Las cosas tienen un orden, una jerarquía determinada

Isabel Ferreiro

Tienen las cosas un orden, una jerarquía determinada“. “Mundo significa un orden unitario de las cosas —es el ser de ésta y ésta y todas las cosas articulado en un ser universal. Mundo es orden, estructura, ley y comportamiento definido de las cosas —una absoluta variación, no sería mundo”, cosmos, sino caos.

Sin embargo, caemos en el error de “suponer que puede nuestro albedrío decidir cuáles cosas han de ocupar el primer plano, cuáles el segundo, y así sucesivamente. Nada de eso; las cosas por sí, y previamente a la localización que las damos, pertenecen a uno u otro rango. Hay cosas de primer plano y cosas de orden ínfimo”.

“Dejan ciertamente a nuestro capricho un pequeño margen, dentro del cual podemos movilizarlas, dislocarlas sin daño apreciable; pero si traspasamos los límites concedidos, quedan maltrechas, aniquiladas, y la vida, que no es sino nuestro trato con ellas, se desorganiza y degenera“.

“Las cosas de orden subalterno, destacadas en primer plano, se agostan y fracasan“, de modo que si el objeto de escasa entidad es sometido a una atención de alto temple, no encontrará “jugo bastante de que apoderarse, y la pobre cosa, torpemente favorecida por nuestro capricho, nos parecerá seca y miserable. Puesta, en cambio, en su rango natural, acaso satisfaga una atención de menor cuantía y la sintamos justificada y suficiente”. Y, viceversa, las cosas de primer plano, relegadas al último término, se debilitan y sucumben“. —Así, por ejemplo, el inflado “consentimiento” que tanto gusta para sustituir en nuestros días la cada vez más menguada libertad.

Es “El hecho gigante de que las cosas —números o cuerpos o almas— poseen una estructura, un orden y conexión de sus partes distintos del orden y conexión que tienen nuestras ideas“. Así, “nos parecen unas muy importantes, otras menos, otras por completo insignificantes”. Por ello, “capricho es toda idea para sustentar la cual no se dan razones“.

Luego, “la razón libra a la idea de su tufo privado, la despersonaliza, y de un capricho hace un teorema que es lícito proponer a la consideración del prójimo”. Porque, “si los motivos en que se funda mi preferencia de X a Z son injustificados, caprichosos, mi preferir será erróneo“, y sólo podrá suscitar adhesión por inercia o adulación, no por convicción, puesto que el criterio no ha sido otro que el antojo.

La realidad, pues, tiene un orden propio, y vivir bien consiste en reconocerlo, respetarlo, y salvarlo; no en tratar de imponerle nuestro capricho, para así poder ocupar en él nuestro sitio y salvarnos: “El destino humano constituye una melodía en que cada nota tiene su sentido musical colocada en su puesto entre todas las demás”.

“Una generación de artistas cree que el arte consiste en lo arbitrario, como tal, en imponer lo que a uno le da la gana”. Pero, “en el arte como en la ciencia, nos encontramos con un orden suntuario de la vida“. Acercarse al arte o a la ciencia equivale a aceptar someternos a un régimen de imperativos y normas, “y que, en vez de acomodarlas a nuestro gusto más sincero, deseamos adecuar a ellas nuestro gusto. Acontece lo mismo que en el tiro al blanco. Puede uno perfectamente vivir sin tirar al blanco; pero si se tira, hay que esforzarse por dar en él”.

El artista no precisa “alterar las formas primarias de las cosas. Basta con invertir la jerarquía y hacer un arte donde aparezcan en primer plano, destacados con aire monumental, los mínimos sucesos de la vida”. Pues todas las cosas en su sitio tienen su importancia y son dignas de ser atendidas.

“El procedimiento consiste sencillamente en hacer protagonistas del drama vital los barrios bajos de la atención, lo que de ordinario desatendemos”. Los mejores ejemplos de “cómo atender lupa en mano a lo microscópico de la vida— son Proust, Ramón Gómez de la Serna, Joyce”.

No se trata, por tanto, de desatender, ni de desestimar ni de obviar nada por su tamaño, sino de dejarlo en su lugar, para observarlo y que pueda revelar su profundidad.

Decía Javier Marías que un pequeño detalle puede arruinar una gran amistad o un gran amor. Y sí. Pero quizá alguien, tan bueno como caprichoso, podría decir: “no merece perder una amistad por esa tontería”; pero esa tontería, esa broma, esa pequeña burla que, en vez de respaldar, desacredita, ante quizá unos desconocidos, muestra la ausencia del respeto y la lealtad de la verdadera amistad.

Lo pequeño puede serlo de forma, pero no es de por sí insignificante, tiene su rango dentro de la estructura a la que pertenece. Sólo podemos considerarlo insignificante tratado como algo flotando en el aire, sin conexión alguna, esto es: sin darle su lugar con la correcta perspectiva. Pero, cuando respetamos el orden, le concedemos su lugar, no por lo que me parece, calculo, o me gusta; todo, incluido lo más pequeño, alcanza su pleno sentido.

Es el orden fecundo.

Textos citados: “Estafeta romántica. Eva ausente” (1918); Apatía artística” (1921), en El Espectador IV; La deshumanización del arte e Ideas sobre la novela (1925)



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