
Isabel Ferreiro
“No seas el juez de las cosas, sé su amante” suena como una máxima eterna que sabe el corazón de todo hombre y, sin embargo, vivimos como si la hubiéramos olvidado, dedicados más a juzgar que a amar.
Ortega escribe esta frase en una nota de trabajo sobre Cervantes y El Quijote, mientras prepara su primer libro Meditaciones del Quijote. Y ahí lo dice un poco ampliado: “Cada día me interesa menos sentenciar: a ser juez de las cosas, voy prefiriendo ser su amante”, apenas dos páginas después de su más célebre postulado: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo“. El cual ya deshace, de raíz, todo juicio hacia fuera; porque si la circunstancia soy yo mismo, lo que lance sobre ella recae inevitablemente sobre mí.
Ser amante en lugar de juez orienta acerca de cómo salvarse en la circunstancia: entre los otros, las situaciones, el mundo. Todo es parte inseparable de mí; por ello, la invitación a acompañarlo sin juzgar, acompañarse sin condena. Y sin excepción, pues la salvación no renuncia a nada -como dice Un curso de milagros.
Esta unidad de uno con su circunstancia se adelanta más de un siglo a lo que hoy se llama a veces “conciencia de unidad”, Ortega la comparte con Renan y con tradiciones filosóficas antiguas que conoce y aprecia desde joven. Yo soy en unión con mi mundo, y por tanto no me puedo salvar sin incluirlo.
Salvar el mundo nos gusta. Pero un poco de realismo nos muestra quién sostiene a quién. Y no se trata de arreglarlo de conversación sentenciando cómo debería ser; ni tampoco de dedicarnos a utopías desatendiendo la propia vida, pues esta entretenida vía, aun por la causa más noble, conlleva la otra cara que condena. Así, no se sabe qué se hace más: si salvar al planeta o condenar a los contaminadores, por ejemplo. Y esto, el juicio, es lo que convendría evitar.
“Quiere lo que puedes” recomienda. Y ciertamente no juzgar es algo al alcance de cada cual; además de ser lo que salva. Juzgar, en cambio, me condena a sostenerlo y, por tanto, a necesitar que persista lo que juzgo, para seguir llevando razón.
Además, los juicios que albergo en mi mente operan en mí, y en mi mundo, sin saberlo, porque, como confirma la ciencia, la mayor parte de nuestra vida psíquica es inconsciente. Y este inocente, pero coherente, inconsciente no distingue entre yo y mundo, ni entre éste ni aquél; para él todo es uno, y todo soy yo. Por tanto, lo que creo dictar para otro en verdad lo establezco para “uno”.
Kant lo dijo con su imperativo categórico: “obra de tal modo que desees que tu comportamiento se torne en ley universal”. Pero el asunto está en que ni siquiera hace falta desearlo: en que tiro la piedra y, esconda o no esconda la mano, queda incorporada en mi mundo. Efectivamente, al obrar -y juzgar es un obrar- legislo, para mí y para el mundo. Lo que juzgo del otro es ley que dicto para mí y mi mundo. Yo soy, pues, la única autoridad de mi vida. Yo me condeno, y yo me salvo.
Entonces, si queremos salvarnos, ¿qué hacer con los juicios acumulados? Pues irlos poniendo en cuestión uno a uno, para abrir un espacio por donde pueda infiltrarse un conocimiento más alto.
La alternativa parece sencilla: juez o amante; querer llevar razón o acompañar la circunstancia: condenarse o salvarse. Pero, ¿difícil elección?
Textos citados: [Diario de Marburgo, 1906, 1907], Enero 1907, Domingo 27; Textos citados: “Notas de trabajo sobre Cervantes y El Quijote”, Ferreiro Lavedán, M.I. y Carriazo Ruiz, J.R. eds, Revista de Estudios Orteguianos, n. 10-11, 2005; Meditaciones del Quijote (1914); “Carta a un joven argentino que estudia filosofía” (1924), en El Espectador III.

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