Paz es la postura del alma culta, cultura es cultivo de la paz

Isabel Ferreiro

“La labranza de esta miel espiritual de la paz es para mí el destino del hombre. Paz y cultura tienen un valor recíproco en mi vocabulario: paz es la postura del alma culta, cultura es cultivo, es labranza de la paz“.

Es preciso ir levantando los muros de esta gran ciudad interior de la paz“. Pero esta paz íntima, esa tranquilidad profunda, “que sabios y santos conservan en medio de las mayores turbulencias y contratiempo”, “no es natural, no la trajeron esos hombres del vientre de su madre; fue antes, al contrario, su conquista y su labor“.

Somos solicitados de todas partes a la actividad: “de un lado la terrible necesidad económica, de otro la terrible necesidad de la ambición, de otro las exigencias pasionales”, entre las cuales el erotismo y la diversión son las más feroces. Y para hacer frente a todo esto nuestra energía se gasta en vivir al día. “¿Cómo pedir un lujo tal de vitalidad que aún nos sobre para irnos construyendo un mundo interior duradero, dotado de cimientos fuertes y buen régimen?”

“Lo único que podemos hacer es economizar energía por algún lado para emplearla en la instauración de nuestro edificio espiritual: hemos de saber renunciar, de acertar a abstenernos. Abstine es la contraseña que el estoico y el asceta nos proponen”.

“La existencia humana tiene sus horas contadas, y en este sentido la vida es, ante todo, prisa“. Mas, por lo mismo, nada caracteriza tan hondamente a cada individuo humano como el modo de comportarse ante esa sustancial prisa, el modo de tratarla. Hay quien, siendo como todos prisa, no la tiene. Hay quien reacciona ante la prisa existencial negándola, es decir, llenándola de calma”.

Pero no la aparente calma de la mera adaptación del inerte y conforme “—la inercia, la paz de las piedras, la paz pasiva e idiota es la blasfemia de la paz humana—”, sino de “calma jovial“, la que el hombre “briosamente se crea en medio de la congoja y del apuro, cuando al sentirse perdido grita a los demás o a sí mismo: ¡Calma!”. Y opta por “suspender un momento la acción”, por abstenerse de ir, de venir, de responder, de reaccionar.

Para, “resueltos a vivir entre gentes apresuradas con una calma faraónica“, “recogernos dentro de nosotros mismos, pasar revista a nuestras ideas sobre la circunstancia y forjar un plan estratégico” en el que encontremos la verdad: que nos trae paz. Pues es en ese no hacer nada donde se deja “que la milagrosa germinación se produzca”.

La paz, pues, en tanto que decisión y construcción personal, requiere de inquietud. Ésta es función de aquélla; como “la precisa busca se calma en el preciso hallazgo”; o la verdad “aquieta una inquietud de nuestra inteligencia. Sin esta inquietud no cabe aquel aquietamiento”. Así, para Platón, el filósofo es un hombre embriagado de la serenidad de lo evidente, de “la calma cósmica de lo verdadero, fijo en sí mismo, inmutable, eterno”.

Si “parece cuerdo que nos digamos —como, después de todo, nos decimos muchas veces en nuestra vida más vulgar siempre que nos atropella el contorno, que nos sentimos perdidos en un torbellino de problemas—: ¡Calma!”; también no aislarse pretendiendo huir de las perturbaciones. Pues las inseguridades, las presiones del contorno, son las que nos obligan a sacar nuestras potencialidades.

Una temporada de balneario es fecunda y necesaria, pero una vida de balneario petrifica. “El hombre se va convirtiendo en estatua”. Por lo que paradójicamente las dificultades que amenazan con enajenarnos y hacernos perder la cabeza, a modo de pesas de gimnasio, revitalizan y fortalecen el cultivo de la paz interior.

Y es en esa «calma», que supera la angustia, “donde el hombre puede verdaderamente tomar posesión de su vida y, en efecto, «existir»: en ella propiamente se humaniza”.


Otras Entradas


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *