La norma superior es una profunda docilidad a la vida

Isabel Ferreiro

“Los años y las meditaciones, al pasar sobre mi alma, van aposando en ella la convicción de que la norma superior, la más delicada, es una profunda y religiosa docilidad a la vida. Toda otra norma debe ser sometida a esta instancia”.

Como decía Leonardo: «El que no puede lo que quiere, que quiera lo que puede»”. Pero he aquí el problema más común: Querer lo que no se es, querer otra cosa distinta de lo que es, que se antoja mejor que lo que hay.

“El error de querer ser lo mejor. Contra esto se indigna Cervantes. Hay que querer ser lo mejor que uno pueda ser, la última potencia de sí mismo, pero no lo que en absoluto parece lo mejor“.

El pecado original radica en eso: no ser auténticamente lo que se es. Podemos pretender ser cuanto queramos, pero no es lícito fingir que somos lo que no somos, consentir en estafarnos a nosotros mismos, habituarnos a la mentira substancial”.

Toda la vida nueva tiene que estar hecha con una materia cuyo nombre es autenticidad“; tiene que plegarse, a lo que sea suyo propio.

Y es que “sólo puede crear algo una apasionada resolución de ser lo que estrictamente se es“. La vida, la mía, la tuya, la suya, es un destino intransferible que cada cual tiene que vivir sin hacerse cuestión de ese individualísimo destino.

Así, “el que no vive por sí sino según otra vida casi siempre no hace otra cosa que aniquilar, que desvivir la suya“. Aunque sólo ligeramente aceptemos modelar nuestra existencia en moldes ajenos ya es falsificarla, quitarle realidad.

El ser humano, pues, “se encuentra colocado en una posición dificilísima. Porque es como si se le dijera: «si quieres realmente ser tienes necesariamente que adoptar una muy determinada forma de vida. Ahora: tú puedes, si quieres, no adoptarla y decidir ser otra cosa que lo que tienes que ser. Mas entonces, sábelo, te quedas sin ser nada, porque no puedes ser verdaderamente sino el que tienes que ser, tu auténtico ser».

Por ello, “cuando el régimen normal de un hombre o de una institución es ficticio, brota de él una omnímoda desmoralización. A la postre se produce el envilecimiento, porque no es posible acomodarse a la falsificación de sí mismo sin haber perdido el respeto a sí propio”.

Y, “sin embargo, este principio de la ficción inspira todos los planes”, estructuras y modas. Nada más común que obviar la realidad, que falsificarla, y disfrazarnos de lo que no somos. Vivimos ficticios entre ficciones, hasta el punto de que nos hemos acostumbrado a que las palabras sirvan para tapar justamente lo contrario de lo que significan.

Así, se habla de igualdad mientras se inventan nuevas formas de enfrentamiento, como si la diferencia natural fuese un problema a erradicar. Por lo que si la persona verdaderamente “feminista aspira a que un día las mujeres no necesiten ser mujeres feministas”, hoy el feminismo está lejos de aspirar a tal cosa, sencillamente porque desaparecería.

“Feminismo: el hombre como lo mejor” , escribe Ortega en unas notas de trabajo sobre Cervantes (1). “No hay hombres”, se oye decir con frecuencia hoy a las mujeres mientras se empeñan en ocupar su rol y desertar del suyo —que sería orientar al hombre exigiéndole su perfección, como vimos el otro día—; esto es: mientras halagan y consienten en extremo al hombre, cada día más inmerecidamente mimado y, en consecuencia, cada vez más confundido.

No sabemos qué somos, ni qué queremos ser, con lo cual lo que más sabemos es que queremos otra cosa distinta de lo que somos. En nombre de la liberación, parece que se invita al individuo a desvincularse de lo que es, como si la identidad fuese una opción sin límite, y como si sentir cualquier impulso interior baste para que sea verdad. Así, la “teriantropía”, y así ciertas corrientes de la psicología hablan tranquilamente de reconocer la dualidad de tu identidad: “de sentir y expresar libremente tus instintos y emociones” —de un animal elegido—, “sin olvidar que el cuerpo humano tiene necesidades de higiene y responsabilidades sociales humanas”. Solución que no se sabe si es muy práctica ni si es solución.

Porque ¿hasta qué punto este alejamiento de lo que uno es, de su propia naturaleza y circunstancia puede llevar a una vida más lograda?

Parece más claro y fecundo lo que hoy Ortega nos recuerda con esta cita: que la norma más alta no es imponerse ideales imposibles sino aprender a querer ser el que somos: aprender a habitar aquello que ya somos llenándolo hasta los bordes para lograr nuestra plenitud. Porque cuando la vida se construye desde la ficción —aunque esté socialmente avalado— la vida lejos de expandirse, se debilita.

Por lo que hoy volver a Ortega nos lleva a volver a uno mismo, al que somos ahora; cada uno con su circunstancia —o pozo—, con sus límites y alcances para, desde ahí, crecer.

Y así huir de cuanto suponga, por recomendado que esté, ir en contra de lo que uno es.

Porque, aun forzándonos hasta el límite, ¿cómo podría ser auténtico un camino de espaldas a la propia verdad?

“Notad que la amargura nace siempre de la desproporción entre lo que anhelamos y lo que conseguimos“, por lo que pretender ignorar lo que somos, por imposible de conseguir, es el camino cierto de la infelicidad.

Terminemos volviendo a lo que “decía Leonardo: «El que no puede lo que quiere, que quiera lo que puede»”.

(1) Creemos que entre 1904 y 1914, por la correspondencia que mantuvo con Miguel de Unamuno y Francisco Navarro Ledesma en torno al tercer centenario de la publicación de El Quijote, la relectura que hizo junto a Hermann Cohen en 1911 de esta universal obra, y la publicación de sus Meditaciones del Quijote, en 1914.

Textos citados: “Notas de trabajo sobre Cervantes y el Quijote” (1); “Meditación del Escorial” (1915), en El Espectador VI; “Incitaciones” (1919), en El Espectador III; Misión de la Universidad (1930); Goethe desde dentro (1932); “¿Qué pasa en el mundo? Algunas observaciones sobre nuestro tiempo” (1933); El hombre y la gente [Curso 1939-1940].


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