

Así, también desde muy pronto, apoyó, colaboró y fundó numerosos proyectos editoriales: las revistas Vida Nueva, Faro, en 1908; España, en 1915; El Espectador, en 1916; el diario El Sol, en 1917; Espasa Calpe, en 1926; Crisol y luz, en 1931.

Su mayor empresa: Revista de Occidente, la funda en 1923. La revista dio, mes a mes, 157 números ininterrumpidos de julio de 1923 a julio de 1936, a cual más extraordinario, que hoy asombra por la variedad y profundidad de las colaboraciones de cada disciplina. Y sorprende el mérito de tan gran revista reconocida internacionalmente, fundada en un país menor culturalmente, con escasos medios económicos. (Cabe mencionar que la mitad de la tirada de 3000 ejemplares iba para Argentina y de ahí se distribuía al resto de América Latina).

Fue Revista de Occidente una auténtica revolución para España, que transformó hasta entonces lo conocido y establecido en todas las disciplinas. Biólogos, físicos, químicos, matemáticos se encontraban en la revista, junto a filósofos, filólogos, sociólogos, antropólogos, arqueólogos, literatos, poetas, y artistas plásticos.


Ortega ha sido un precursor de tanto, como de tantas palabras que hoy son uso común; por ejemplo, “interdisciplinar”; pues, si hay un proyecto interdisciplinar por excelencia, ése es Revista de Occidente. Científicos, como Einstein, Heisenberg, Schrödinger, Eddington, Uexküll; pensadores como Jung; huizinga, Spenglesr, Scheler, el conde de Keyserling, Huxley, Max Weber, Curtius, Simmel, Schulten; escritores como Jean Cocteau, Franz Werfel, Paul Morand, Kafka, Cernuda, Borges, Pío Baroja, Gómez de la Serna, Rosa Chacel, Vicente Aleixandre, entre otros muchos, escribieron en las páginas de Revista de Occidente. Y José de Almada Negreiros, Maruja Mallo, Francisco Bores, Rafael Barradas, Carlos Sáenz Tejada, Wladislaw Jahl, Norah Borges, entre otros muchos artistas plásticos, colaboraron en la revista.

Tertulia de Revista de Occidente, 8-12-1931. Entre otros: Alfonso García Valdecasas, José Rodríguez Acosta, José Ortega y Gasset, Corpus Barga, Lolita Castilla, Blas Cabrera, Mariano Granados, Fernando Vela, Nicolás Alcalá Espinosa, Francisco de las Barras de Aragón, Félix Cifuentes, José Tudela, Manuel Abril, Gustavo Pittaluga, Antonio Obregón, Gaspar Gómez de la Serna. (Los pies izquierdos, como indica Soledad Ortega, son de Miguel de Unamuno).


A la vez, la Revista de Occidente brindó la oportunidad de escribir por primera vez en sus páginas a escritores, que luego han pasado a la historia: Benjamín Jarnés, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Antonio Espina, Federico García Lorca, Jorge Guillén, Rafael Alberti, etc… Así, recuerda Ramón Gómez de la Serna que “García Lorca llegó allí con su primer manuscrito de versos y la Revista se los editó, sin más”. Con “sin más” entiendo que quiere decir, sin credenciales de ningún tipo, sin títulos académicos, recomendación, ni cargo en institución alguna. Ortega daba cabida en la revista a poemas y a acuarelas de alumnas, junto a las personalidades más relevantes del momento. Tenía criterio y apertura. En nuestros días, parece que estamos faltos de lo uno y de lo otro, y ya hace mucho que no se ve que se publique o premie a alguien que no tenga un cargo o puesto consolidado. No saber detectar lo óptimo nos ha llevado a padecer un esnobismo burócrata que improvisa criterios de medida absurdos para ponderar la calidad de artículos y revistas a través de “índices de impacto” que nada impactan, y que no hacen sino repetir lo consabido de nulo interés.

Precisamente, que cada cual fuera capaz de distinguir por sí mismo lo excelente, fue el empeño pedagógico de su vida y obra: despertar la capacidad de apreciar y apoyar lo óptimo.

En 1963, ocho años después del fallecimiento del filósofo, Revista de Occidente emprende su segunda época, con Paulino Garagorri como secretario de redacción, quien fue digno discípulo de Ortega, y hombre con criterio propio. El escritor Francisco Umbral se lo reconoce con agradecimiento por haberle publicado, en sus comienzos, unas nanas que hizo para su hijo (que incluye la edición de García Posada de Mortal y rosa). Un día que visité a don Paulino le llevé esa edición del librito-tesoro Mortal y rosa, y le leí el recuerdo que hace Umbral de cuando le recibió en Revista de Occidente, y se emocionó. Y reponiéndose dijo con rotundidad: “había que publicarlo”, “no había duda”.

