Isabel Ferreiro
“Toda auténtica política, postula la unidad de los contrarios”.
El domingo pasado nos decía Ortega que toda tiranía consiste en el olvido de que lo demás existe. Hoy, llevado a la política, vuelve a recordar que ésta “es contar con los demás, con todos los demás que en la polis conviven con nosotros“. Pues “las necesidades del Estado son de tal cuantía y tan varias que necesitan la permanente prestación de todos sus miembros, y por eso gobernar es contar con todos”.
La política ha de cultivar esa unidad de fondo originaria, básica, en que habita la humanidad y todo pueblo, con el fin de mirar hacia una única dirección: el mejor porvenir de la nación, esto es, la mejor opción para todos.
Para ello, ha de constituirse “una voluntad prácticamente integral“, para que el “pueblo se concentre en unánime decisión”, y los gobernantes conserven “este tesoro de unidad” en “un Estado integral, superior a todo partidismo, rigoroso frente a toda ambición arbitraria”. Y, así, aprovechando “la mágica ocasión”, se lance “al país en mole solidaria hacia un plan”.
Esta unidad de fondo es lo que llamamos sin saber muy bien qué es “opinión pública”, la cual, como aclara Ortega, no es la opinión de la mayoría sino “la opinión de la mayoría y de la minoría juntas”: “una opinión única latente bajo las opiniones particulares, aun las que más discrepan“. Es la opinión originaria, base común, que sostiene las diferencias posteriores, más superficiales, como son las de los partidos y sus seguidores.
La opinión pública es, pues, la opinión vigente y, por tanto, “no depende de que la declaren muchos o pocos; a lo mejor, nadie entre los vivos la ha formulado de una manera clara, y, sin embargo, es la que desde Adán y Eva decide en las variaciones de la historia”. Por lo que la historia de un pueblo “es siempre historia sagrada. En ello va algo tan profundo, tan imprevisible y tan respetable, que trasciende de la voluntad y del criterio de los individuos“.
De ese fondo común surgen la verdadera ley y la verdadera política de Estado, que no miran por intereses de grupos sino por la convivencia pacífica de todos.
“Estado y nación tienen que estar fundidos y en uno: esta fusión se llama democracia“. Y, así, la democracia deja “de ser una teoría”; y la nación “el punto de vista en el cual queda integrada la vida colectiva por encima de todos los intereses parciales de clase, de grupo o de individuo”: la afirmación del Estado nacionalizado frente a las tiranías de todo género”; en suma, un “organismo sano” que se regula a sí mismo; y rearticula “sus impulsos en plena holgura, sin violencia de nadie, de suerte que cada individuo y cada grupo” sea “auténticamente lo que es”.
“Es la nación, en suma, algo que está más allá de los individuos, de los grupos y de las clases; es la obra gigantesca que tenemos que hacer, que fabricar con nuestras voluntades y con nuestras manos; es, en fin, la unidad de nuestro destino y de nuestro porvenir. Tiene ella sus exigencias, tiene sus imperativos propios, que se imponen, al arbitrio privado, frente a todo afán exclusivo de esta o de la otra clase”.
“Se habla del interés del capitalista, del interés obrero, del industrial, del comerciante, pero no se advierte que todos esos intereses viven espumando una realidad más amplia que hay tras ellos, distinta de cada uno de ellos: la realidad objetiva de la economía nacional”. Y, “movidos reactivamente por intereses particulares, de orden material o de orden espiritual, la propiedad o la religión —para el caso da lo mismo, porque ambos intereses, aunque sean respetables, son particulares, no son la Nación”, y desatiende el interés general.
“Servir a los intereses de grupos, de clases, de comarcas” es precisamente la política “que ha fracasado en el mundo. Uno tras otro, los intereses parciales —el capitalista, el obrerista, el militarista, el federalista— al apoderarse del Estado han abusado de él”, llevándolo al extremo su sesgo para perjuicio de la nación.
Ha quedado de manifiesto que “no sirve para dirigir un país quien no sabe verlo siempre en su totalidad“. “Mas por ahí se empieza: es el aprendizaje de la política que termina descubriendo la Nación como el más auténtico, más concreto y más decisivo interés político, porque es el interés de todos“.
El propósito, por tanto, de toda verdadera política, nos muestra Ortega hoy que debe ser, como dice su apreciado Renan, “excluir toda exclusión“.
Textos citados: “De Puerta de Tierra” (1912); España invertebrada (1922); Mirabeau o el político (1927); [Estado e Iglesia] (1931); Rectificación de la República (1931); “¡Viva la República!” (1933).

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