Lo sincero, lo espontáneo en el hombre es, sin disputa, el gorila

Isabel Ferreiro

Lo sincero, lo espontáneo en el hombre es, sin disputa, el gorila. Lo demás, lo que trasciende de gorila y le supera, es lo reflexivo, lo convencional, lo artificioso”.

“La sinceridad, según parece, consiste en el deber de decir lo que cada cual piense”. Pero este “afán de sinceridad que ahora sentimos todos”, esta “moda que se nos ha impuesto”, es un síntoma extremo de achabacanamiento“.

“Cuando alguien me advierte que quiere ser sincero conmigo, pienso siempre que o me va a referir algún incidente personal, sólo para él interesante, o va a comunicarme alguna grosería”.

El hombre es especialista en tergiversar la verdad. Y si la verdad une, por ser reconocible por todos; en cambio, la opinión —incluso de millones— como no es la verdad, puede resultar invasiva. He aquí el punto ciego de los “ante todo sinceros”: no ver que su opinión no es la verdad, y que, por tanto, bien podrían prescindir de compartirla, especialmente si va a disgustar a otro.

“Entonces, ¿hay que ser falso?”, dirá el militante del sincerismo. Se trata de respeto, valor tan noble como la sinceridad, que recomienda abstenerse de herir al prójimo con nuestras impresiones momentáneas, aunque las llamemos “la verdad”.

Y se trata de tolerancia, “que tiene un nombre viejo mucho más claro: buena educación”. Como dijo Goethe, “sólo el grosero sigue su capricho, el noble aspira a ordenación y a ley”. “¡Divino juego civil de la buena educación! ¡Deleite noble y señor el de vivir dentro de las reglas quebrantables sin quebrantarlas! ¡Suprema voluptuosidad para quienes son capaces de sentir la voluptuosidad de la ley!”

“¡Trámites, normas, cortesía, usos intermediarios, justicia, razón! ¿De qué vino inventar todo esto, crear tanta complicación? Todo ello se resume en la palabra «civilización»”. Se trata con ello “de hacer posible la ciudad, la comunidad, la convivencia. Por eso, si miramos por dentro cada uno de esos trebejos de la civilización que acabo de enumerar, hallaremos una misma entraña en todos”: “el deseo radical y progresivo de contar cada persona con las demás“.

Por tanto, “civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia” Y “se es incivil y bárbaro en la medida en que no se cuente con los demás”.

“No, no seamos sinceros, ni espontáneos (…) suplantemos nuestro yo realpor un yo civilizado. “Según Fichte, el destino del hombre es la sustitución de su yo individual por el yo superior”.

“Cada acto que realizamos nos propone el dilema conocidísimo: o seguir nuestro gusto o ajustar nuestra voluntad a la ley superior”. “La suprema disciplina del respeto, nos invita a arrodillarnos”. “Debemos exclamar como una vez Renan: «Me gusta ponerme de rodillas delante de nada»”.

Textos citados: “Unamuno y Europa, fábula” (1909); “El humilde liberalismo” (1910); “Renan”, en Personas, obras, cosas (1916); La rebelión de las masas (1930).


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