Isabel Ferreiro
Ortega usa la palabra beatería cien veces a lo largo de su obra. La primera, en 1919, para decir “beatería obrerista”. Con este arranque escandaloso, que viene a relacionar dos mundos en principio separados: el obrero y el beato, señala ya que la beatería se puede dar en todas partes.
Y desvela beaterías de todo tipo: religiosa, laica y de filantropía, democrático-liberal, greco-romana, nacionalista, científica, cultural, etc. Y también todo tipo de beatos: del obrerismo, de la cultura, del arte, del helenismo, del racionalismo, de la ciencia, del idealismo, del progresismo, del fascismo, del comunismo, de la democracia, de la espiritualidad, del cuerpo, del herbolario, de los toros, de Platón, de la contemplación, del pragmatismo, de ciertas normas, de un ideal abstracto, etc. Beato se puede ser de cualquier cosa, y está por todos lados.
Pero, pese a su variedad, a la beatería se la puede reconocer por idénticos síntomas: “ofuscación”, “tozudez”, “incapacidad de ver las cosas por los cuatro costados”, “arbitrario simplismo”; “tendencia al deliquio y al aspaviento”, “posturas de ojos en blanco”, y “gesto de desolación irremediable ante el escéptico”. Y, sobre todo, intransigencia, cerrazón y fanatismo.
El beato es caprichoso, arbitrario, ingenuo, simplista; snob —“sin nobleza”—, porque ni su aprecio ni su desprecio son auténticos, los cuales son sólo ecos que repiten lo que ha considerado más conveniente e indiscutible. El beato puede afirmar que Velázquez es un gran pintor, y Beethoven un gran músico con el mismo fervor que desprecia lo que no está colectivamente validado; porque el beato no tiene genuino criterio; falta que cubre con exceso de gesto.
Pero esta puerilidad, son sólo las orejas del lobo-beato; pues, llegado el caso, está dispuesto a “suprimir realidades a su antojo”. Y pasa que, sí, llega el caso. Una y otra vez, y por todos los rincones. Dice Ortega, así, que la beatería es una máscara bajo la cual “se han cometido las cuatro quintas partes de todos los crímenes históricos”.
La máscara beata es palabrería y es gesticulación capaz de disfrazar todo. Así, los asesores de imagen, y de marketing, muchas veces resultan especialistas en conectar con la beatería del pueblo; que gusta de palabras lindas, para tranquilizar la conciencia, mientras miran para su interés, perjudicando el de otro. Por lo que se ha llegado a llamar “Operación libertad duradera” a una guerra que, efectivamente, ha resultado operación duradera, pero sin que, de momento, asome la libertad.
“La mirada beata mira hacia lo alto en constante arrobo —y, por eso, no ve, es ciega para las cosas que tiene delante”. El beato finge no ver y no quiere ver, desatiende la realidad. De aquí, también, el muy conocido, beato, y socorrido “no es para tanto”, cuando uno no se quiere enterar ni implicar en el asunto.
El “horror” de Toynbee por el racismo le hace negar el problema racial, pone Ortega de ejemplo. Pero, claro, de paso, lo deja intacto. Pues “no hay camino más seguro para no resolver un problema que ignorarlo”. Qué duda cabe que es relindo decir que todos somos iguales; pero con esto, lejos de dar una solución al problema, se contribuye a seguir tapando las diferencias. Y, “ante estas beaterías eticistas tan inoportunas da gana de contar el cuento del monaguillo que no sabía ayudar a misa y cuando el sacerdote pronunciaba sus expresiones rituales respondía invariablemente: «Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento». Hasta que, cansado de ello, el sacerdote se volvió y le dijo: «Mira, eso es muy bueno, pero no llega al caso»”.
Ortega desenmascara la beatería, no para generar beatos anti-beatería, supuestamente “auténticos”; sino para fomentar la apertura y flexibilidad. Para que nos abramos a ver que podemos ser intolerantes pese a la “bondad” de lo que defendamos; y, con muy buenas razones, resultar intransigentes hasta por cosas muy superficiales.
Ver esta coincidencia de intolerancia de fondo, cada vez más común, es lo que nos puede ayudar a tomar conciencia de lo inflexibles que somos, por igual, todos. A la vista está. Basta observar ciertos programas de búsqueda de pareja para comprobar que hábitos hoy socialmente consagrados, como ir al gimnasio, ser vegetariano, llevar tatuajes, practicar senderismo o bailar bachata, son motivo de descalificación cuando no se comparten, incluso entre adultos de edad avanzada.
Partido político, equipo de fútbol, gusto por los animales, cómo uno se viste, etc.: todos son móviles por los que cabe que se desate la beatería, cerrazón, y correspondiente rechazo, cuando no, a la vez, la convicción de que mejor sería que no existieran personas que no piensan como uno.
Ortega nos anima una vez más a ser respetuosos con cuanto hay; no por beatería, sino por salvar la circunstancia completa, con sus cuatro costados; por tener en cuenta lo uno y lo otro y, así, salvarnos.
Textos citados: “Democracia morbosa” (1917), en El Espectador II; “Ante el movimiento social” (1919); “Maura o la política” (1925); “Un libro sobre Platón” (1926); “Para la historia del amor” (1926); El hombre y la gente [Curso de 1939-1940]; La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva (1947); Sobre una nueva interpretación de la historia universal. Exposición y examen de la obra de Arnold Toynbee: A study of history (1948)

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