Isabel Ferreiro
“La tiranía consiste siempre en el olvido de que lo demás existe“.
Pasa, y no con poca frecuencia, que “la bondad de una cosa arrebata a los hombres, y puestos a su servicio olvidan fácilmente que hay otras muchas cosas buenas con quienes es forzoso compaginar aquélla, so pena de convertirla en una cosa pésima y funesta”.
Atender a capricho sólo a una cara de la realidad, ya vimos que era el modo beato de proceder; y hoy vemos, además, que esta “incapacidad de ver las cosas por los cuatro costados“, que lleva a desatender a voluntad lo demás, es tiranía.
Y es que “no hay cosa en el mundo que aislada se justifique“; ni que no resulte perjudicial aislada de lo demás.
Así, “la tiranía de lo material” tan triunfante del positivismo francés —y todavía tan influyente—, como la de los tan simples como ingenuos pragmatismo y neopragmatismo yankees, se apoyan con fe ciega en la “ciencia”, para olvidar que lo que no alcanzamos a conocer sostiene eso que “creemos” conocer —pese a ser esta ciencia provisional y precaria.
Estamos, pues, empeñados en decir “esto sí” y “esto no”, en vez de admitir que “esto sí” y “esto también”. guste más, guste menos, guste o no guste: la realidad es compleja. Por ello, “en vez de «o lo uno o lo otro», sentimos que lo mejor sería abarcar «lo uno y lo otro»“.
Hasta “la materia al sutilizarse ha enseñado sus entresijos y se ha visto que está, en definitiva, compuesta de ideas. De este modo las ciencias físicas quedan mediatizadas dentro de un imperio intelectual donde tienen que convivir con otras ciencias ideales no menos ciencias que ellas”. Por lo que estamos, ya hace más de un siglo, en la incógnita de partículas subatómicas en las que apenas se puede encontrar materia, sorprendidos de que la misma materia no sea tal materia.
Así, si es imprescindible el espacio entre las cosas, como único ordenador de distancias y equilibrios; también lo es dentro de las propias cosas porque, de no constituirse en gran parte de vacío, explotarían. Por todo lo cual no parece una tontería, ni nada místico ni metafísico, asumir lo que no vemos, esa “nada” que resulta, finalmente, útero sostenedor y organizador de todo.
Además, también sabemos que no vemos ni lo que hay alrededor nuestro; que las mismas palomas, por ejemplo —tan despreciadas por los genios humanos—, ven bastante más. Así que, empeñarse en limitarse a lo que “se ve” es bastante absurdo e insostenible desde un punto de vista precisamente positivista, científico, pragmático y útil. Salvo que lo útil sea ser ciego.
¿Quién duda, medio cuerdo, del valor de lo útil? Es tan obvia la necesaria utilidad que no haría falta nombrarla, pero no sólo se nombra innecesariamente sino que —y aquí el problema que señala hoy Ortega— se ha llevado al extremo de ser lo único a considerar hasta llegar “a interpretar el bien como la utilidad“.
Y, por el mismo camino de extremar la preocupación por lo útil, y ésta llegue “a constituir el hábito central de nuestra personalidad, cuando se trate de buscar lo verdadero, tenderemos a confundirlo con lo útil. Y esto, hacer de la utilidad la verdad, es la definición de la mentira“; y una como perversión espiritual “o enfermedad psicológica”.
Así, el “exclusivismo” de lo útil, al dejar “reducido el orbe inmenso de los valores al solo de lo útil“, nos deja también ciegos para todo otro valor cuando no es sino “un valor entre otros mil”.
Y ¿qué mejora cabría esperar si nos limitamos a lo útil? Pronto quedaríamos reducidos a una supervivencia del mínimo esfuerzo y a un progresivo deterioro. La cultura nace de los afanes superfluos, del deporte, vimos el otro día. Ni siquiera en política, donde lo útil es prioritario, conviene negar lo demás, pues paradójicamente cerrándose a los medios se ciega para los fines: “la política —es decir, la supeditación de la teoría a la utilidad— ha invadido por completo el espíritu. La expresión extrema de ello puede hallarse en esa filosofía pragmatista que descubre la esencia de la verdad, de lo teórico por excelencia, en lo práctico, en lo útil. De tal suerte, queda reducido el pensamiento a la operación de buscar buenos medios para los fines, sin preocuparse de éstos. He ahí la política: pensar utilitario“.
