Todos los grandes espíritus han sabido escuchar la alegría y el llanto del niño que llevamos dentro

Isabel Ferreiro

Todos los grandes espíritus han sabido escuchar, por debajo de los ruidos exteriores de la vida, la alegría y el llanto del niño que llevamos dentro“.

Nuestro verdadero yo es “un niño incorregible, un pequeño cazador de mariposas, voluntarioso e indomesticable”, que si bien siempre espera lo absurdo, “sentimos que sólo lo que este niño interior desea lograría satisfacernos por completo”

Pero “somos poco leales con nosotros mismos y gravemente ingratos con nuestro niño interior”.

Y “el caso es que todos hemos esperado una carta de un Rey“. “Si por yo entendemos el núcleo profundo e íntimo de nuestro ser, bien podemos decir que no hemos hecho en la vida otra cosa que esperar esa carta inverosímil“.

“Esto no es una manera de decir, sino una verdad literal. Lo que ocurre es que nos da vergüenza hablar de ello. Porque el hablar es una de nuestras actividades sociales, de aquéllas que nos sirven para fingir ante los ojos del prójimo hostil una fisonomía ventajosa. Por esta razón callamos todas esas pueriles esperanzas de mágicos acontecimientos, que, sin embargo, son el último resorte de nuestra existencia“.

Nuestro niño interior “es quien empuja nuestros días, llenos de desazón y de insuficiencia, con el aliento caliente de sus fantásticas esperanzas”; él es esa extraña potencia del espíritu que nos hace fluir hacia lo que aún no es“. “Sin él, diez veces en la jornada nos tumbaríamos vencidos al borde del camino, como el can reventado”. Pero él se levanta una y otra vez.

Sólo vivimos verdaderamente las horas que él logra vivir. Somos personas formales en los días vulgares de nuestra existencia; pero en las cimas de la vida, en el sumo dolor o la dicha máxima, el niño en nosotros reaparece”.

Así, “si el inteligente no duda de sí mismo, si no sabe perdurar en estado de inocencia y, como Platón recomendaba, no sabe mantener siempre vivaz el ingenuo niño interior que todos llevamos dentro, perderá ese alerta, ese alerta frente a la estulticia que es la vitamina sustentadora de su perspicacia”.

La madurez no es una supresión, sino una integración de la infancia. Todo el que tenga fino oído psicológico habrá notado que su personalidad adulta forma una sólida coraza hecha de buen sentido, de previsión y cálculo, de energía y voluntad, dentro de la cual se agita, incansable y prisionero, un niño audaz. Este díscolo personaje interior es el que nos hace tal vez reír en medio de un duelo, o decir una impertinencia a un grave magistrado, o seguir tomando el sol cuando el deber nos obliga a ausentarnos. Somos todos, en varia medida, como el cascabel, criaturas dobles, con una coraza externa, que aprisiona un núcleo íntimo, siempre agitado y vivaz”.

Y “como el cascabel, lo mejor de nosotros está en el son que hace el niño interior al dar un brinco para libertarse y chocar con las paredes inexorables de su prisión. El trino alegre que hacia fuera envía el cascabel está hecho por dentro con las quejas doloridas de su cordial pedrezuela. Así, el canto del poeta y la palabra del sabio, la ambición del político y el gesto del guerrero son siempre ecos adultos de un incorregible niño prisionero”.

“El genial psiquiatra Freud descubre la génesis de muchas enfermedades mentales y de ciertas formas del histerismo en la explosión anómala que hace dentro del hombre adulto su niñez maltratada. Fue acaso una escena violenta presenciada en los primeros años, una cruda negativa de los padres a satisfacer un enérgico deseo del niño; el choque afectivo experimentado entonces forma a modo de un quiste o tumor psíquico que acompaña al alma en su crecimiento, deformándola, hasta el día en que explota como una carga de espiritual dinamita. ¡Cuántas veces, al mirar los ojos de un hombre maduro, vemos deslizarse por el fondo de ellos su niño inicial, que se arrastra, todavía doliente, con un plomo en el ala!”

Hoy domingo, quizá baste con escuchar un poco al niño. A veces no pide grandes cosas: y nos lleva a pasear sin rumbo, sentarnos al sol, montar en bici, bailar sin motivo, o jugar con un perro o un gato, y a por un helado. Con eso, la vida sintoniza con ella misma.

Textos citados: “Estafeta romántica. Un poeta indo” (1918); “El Quijote en la escuela” (1920), en El Espectador III; La razón histórica [Curso de 1944].


Otras Entradas


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *