Isabel Ferreiro
“Desde el fondo de radical soledad que es, sin remedio, nuestra vida, emergemos constantemente en ansia, no menos radical, de compañía”. La convivencia, formalmente hablando, es el intento recíproco de canjear dos soledades.
Al contrario de lo que puede parecer, “sólo sabe de intimidad quien sabe de soledad: son potencias recíprocas”. Así se dice que sólo el que se ama puede amar a otro; pero más concretamente sólo se ama el que ama su soledad. Por lo cual, sólo desde el amor a la soledad se puede amar de verdad la compañía. De otro modo, consumimos a los demás como cualquier entretenimiento, sin realmente poderlos apreciar.
Es claro que “soy yo quien hago, llevo a pulso y en vilo, quiera o no, mi vida. Soy yo y yo solo quien tiene que vivirla”. Así, “mi dolor de muelas sólo a mí me puede doler”; y menos puede “otro decidir por mí lo qué voy a hacer y ser” ni “qué pensar para poder andar por el mundo”. “El pensamiento que de verdad pienso —y no sólo repito mecánicamente por haberlo oído— tengo que pensármelo yo sólo“; y de eso que piense siempre quedarán rincones de verdad, restos inexpresados y prácticamente inexpresables que no podré comunicar.
Y precisamente porque la vida es intransferible, porque cada cual vive por sí, es radical soledad; lo cual lo “van sintiendo los individuos humanos conforme van individualizándose más”. Pero a esta “soledad que somos pertenecen —y forman parte esencial de ella— todas las cosas y seres del universo que están ahí en nuestro derredor” —”la unicidad no tiene nada que ver con la soledad”. Hay, pues, infinitas cosas a mi alrededor; y mi humana vida “me pone en relación directa con cuanto me rodea”.
Entre ello están los otros hombres, “pero que jamás se funden con el cada cual que uno es —sino que, al revés, es siempre lo otro, lo absolutamente otro”. De aquí el hecho paradójico de que vivo solo con otros seres humanos.
Pero por ello mismo, desde ese “fondo de radical soledad que es propiamente nuestra vida, practicamos, una y otra vez, un intento de interpenetración, de de–soledadizarnos asomándonos al otro ser humano, deseando darle nuestra vida y recibir la suya”. “Sólo el hombre divierte de verdad al hombre. La sociedad se origina en el aburrimiento. Convivimos para sernos recíproco espectáculo“. Y “toda vida es extraña. Por eso es divertida una vida cualquiera” si se acierta a entenderla, “ni más ni menos la humilde que la ilustre”.
Pero, qué poco sabemos comprender al otro. Sabiendo “muy bien que nuestra propia vida está hecha de detalles, como el tapiz” no está hecho más que de hilos, “¡qué sumarios somos, qué esquemáticos, cómo generalizamos!”, cuando se trata de la vida ajena. “Esto es gran estupidez y gana de engañarnos a nosotros mismos. Queremos pescar la vida del prójimo y usamos una red de mallas tan anchas que escapa por ellas cuanto anima el piélago —el arenque y la sirena. El hombre contemporáneo, demasiado entretenido con el manejo de objetos y artefactos, perdió casi por entero la cultura de humanidades y no tiene la menor técnica para el trato y absorción del prójimo”.
Y es que, sin cultivar el acercamiento a uno en soledad, tampoco sabemos cultivar el acercamiento al otro, y paradójicamente buscando entretenimiento nos perdemos lo único que nos puede divertir: comprender al otro.
Y ya vemos hoy el problema que tenemos con el ocio, que Ortega recogió de Keynes: que “si es difícil al hombre trabajar le es mucho más difícil divertirse“. Por lo que si el hombre no sabe divertirse es porque antes no sabe estar solo.
Textos citados: Sistema de la psicología (1915); “El alemán y el español” (1926); “El hombre y la gente” [Conferencia de Valladolid] (1934); “El hombre y la gente” [Conferencia en Rotterdam] (1936); “Balada de los barrios distantes” (1939); El hombre y la gente [Curso de 1939-1940]; “[La caza solitaria]” (1945); En torno a Galileo (1947); De Europa Meditatio Quaedam (1949).

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