Misma “ceguera estimativa” se acusa al “definir la vida como adaptación”. Claro es que “sin un mínimum de ésta no es posible vivir; pero lo sorprendente de la vida es que crea formas audaces, atrevidísimas, primariamente inadaptadas, las cuales, no obstante, se las arreglan para acomodarse” y lograr sobrevivir. “De suerte, que toda especie viviente puede y debe ser estudiada desde dos caras opuestas: como lujoso fenómeno de inadaptación y capricho, y como ingenioso mecanismo de adaptación”. Pues la vida como adaptación, sin más, no innova; y vivir quedaría “entendido como una actitud, como una operación secundaria: un respetar el medio”. Y, a base de conformidad con el medio, sin incorporar nada nuevo, lo ya re-reacomodado envejecería y se debilitaría.
Es preciso, pues, incorporar siempre cierta innovación para la propia supervivencia. Así, “el progreso exige que hoy intentemos rebosar la moralidad jurídica de ayer, y mañana la de hoy. Conservar la Libertad es pedir más Libertad, es conservar el progreso de la Libertad”.
También “sufrimos la tiranía del mito «igualdad», en que dondequiera encontramos la manía de creer que las cosas son mejores cuando son iguales”. “La igualdad ante la ley civil nos mueve a que (…) todos pensemos lo mismo”, a “un empeño de extender a la lógica el sufragio universal”, mas “quien ame hondamente la democracia debe cuidar mucho no ser demócrata fuera de lugar”. La igualdad de derechos no supone la nivelación, hasta la negación y mutilación, de la diversa peculiaridad. Llevado al extremo, el “«¡todos iguales!»” resulta “terrible, negativo, y destructor”; pues conduce a la soberbia “incapaz de percibir la excelencia del prójimo”, y tal cerrazón “impide el perfeccionamiento del individuo y el afinamiento de la casta”.
Por último ejemplo, la misma libertad llevada al extremo también puede conducir a fanática ceguera. A la vista está que, en nombre de ella, no se ocurre otra cosa que bombardear. “¿La libertad ante todo?… Yo no la deseo”, dice Ortega. “La libertad con todo”. La libertad sin más no es más que un abstracto, y —repetimos— “no hay cosa en el mundo que aislada se justifique”. “No se puede vivir sin libertad, pero tampoco se puede vivir de libertad“. La libertad es “un instrumento para la vida. Supeditar ésta a aquélla es idolatría”, por no decir locura, que es en lo que andamos. Para vivir hacen falta muchas cosas”. Por ello “es preciso que la libertad se haga maleable a fin de poder coexistir con ellas. Libertad y todo”.
Ortega nos vuelve a invitar, pues, a integrar y no amputar, a incluir y no excluir: a sustituir la o por la y. Ser de izquierdas o de derechas, materialista o espiritualista, partidario de lo útil o de lo inútil, da para el caso lo mismo, pues de cualquier modo hay algo ilícito en “ser hombre de partido”, en no aceptar la realidad con sus cuatro costados: en no contar con lo demás.
Textos citados: “La conservación de la cultura” (1908); “La voluntad del barroco” (1912); “¿Qué opina usted de Pablo Iglesias? (1915); Sistema de la psicología (1915); “Verdad y perspectiva” (1916), en El Especrador I; “[El novecentismo]” (1916); “Discurso de de despedida en la Institución Cultural Española de Buenos Aires” (1916); Introducción a los problemas actuales de la filosofía (1916); “Democracia morbosa” (1917), en El Espectador II; “De la cortesía o las buenas maneras” (1918); “Maura o la política” (1925); “Vaguedades” (1925); “Notas del vago estío” (1925), en El Espectador V; “Dislocación y restauración de España” (1926); “Revés de almanaque” (1930), en El Espectador VIII; Goethe desde dentro (1932); Estudios sobre el amor (1939); El hombre y la gente [Curso de 1949-1950].

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