Isabel Ferreiro
“Ser héroe consiste en ser uno, uno mismo“, escribe Ortega en Meditaciones del Quijote, 1914.
“Héroe es, decía, quien quiere ser él mismo. La raíz de lo heroico hállase, pues, en un acto real de voluntad”: “la voluntad de plasmar la vida según el propio albedrío”.
“Cuando el héroe quiere, no son los antepasados en él o los usos del presente quienes quieren, sino él mismo. Y este querer él ser él mismo es la heroicidad“, porque “su vida es una perpetua resistencia a lo habitual y consueto”. Tiene en contra suya aquello por negar: “la tradición, lo recibido, lo habitual, los usos de nuestros padres, las costumbres nacionales, lo castizo, la inercia omnímoda, en fin. Todo esto, acumulado en centenario aluvión, forma una costra de siete estados a lo profundo”.
Pero “el héroe no contrata nunca con la realidad: la arrebata, la toma al asalto“. De aquí el gesto sobrio y sin vacilación con que “tira por la ventana su porvenir y todo lo adquirido en su vida pasada y emprende una nueva vía sin horizontes ni promesas algunas”: “síntoma eterno de la emotividad heroica, de la confianza en sí que distingue a todos los grandes”.
“Cada movimiento que hace ha necesitado primero vencer a la costumbre e inventar una nueva manera de gesto”. Y “una vida así es un perenne dolor, un constante desgarrarse de aquella parte de sí mismo rendida al hábito, prisionera de la materia”. Pero hay algo más fuerte en él: su voluntad de salir del pozo de lo establecido. Y si bien “el instinto de inercia y de conservación no lo puede tolerar”, del pozo hay que salir “saltando fuera del pozo con el pozo a cuestas”.
“Lo heroico de todo héroe radica siempre en un esfuerzo sobrenatural para resistirse al hábito. La acción heroica es, en todo caso, una aspiración a innovar la vida, a enriquecerla con una nueva manera de obrar. Heroísmo es rompimiento con la tradición, con lo habitual, con la costumbre. El héroe no tiene costumbres; su vida entera es una invención incesante…”.
“El héroe anticipa el porvenir y a él apela”, por lo que “no dice que sea, sino que quiere ser“. Su “inercia real” es su “noble ficción”. Vive, pues, “de aspiración. Su testimonio es el futuro”. Mas, en virtud de “buenas razones”, “en torno al héroe muñón que dentro conducimos, se agita una caterva de instintos plebeyos”, que le asedian con su desconfianza. Pues “no pedimos justificación al que no se afana en rebasar la línea vulgar”, pero sí la exigimos al que intenta trascenderla. “Pocas cosas odia tanto nuestro plebeyo interior como al ambicioso. Y el héroe, claro está que empieza por ser un ambicioso. La vulgaridad no nos irrita tanto como las pretensiones”.
“De aquí que el héroe ande siempre a dos dedos de caer (…) en el ridículo. El aforismo «de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso» formula este peligro que amenaza genuinamente al héroe“. Y es que, “como el carácter de lo heroico estriba en la voluntad de ser lo que aún no se es”, de hecho, tiene “medio cuerpo fuera de la realidad. Con tirarle de los pies y volverle a ella por completo, queda convertido en un carácter cómico”. “Y la gente ríe. Presencia la caída del pájaro ideal al volar sobre el aliento de un agua muerta. La gente ríe”.
Pero, recuerda entonces Ortega a Don Quijote, quien “personifica la enorme capacidad del hombre para ser derrotado”. Y “«podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo es imposible»”. Por lo que el ánimo, “el tono vital y su nivel“, resulta, al cabo, “lo decisivo“. Y eso sólo depende de uno.
Textos citados: “[Diario de Marburgo]”, enero 1907, domingo 27; “En torno a un héroe moderno. Lassalle”, 1911; Meditaciones del Quijote, 1914; “Cuadros de viaje. ¡Se van, se van!”, 1915; “Ensayos de crítica” (1917), en El Espectador II; Meditación de nuestro tiempo. Introducción al presente, 1928.

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