Revista de Occidente fue una revista cuidada al detalle, así lo cuenta Ramón Gómez de la Serna:
“Se necesitan otras doce viñetas para el año próximo –decía don José cuando el año presente estaba en su noviembre. Ya se habían explotado los doce apóstoles, las doce horas, los doce signos del zodíaco, etcétera. Entonces había un juego de equivocaciones, pues se suponía que eran doce los trabajos de Hércules, y doce los círculos del Infierno del Dante, y doce los Caballeros de la Tabla Redonda, y hasta doce las musas. Todo se quería que consistiese en doce ex libris. Ortega rectificaba: no son 12… son 20… No sirve. Era difícil encontrar doce reinos o majestades de cosas o estrellas, pero hasta que la revista se interrumpió hubo doce cosas legítimamente docenales”. “No envejecía el pensamiento (continúa R. G. de la Serna) Parecía la Revista de Occidente la casa eterna, y el capitán con su brújula orientaba y hacia occidente nos llevaba detrás del sol, sin que entrase en su ocaso, siguiendo su salto de horizontes. Sin rezagarnos en ningún valle”.

Se ha destacado mucho en la vida de Ortega su participación en la vida pública, pero lo más destacable de ello es ver cómo hizo todo lo que tenía en su mano por España, costándole salir a un medio tan hostil e ingrato como el político para un intelectual lleno de proyectos, y con una obra que le urgía escribir. Ortega tenía el interés de orientar a los políticos, a través de sus artículos en la prensa, hacia una política en grande, capaz de mirar, por encima de los intereses particulares de los partidos, hacia el interés común, pero no ser político. Pese a ello, contra su inclinación natural que era mantenerse en el plano de las ideas, del que parte todo lo concreto; dada la confusa y alterada situación española, intervino activamente en un par de ocasiones: La 1ª, en 1913, cuando funda la Liga de Educación Política Española, cuyo programa de liberalismo renovado y apertura democrática desarrolló en su célebre conferencia Vieja y nueva política; y la 2ª cuando firma junto a Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala el Manifiesto de fundación de la Agrupación al Servicio de la República el 10 de febrero de 1931, hasta su disolución el 29 de octubre de 1932. Su labor política fue una labor educadora, congruente y confluyente con sus otras tareas: en la universidad, el periódico, y en Revista de Occidente. Su empeño no era otro que orientar a cada español, pues de ahí todo mal y todo bien social y político. Pues entendía que la política es lo más secundario y superficial de la sociedad: consecuencia y fiel reflejo de cómo anda ésta; igual que la sociedad es consecuencia y fiel reflejo de cómo andan los ciudadanos. Lo principal es que la sociedad esté sana, y está sana cuando se dirige hacia lo óptimo; y, se dirige a lo óptimo, cuando los ciudadanos son capaces de detectar y afirmar lo que en cada caso es mejor.

Cuando inicia la Guerra, el 18 de julio de 1936, Ortega se encuentra gravemente enfermo por una septicemia; le recomiendan, por peligrar su vida, refugiarse, sin pasar por su casa, en la Residencia de Estudiantes, y el 31 de agosto sale de Madrid, para exiliarse. En París pasa tres años, “vagabundo” como dice él. Es el fin de su vida hasta ese momento: de su trabajo, de su revista, de sus proyectos; del contacto con su familia, con sus alumnos, con su tertulia, amigos y paisajes. Arrancado de todo ello, no continúa con el magnífico El Espectador, con el que llevaba dos décadas, lujo -especie de blog- que se permitía para hablar de los temas más variados que le interesaban, que había iniciado antes con Personas, obras, cosas, y que a partir de 1936 no se vio con ocasión para continuar. En España quedaron sus hijos, su madre, hermanos, y sus libros (que, como me contó don Paulino fue él con su hijo menor, José, a meter en sacos para salvarlos), y se fue a lo único que nos es seguro, como él dice: la inseguridad. Nadie sabía ni lo que iba a durar la guerra ni, luego, lo que iba a durar el nuevo régimen, ni hasta dónde iban a llegar las ocultas influencias de éste, a través de consulados, a perseguirlo, impidiendo que otras puertas, especialmente de Argentina y Portugal, se abrieran.

Foto tomada por Jaime Perriaux, quien promovió dedicar una calle de Buenos Aires al filósofo y, al ir a inaugurarla, se sorprendió, al cruzarse con la del libertador, que se lee: Avenida del libertador José Ortega y Gasset.

De París va a Argentina, donde pasa otros tres duros años. No se le abren las puertas de la universidad ni de la editorial Espasa Calpe, con la que tanto había colaborado. Eran tiempos temerosos, nadie quería problemas.

