Para hacer lo que es posible basta con querer; pero es difícil, muy difícil, querer de verdad

Isabel Ferreiro

“Es cierto, es cierto; para hacer lo que es posible basta con querer. Todo depende de la plenitud con que se entienda ese fácil vocablo. Es fácil decir y aun pensar que se quiere; pero es difícil, muy difícil, querer de verdad“.

“Pero por un extraño espejismo, se sigue creyendo que lo importante, lo difícil es la satisfacción de los deseos, cuando lo más difícil del mundo es“, no es lograrlos sino tenerlos.

Y no todos los deseos tienen los mismos quilates.

“En su Filosofía de la Historia universal dice Hegel que todo lo importante que se ha hecho en la historia lo ha hecho, sin duda, la pasión —pero bien entendido, añade—, la pasión… fría”. Porque “cuando la pasión es simple hervor, frenesí y calentura, no sirve para nada. Todo el mundo es capaz de apasionarse así. Pero no es tan fácil sentir aquel fuego decisivo y creador, aquella incandescencia tan sobrada de calorías que no se entibia lo más mínimo al alojar dentro de sí las dos cosas más gélidas que hay en el mundo: la firme voluntad y la clara reflexión“.

Y es que querer no es un mero desear. “Querer hacer algo exige que queramos todas las cosas que son precisas para su logro, entre ellas dotarnos a nosotros mismos de las cualidades imprescindibles para la empresa. Lo demás no es querer algo, es simplemente desearlo, enjuagarse con su imagen la fantasía, embriagarse voluptuosamente con el proyecto, perderse en vagos ardores, bullangas y efervescencias”.

“El apasionamiento trivial, falso, impotente y estéril rehuye con terror la proximidad de la reflexión”. En cambio, “el síntoma de la alta pasión creadora es que busca integrarse, completarse con las virtudes de lo frío, que se da el lujo de tragarse reflexión sin perder calorías, de quedar penetrado y transido su fuego todo de clara visión e infusible voluntad”.

“El deseo es un querer fracasado”; pero “nutre el querer, lo excita, gravita constantemente sobre él, moviéndolo a ampliarse, a ensayar una vez y otra la realización de lo que ayer era imposible”. Es el querer de verdad, entonces, un “querer resuelto, clarividente y total“.

“Es festín altísimo del corazón; el esfuerzo desinteresado, el trabajo perseverante, el sacrificio heroico. La sal del mundo reside en ellos; ellos son los que sin cesar desprenden el mejor elemento, la fuerza del alma”. Pues “sólo nos empuja irresistiblemente hacia la vida lo que por entero inunda nuestra cuenca interior”. “Por esta razón, yo no he podido sentir nunca hacia los mártires admiración, sino envidia. Es más fácil lleno de fe morir, que exento de ella arrastrarse por la vida”.

Por ello, “un mundo cómodo y sin obstáculos, en que todo se deslizara mansamente y con rapidez, no sólo sería allanado, sino vulgar en grado sumo. En él todas las almas se vulgarizarían y ablandarían, incapaces de vuelo”. De hecho pasa que por haber querido servir al hombre se le ha debilitado. Se puede ver en la enseñanza: multiplicar las facilidades, no ha llevado a que todos los alumnos tengan sobresaliente, y sigue habiendo suspensos; pero muchos sobresalientes, sí ocultan en realidad suspensos sostenidos por mil muletas que no se ven ni reconocen, y esto sólo genera soberbia y confusión.

“Porque ésta es la increíble situación a que hemos llegado … el repertorio con que hoy cuenta el hombre para vivir, no sólo es incomparablemente superior al que nunca ha gozado … y, sin embargo, la desazón es enorme, y es que el hombre actual no sabe qué ser, le falta imaginación para inventar el argumento de su propia vida”.

“Y esa obnubilación del programa vital traerá consigo una detención o retroceso de la técnica que no sabrá bien a quién, a qué servir”. He aquí la paradoja. De hecho, “acaso la enfermedad básica de nuestro tiempo sea una crisis de los deseos, y por eso toda la fabulosa potencialidad de nuestra técnica parece como si no nos sirviera de nada”.

Y es que “un tiempo que ha satisfecho su deseo, su ideal, es que ya no desea nada más, que se le ha secado la fontana del desear. Es decir, que la famosa plenitud es, en realidad, una conclusión. Hay siglos que por no saber renovar sus deseos mueren de satisfacción“.

Así, “lo esencial en cada individuo, su verdadero auténtico ser es el perfil de sus anhelos, de sus apetitos, de sus deseos“; “los deseos definen la forma, la figura de la vida“. Y, por ello, “la función primaria del organismo pleno es la secreción de las ilusiones”. Y, en consecuencia, es prioritario proteger esas ilusiones. Pues “una pedagogía de adaptación tenderá, movida por su miope utilitarismo, a podar en el niño y el adolescente toda la fronda del deseo, dejando sólo aquellos apetitos que el maestro juzga practicables”; en tanto “una pedagogía de secreciones internas cuidará, por el contrario, de fomentar los apetitos, formando un abundante stock de ellos en el alma juvenil“. Pues “nada es menos obvio que inventar una nueva ilusión, un nuevo ideal”.

Sin embargo, parece que se conduce a que no haya que querer de verdad, a que todo se tenga por adelantado a la mano. Y pasa que estamos como el «nuevo rico» que “no sabe qué querer”, que hace la mayor parte de sus adquisiciones “sin apetito verdadero”, pues “se orienta en los deseos de los demás y compra lo que otros querrían”.

Además, “lo que se nos ha enseñado a estimar más no nos interesa suficientemente, y se nos ha enseñado a despreciar lo que nos interesa más fuertemente”. Por lo que “en el instante actual es bien característico en todo el mundo la obnubilación del desear. Nadie sabe lo que quiere, ni los individuos ni los pueblos”.

Claro que los deseos “se mueven siempre dentro del perfil del hombre que deseamos ser. Éste es, por lo tanto, el deseo radical, fuente de todos los demás. Y cuando alguien es incapaz de desearse a sí mismo, porque no tiene claro un sí mismo que realizar, claro es que no tiene sino pseudo-deseos, espectros de apetitos sin sinceridad ni vigor”. Y no se diga que para desear se necesita contar con medios porque “los grandes deseadores, los genios del desear, es decir los hombres de gran fantasía e inspiración creadora suelen cursar su existencia sin medios para satisfacer sus maravillosos apetitos”. Y, así, “Balzac, cercado por la miseria y ebrio de creación y de café, inventa en sus novelas muebles de nuevo estilo que él no tendrá nunca”, y “los ricos de faubourg que le leen encargan a sus ebanistas los muebles soñados por Balzac” porque puede pasar que “el que desea enérgicamente dinero (…) no sabe desear en qué gastarlo”. Por lo que ocupémonos en ser ricos en deseos, y en “esperarlo todo de nosotros mismos”, como vimos el domingo pasado.



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