Isabel Ferreiro
“No sabemos lo que nos pasa, y esto es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa: el hombre de hoy empieza a estar desorientado con respecto a sí mismo”.
“Tal es siempre la sensación vital que se apodera del hombre en las crisis históricas. Esta desorientación, esta iniciación de pánico”. Y, así, “cuando se desespera de una forma de vida, la primera solución que se ocurre, la más obvia, la más simple, es volver del revés todas las valoraciones. Si la riqueza no da la felicidad, la dará la pobreza; si la sabiduría no resuelve todo, entonces el verdadero saber será la ignorancia”.
Así, “este «no saber qué hacer» toma, a veces, el disfraz de lo inverso —de puro no saber qué hacer se finge un superhacer, un hacer exagerado, frenético, tajante; ese falso hacer que oculta la inanidad de su sustancia con lo superlativo del gesto es el hacer extremado o extremismo. Los extremismos se han producido siempre en el mundo cuando no se sabía qué hacer”.
El hombre primitivo perdido crea “un repertorio de actitudes que le representan la solución de los problemas planteados por aquélla: este repertorio de soluciones es la cultura. Pero al ser recibida esta cultura por las generaciones posteriores se va complicando y va perdiendo autenticidad: se convierte en amaneramiento y en tópico, en narcisismo cultural y en letra muerta. El hombre entonces vuelve a perderse, a desmoralizarse, pero ahora no en la selva primaria, sino en la vegetación excesiva de su propia cultura”. Y de tener tantas posibilidades, “naufraga en su propia abundancia”.
Entonces, al dejar de servir todas esas respuestas inversas —riqueza, pobreza, saber, ignorar…—, el hombre por fin se queda a solas consigo. Porque, cuando todo en derredor falla, caemos en la cuenta de que cuanto nos ocupaba: “ir y venir sobre la tierra, comer o pasar hambre, sufrir o gozar, llorar o reír, ni siquiera pensar” era, en verdad, importante. Vemos que “no esto o lo otro es ya problema”; que todo ello es mero antifaz, aspecto y mise en scène del verdadero asunto vital: “la vida misma de la persona en su integridad”, su vida individual.
Con lo que, si “los problemas del hombre natural no tienen solución”, pues de por sí “vivir, estar en el mundo, es constitutiva e irremediable perdición“; por ello mismo, el hombre de cabeza clara “mira de frente la vida, y se hace cargo de que todo en ella es problemático, y se siente perdido“. Y, “como esto es la pura verdad —a saber, que vivir es sentirse perdido—, el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme“.
“Instintivamente, lo mismo que el náufrago, buscará algo a que agarrarse, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida”. Por lo que las ideas de los náufragos “son las únicas ideas verdaderas (…). Lo demás es retórica, postura, íntima farsa”. Y “el que no se siente de verdad perdido se pierde inexorablemente; es decir, no se encuentra jamás“.
Textos citados: La rebelión de las masas (1930); En torno a Galileo (1947).

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