Solemos llamar vivir a sentirnos empujados por las cosas en lugar de conducirnos con nuestra propia mano

Isabel Ferreiro

“Solemos llamar vivir a sentirnos empujados por las cosas en lugar de conducirnos con nuestra propia mano”.

La vida pesa siempre, porque consiste en un llevarse y soportarse y conducirse a sí misma. Sólo que nada embota como el hábito y de ordinario nos olvidamos de ese peso constante que arrastramos y somos, pero cuando una ocasión menos sólita se presenta, volvemos a sentir el gravamen”.

La palabra «alegría» viene acaso de «aligerar» que es hacer perder peso. El hombre apesadumbrado va a la taberna buscando alegría, suelta el lastre y el pobre, aerostado de su vida, se eleva jovialmente”.

“El afán de salir «fuera de sí» ha creado todas las formas de lo orgiástico: embriaguez, misticismo, enamoramiento, etcétera. Yo no digo con ello que todas «valgan» lo mismo; únicamente insinúo que pertenecen a un mismo linaje y tienen una raíz calando en la orgía. Se trata de descansar del peso que es vivir sobre sí”.

“Por eso no es tampoco un azar el uso coincidente en mística y amor de la imagen del rapto o arrebato. Ser arrebatado es no caminar sobre los propios pies, sino sentirse llevado por alguien o algo”. Rapto fue la primitiva forma del amor: “la ninfa mitológica sueña la felicidad bajo la especie de un centauro que la toma en vilo, la asienta en su anca y galopa hacia el corazón del bosque”. Y “todavía en el ritual del matrimonio romano queda un residuo del arrebato originario: la esposa no ingresa en la casa matrimonial por su propio pie, sino que el esposo la toma en vilo para que no pise el umbral”.

“Pasión es arrebato y el arrebatado se siente llevado como en volandas, sin pesar sobre sus propios músculos”. “En el «estado de gracia» —sea místico o sea erótico—, la vida pierde peso y acritud”: “con la generosidad de un gran señor, sonríe el feliz a cuanto le rodea. Pero la generosidad del gran señor es siempre módica y no supone esfuerzo. Es una generosidad muy poco generosa; en rigor, originada en desdén. El que se cree de una naturaleza superior acaricia «generosamente» los seres de orden inferior que no le pueden nunca hacer daño por la sencilla razón de que «no se trata» con ellos, no convive con ellos”.

A dónde preferiría vivir, respondió Baudelaire: “«En cualquiera parte, en cualquiera parte…, ¡con tal que sea fuera del mundo!»”.

“El deleite del «estado de gracia», dondequiera que se presente, estriba, pues, en que uno está fuera del mundo y fuera de sí. Esto es, literalmente, lo que significa «ex-stasis»: estar fuera de sí y del mundo”.

Por eso, “lo otro, el huir del arrebato, el imperativo de serenidad, implica la condena a caminar siempre sobre los propios pies, a sostenerse a sí mismo perdurablemente y llevarse a la rastra un día y otro”.

Con lo que “conviene advertir aquí que hay dos tipos irreductibles de hombres: los que sienten la felicidad como un estar fuera de sí, y los que, por el contrario, sólo se sienten en plenitud cuando están sobre sí“. Igualmente, “hay los partidarios del arte extático, para quienes gozar de la belleza es «emocionarse». Otros, en cambio, juzgan forzoso para el verdadero goce artístico la conservación de la serenidad, que permite una fría y clara contemplación del objeto mismo”.

“Desde el aguardiente hasta el trance místico, son variadísimos los medios que existen para salir fuera de sí. Como son muchos —desde la ducha hasta la filosofía— los que producen el estar sobre sí”.

“Por tal razón yo veo la característica del acto moral en la plenitud con que es querido. Cuando todo nuestro ser quiere algo —sin reservas, sin temores, integralmente— cumplimos con nuestro deber, porque es el mayor deber de la fidelidad con nosotros mismos”.

“Y aquí surge lo más sorprendente del drama vital: el hombre posee un amplio margen de libertad con respecto a su yo o destino. Puede negarse a realizarlo, puede ser infiel a sí mismo” y, consecuentemente, su vida más o menos auténtica.

Si por vocación no se entendiese sólo la ocupación profesional, sino que significase un programa íntegro e individual de existencia; la cuestión interesante sería ¿cómo se comporta el hombre frente a su inexorable vocación? “¿Se adscribe radicalmente a ella, o, por el contrario, es un desertor de ella y llena su existencia con sustitutivos de lo que hubiera sido su auténtica vida? Tal vez lo más trágico en la condición humana es que puede el hombre intentar suplantarse a sí mismo —es decir, falsificar su vida. ¿Se tiene noticia de ninguna otra realidad que pueda ser precisamente lo que no es, la negación de sí misma, el hueco de sí misma?”

“Ahora bien, lo normal y corriente en los hombres es vivir de esa manera ficticia. Pensamos, sentimos y queremos lo que vemos a otros pensar, sentir y querer”. “Todos sentimos nuestra vida real como una esencial deformación, mayor o menor, de nuestra vida posible”. “Muy pocos consiguen disociarse de esa existencia enajenada”; “dejar de pensar y sentir como otros pensaron o sintieron”, y crearse una personalidad independiente.

Pero lo cierto es que cada individuo, “si quiere ser útil a la humanidad, ha de comenzar por ser fiel a sí”. “Una sociedad donde cada individuo tuviera la potencia de ser fiel a sí, sería una sociedad perfecta. ¿Qué significa lo que llamamos hombre íntegro sino un hombre que es enteramente él y no un zurcido de compromisos, de caprichos, de concesiones a los demás, a la tradición, al prejuicio?”.

Textos citados: “Ideas sobre Pío Baroja”, en El Espectador I (1910); Vieja y nueva política (1914); “Muerte y resurrección“ (1917), en El Espectador II; Estudios sobre el amor (1939).


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