Sí me gusta decir que conocí en Buenos Aires, en 2016, parte de “las luces” de las “luces y sombras” de que habla Marta Campomar de Ortega en Argentina, presidenta de la Fundación Ortega y Gasset Argentina, y quien tuvo el acierto tan grato de reunir, con motivo del centenario de la primera visita de Ortega, a varios hijos de amigos de Ortega que dieron su testimonio de lo importante que fue Ortega para sus padres y, en consecuencia, para su vida, y cómo lo consideraban parte de la familia. Lo cual me reconfortó mucho respecto al desánimo que padeció esos años en su querida Argentina. Pues fue también muy apreciado y acompañado por buenos amigos. Y allí trabajó un montón, con enorme perseverancia pese a la desalentadora situación. Y, gracias a Elena Sansisena de Elizalde, que facilitó todos los medios, impartió los cursos que para él eran la culminación de su obra y que efectivamente son dos hitos del pensamiento: La razón histórica y El hombre y la gente, publicados póstumamente.

Más de veinte años antes de esa dificilísima circunstancia de exilio, en 1917, Ortega le había dedicado el ensayo “Azórín o primores de lo vulgar”: “A la señora Elena Sansinena de Elizalde. Dama argentina de alma exquisita y nobilísima, honor de un pueblo que es capaz de suscitar virtudes tales. Que estas páginas conduzcan allende el mar mi admiración respetuosa. Madrid, 1917”. Al admirar se reencuentra uno, dice Ortega, y ese acto de amor que es admirar y que tuvo hacia su amiga le volvió multiplicado con una amistad incondicional para toda la vida.

A veces pienso que, de haber existido la posibilidad que da hoy Amazon de la auto publicación inmediata y del pedido bajo demanda, se le hubiera reducido a Ortega bastante el pesar que tenía por su obra, de verla desperdigada. Se publicaba una cosa en Alemania, se agotaban otras en otros lugares, se publicaba en España ocho años después cuando ya se había agotado donde inicialmente se publicó… A su preocupación de reunirla, por verla junta, se deben las 6 ediciones de obras completas que hace en vida. Lo cual ha tenido ventajas sin duda, ha dejado abierto el camino con mucho orden de una obra muy compleja; pero también ha dejado muy desconocida gran parte de su obra al gran público, por lo general, más lector de títulos sueltos que de obras completas. La obra de Ortega contiene más de 50 títulos best sellers de los cuales sólo se han publicado sueltos con cierta permanencia unos pocos. Es el momento, me parece, de independizarlos, de dejarlos salir de las obras completas para que cada uno viva su vida.

Argentina y Ortega estaban unidos, desde incluso antes de su primera visita. Argentina entendió a Ortega desde sus primeros escritos y los acogió en su gran periódico La Nación durante cuatro décadas. Muchos de sus mejores lectores están en Argentina, decía; y sigue siendo hoy así; siguen surgiendo jóvenes lectores, que es el público que más le interesaba a Ortega: jóvenes curiosos, abiertos de corazón, dispuestos a oír otros puntos de vista, a ampliar su perspectiva, y contemplar nuevas posibilidades

De Buenos Aires, se traslada a Lisboa, donde encuentra cierta estabilidad, ya con el desgarro más asumido de la vida irrumpida desde 1936; aunque continuarán los pesares: el contrato ya iniciado con la Universidad de Lisboa, por el que llegó a impartir 5 lecciones, se hizo interrumpir. Aun así, pese a estas sacudidas que le afectaban el ánimo, continúa trabajando con admirable perseverancia. En 1945, se le concede permiso para entrar en España, no como ciudadano, pero como para poder pasar temporadas en su país, tiempos de vacaciones, disfrutar de su familia, amigos y paisajes, los últimos años de vida. Cabe mencionar que, durante los 9 años de exilio, fallecieron su madre, Dolores Gasset, y su hermana Rafaela, por lo que no pudo estar con ellas; como tampoco en las bodas de sus hijos.

Esos 10 últimos años mantiene, pues, dos viviendas, en Lisboa y en Madrid, y aquí accede al deseo de Julián Marías de fundar el Instituto de Humanidades, donde imparte el magistral y genial curso acerca de la obra del historiador inglés Arnold Toynbee A study of history. Pasado un año, dejó el Instituto, posiblemente porque, al anunciarse las lecciones tardíamente en la prensa, con cierta intención de censura, la noticia no llegaba a los jóvenes ni al gran público genuinamente interesado en la profundidad de Ortega. Por ello, ve mejor aceptar algunas de las invitaciones que le llegaban de las universidades del extranjero, donde sí se encontraba con los jóvenes estudiantes, como también con colegas que le apreciaban. Y que creo que sí le debieron dar esos últimos tiempos alegría, satisfacción y grata muestra del aprecio y reconocimiento que había por su obra, pese a estar apartado en su país del mundo académico.