Isabel Ferreiro
“Pregunta usted algunas cosas, es decir, admite usted la posibilidad de que las ignora. Ese poro de ignorancia que deja usted abierto en el área pulimentada de su espíritu, le salvará. Por él se infiltrará un superior conocimiento. Créame: no hay nada más fecundo que la ignorancia consciente de sí misma. Desde Platón hasta la fecha, los más agudos pensadores no han encontrado nada mejor que el título antepuesto por el gran Cusano a uno de sus libros: De docta ignorantia“, escribe Ortega a un joven argentino que estudia filosofía, en 1924.
Desde el primer día de este blog, hemos visto que salvarnos supone salvar la circunstancia tal como es. Y pasa que la circunstancia del hombre conlleva irremediablemente no saber. Admitir que no sé es, pues, lo que me salvará.
Se dirá “que el hombre sabe muchas cosas, tiene siempre no pocas verdades y convicciones. Mas precisamente éstas le descubren la ignorancia”. Y es que lo que sabe pone al hombre, más que nada, ante lo que no sabe; le muestra la limitación de su saber: “advierte que aun esa verdad o verdades que ya posee, por el mero hecho de estar aisladas, inconexas, sin articulación unas con otras, no son plenamente verdades. Estamos seguros de que 2 + 2 = 4, pero no estamos seguros de qué sean los números, ni de en qué consista y cuáles sean los límites y el sentido de aquella seguridad sobre la suma de 2 y 2”. De modo que “pensar un concepto nos lleva necesariamente a pensar otro”; y otro, y otro. —Además, que 2 y 2 sean 4 le sirve al hombre para la cuenta de la compra y poco más, pero eso ya es para otro día.
“La ciencia acota un mísero recinto luminoso sobre la infinita tiniebla de lo desconocido“. Y, de aquí, del ansia de luz, viene curiosamente la fascinación por la ciencia —aunque sea sobre un mínimo recinto—, cuando por lo general los cientificistas suelen presumir de agnosticismo: de sólo hablar de lo que ven y tocan. Y, para mayor paradoja, al reducir tanto el campo, para poder tener algo de luz, sólo la fe ciega puede ser capaz de desatender el resto.
Y el coste de la fe ciega es no percibir que desatiendo el resto, sino creer que no existe lo que no alcanzo a ver. Y, si no veo que ignoro, no se puede colar “un superior conocimiento”.
Someter la realidad a ciertos parámetros para dar con algo “indiscutible”, aunque sea sólo en teoría y no lleve a gran cosa en la práctica, en la que todo se escapa; nos da la sensación de saber, de tener luz. Por eso, la despierta Mafalda dice: “Un día me voy a ir a vivir a Teoría, porque en Teoría todo está bien”.
Se dirá, entonces, que los aciertos y progresos de la ciencia para la humanidad son grandísimos. Y sí, aunque habría también que verlos uno por uno, junto a sus consecuencias, para tener claridad de cuánto progreso estamos hablando.
No se trata, desde luego, de negar valor a la ciencia pero sí de conocer sus límites y alcances. Y lo cierto es que cuanto procede de achicar la perspectiva no puede resultar verdaderamente importante, pese a como se suele creer. En principio, vivir 300 años cronificado por medicamentos, no significa “vivir más”, porque vivir no es conservarse, sino tender a plenitud. “Prolongar la vida reduciéndola a su mínima expresión”, es apenas vida.
El hombre antes vivía 5 y luego 500; como antes iba en burro, ahora en avión, y mañana en cohete a ver la luna; pero ello nada añade a su conciencia, pues sigue sin preguntarse ¿para qué? Ampliar la perspectiva —estar luminosos— pasa por hacernos cargo de “la infinita tiniebla de lo desconocido”, no por montarnos en nave espacial.
El hombre, dice Ortega, no tiene naturaleza sino historia. En consecuencia, su ver está filtrado por unas creencias o interpretaciones limitadas, en tanto surgen de una perspectiva particular —de un tiempo y circunstancia concretos— y, por tanto, susceptibles de ser revisadas o puestas en cuestión; como, de hecho, hace la historia —”con lento paso de vaca”—, desalojando unas y habilitando otras.
De modo, que los saberes, incluidos los científicos, son diferentes según las épocas: según las circunstancias. Pero pasa que olvidamos lo olvidado, y vivimos lo parcial y provisional recordado como verdad definitiva.
Pero, si bien la realidad está en permanente cambio y, por tanto, no podemos dar nada por cierto definitivamente; sí necesitamos valernos de las soluciones disponibles, que tenemos al alcance. Porque, claro es, que una vida sin apoyo alguno no sería posible; “el problema empezaría al despertarse con el natural apetito mañanero. ¿Qué desayunar?”. “Y así hora tras hora toda la jornada”, tendríamos que resolver cada paso, de no ser por el inmenso repertorio de soluciones que nos brinda la sociedad en cada momento.
El hombre, pues, sabe y no sabe. Una vez más, Ortega nos lleva a la complejidad de integrar lo uno y lo otro. Por lo que el hombre, que no amputa a capricho la realidad, se encuentra en “lo que podríamos llamar el «estado de la verdad insuficiente»”. Entonces, dado este saber y no saber simultáneo, o saber limitado, ¿cómo vivir en coherencia? Pues en principio parece que no habría más que asumirlo: que creer y descreer simultáneamente, o al menos que creer más rebajadamente lo que se cree, sabiendo que lo que se cree o se sabe no es absoluto, pues “no hay adquisición humana que sea firme”. Y con ello mantener ese poro abierto para que se pueda filtrar un superior conocimiento.
De aquí que las únicas ideas verdaderas sean las de los náufragos, y que “el que no se siente de verdad perdido se pierde inexorablemente; es decir, no se encuentra jamás”, perdido por completo en su aparente y más que limitada seguridad.
Vivir en coherencia, de acuerdo a la circunstancia, supone vivir cierto en lo incierto. De modo que tan pronto sepa algo, lo ponga en cuestión, para permitir una nueva versión. Lo que sería vivir humilde y soberbio. Soberbio porque voy a actuar y a tomar decisiones, en vista de las circunstancias, de lo que sé, de lo que creo; y a la vez humilde porque cuento con que me faltan cuadros, con que tengo puntos ciegos.
Con lo que me mantengo on line, poroso, receptivo para ver a cada instante otra cosa, dispuesto a que todo sea redefinido una y otra vez, en coherencia con el constante movimiento de la vida, en permanente actualización. Sencillamente, porque “una verdad, si no es completa, es algo en que uno no se puede quedar —en que no se puede «estar»”.
Textos citados: Introducción a los problemas actuales de la filosofía (1916); “Renan”, en Personas, obras, cosas (1916); “Carta a un joven argentino que estudia filosofía” (1924), en El Espectador IV; La rebelión de las masas (1930); Principios de metafísica según la razón vital [Curso de 1933-1934]; Ensimismamiento y alteración (1939); La razón histórica [Curso de 1940]; Epílogo de la filosofía (1943).

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