Isabel Ferreiro
“Un imperativo debiera gobernar los espíritus y orientar las voluntades: el imperativo de selección“.
“El hombre es inteligente, en los casos en que lo es, porque necesita elegir”; “y porque tiene que elegir, tiene que hacerse libre. De ahí procede esta famosa libertad del hombre, esta terrible libertad del hombre, que es también su más alto privilegio. Sólo se hizo libre porque se vio obligado a elegir”.
Por tanto, “el hombre tendrá que ser, desde el principio, un animal esencialmente elector“.
Pero elegir conlleva desechar. “Creer en una cosa supone activo no creer en otras y esto, a su vez, implica haberse hecho cuestión de muchas”. “Al escuchar un son que nos interesa desoímos enérgicamente todos los demás. Todo ver es un mirar, todo oír es a la postre un escuchar, todo vivir un incesante, original preferir y desdeñar”.
Con lo que, al final, “el corazón, máquina incansable de preferir y desdeñar, es el soporte de nuestra personalidad”. Por lo que es claro que no da igual lo que se elija. De aquí el imperativo de selección. “La nobleza o la vileza de un alma trasparece claramente en sus deseos. Y esto lo mismo en el caso de un individuo que de toda una época o toda una nación”.
Así, “la historia depende siempre del tipo de hombre que se prefiera”. “Un pueblo (…) es lo que haya sido su acción selectiva”; de ejecutar con acierto y generosidad la gran selección de los mejores, porque la desdicha procede siempre, invariablemente, por lo rojo o por lo blanco, dan igual las razones, de la selección de los peores.
Igualmente, el ideal de hombre que tiene la mujer actúa como un aparato de selección sobre la muchedumbre de los varones. Por lo que la marcha de la historia es, en buena parte, la historia de los ideales masculinos inventados por la mujer. La vida social es un continuado concurso abierto entre los hombres para medir sus aptitudes con ánimo de ser preferidos por la mujer. Y ella es la “encargada de juzgar quién vale más y preferir al excelente”. De modo que del tipo de hombre que las mujeres prefieran hoy depende lo que sea una nación dentro de veinte años, como de “lo que hoy tejen en su secreta fantasía las adolescentes (…) depende en buena parte el sesgo que tomará la historia dentro de un siglo”.
Y, de nuevo, es claro que el resultado no será el mismo; es preciso que elijan bien. Si “el capricho es hacer cualquiera cosa entre las muchas que se pueden hacer. A él se opone el acto y hábito de elegir, entre las muchas cosas que se pueden hacer, precisamente aquélla que reclama ser hecha. A ese acto y hábito del recto elegir llamaban los latinos primero eligentia y luego elegantia. Es, tal vez, de este vocablo del que viene nuestra palabra int-eligencia”. Y “llamaban al hecho de elegir, escoger, seleccionar, eligere; y al que lo hacía, lo llamaban eligens o elegens, o elegans. El elegans o elegante no es más que el que elige y elige bien“.
“Así pues, el hombre tiene de antemano una determinación elegante, tiene que ser elegante”.
Y elegancia debiera “ser el nombre que diéramos a lo que torpemente llamamos Ética, ya que es ésta el arte de elegir la mejor conducta”, de elegir lo óptimo, lo que se nos muestra como mejor o preferible. Por tanto, “elegante es el hombre que ni hace ni dice cualquier cosa, sino que hace lo que hay que hacer y dice lo que hay que decir”: elige lo que tiene que elegir.
El hombre, pues, es libre de elegir pero no puede elegir a capricho cualquier cosa. “Es como si se le dijera: «si quieres realmente ser tienes necesariamente que adoptar una muy determinada forma de vida. Ahora: tú puedes, si quieres, no adoptarla y decidir ser otra cosa que lo que tienes que ser. Mas entonces, sábelo, te quedas sin ser nada, porque no puedes ser verdaderamente sino el que tienes que ser, tu auténtico ser»”.
Éste “es el terrible imperativo de autenticidad” que rige la vida del hombre: “se nos invita a lo que se nos obliga”. De modo que esa libertad de elección consiste en sentirse “íntimamente requerido a elegir lo mejor y qué sea lo mejor no es ya cosa entregada al arbitrio del hombre. Entre las muchas cosas que en cada instante podemos hacer, podemos ser, hay siempre una que se nos presenta como la que tenemos que hacer, tenemos que ser; en suma, con el carácter de necesaria. Esto es lo mejor”. Porque elegir lo que tenemos que ser es dejar de vivir en falso, y sencillamente ser.
Textos citados: España invertebrada (1922); “Epílogo al libro De Francesca a Beatrice” (1924); “Selección” (1926); Introducción al presente (1928); ¿Qué es filosofía? (1929); “Prólogo para alemanes” (1934); Epílogo a la filosofía (1943); “El mito del hombre allende la técnica” (1952).

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