Isabel Ferreiro
“No pretendo imponer a nadie mis creencias éticas; pero ocurre que dentro de las que llevo en mi corazón está la de considerar ilícito ser hombre de partido. Que el partido sea socialista o tradicionalista da, para el caso, lo mismo”.
Sin embargo, “una de las cosas que más indigna a ciertas gentes es que una persona no se adscriba al partido que ellas forman ni tampoco al de sus enemigos, sino que tome una actitud trascendente de ambos”.
“Yo creo, por el contrario, que esa exigencia de que todos los hombres sean partidistas es uno de los morbos más bajos, más ruines y más ridículos de nuestro tiempo”; “creo que tenemos todos la obligación de dominar la bárbara e inferior tendencia que hay en nosotros a apasionarnos por una idea o persona cegándonos para las demás ideas y personas”, pues “no hay cosa en el mundo que aislada se justifique”.
“Una perversión moral de la centuria antecedente conducía a estimar el apasionamiento en política como un deber. Por eso puso la vida social en manos de los que mejor sabían hacer el león, el toro y la hiena en las asambleas públicas y con sus rugidos, heñidos, gañidos, mugidos o ladridos acertaban a encender los instintos pasionales de la muchedumbre”.
Pero “comenzamos a creer que es el apasionamiento siempre una desventura“. “Entre la tibieza y el apasionamiento está la emoción humana y cálida que da vigor al razonamiento sin arrebatarle su clarividencia”. Así, “consideramos al que incita a los demás al partidismo un hombre moralmente inferior”.
“A los hostigadores de la opinión pública preferimos los instructores de la pública opinión”. “Se dirá que con entes demasiado serenos no se puede hacer política. Es posible que esto sea verdad. Pero no está demostrado que la misión de los escritores e intelectuales consista en hacer política. Para eso están precisamente los políticos de diverso formato, los conductores de las muchedumbres y las muchedumbres mismas”.
“Un escritor no puede ser primariamente hombre de partido. Su misión esencial lo obliga a evitar serlo”. “Yo no digo que el hombre adjunto al escritor no tenga derecho a tomar apasionadamente partido. Pero su obra intelectual tiene que mantenerse impermeable al partidismo. Es esto para él cuestión de conciencia profesional. La razón de ello parece sobremanera evidente. El escritor partidista pierde ipso facto autoridad ante el lector que busca en él una más fina percepción de lo real”; y “de esta manera existe una vaga probabilidad de que su labor resulte aprovechable”.
Hay una empresa que “nadie llevará a cabo si los escritores no la preparan y orientan: la invención de nuevas instituciones ajustadas al pulso contemporáneo”. De modo que si bien el escritor “no debe ser político porque se anula como escritor”; su obra, en cambio, “es un ingrediente esencial de toda política estable”.
Pero, por una curiosa perversión, “hoy se azuza al escritor para que intervenga en la acción pública, lo cual equivale a llegarse a él en el momento de tomar la pluma y decirle: «¡Póngase usted frenético y luego manuscriba!»”.
Y “pasión es arrebato y el arrebatado se siente llevado como en volandas, sin pesar sobre sus propios músculos. Lo otro, el huir del arrebato, el imperativo de serenidad, implica la condena a caminar siempre sobre los propios pies, a sostenerse a sí mismo perdurablemente”.
Así, los que se irritan contra quienes, según ellos, se colocan au-dessus de la mêlée, no son nunca los que pensaron originariamente la idea “que provocó la mêlée. No son, pues, gentes que hayan, por sí mismas, pensado nunca en nada. Se han encontrado con un partido hecho que pasaba delante de ellos y lo han tomado como se toma un autobús“, “a fin de no caminar con la fatiga de sus propias piernas“.
Y es que “toda maldad viene de una radical: no encajarse en el propio sino“, no ser el que auténticamente se es. Así, “todo acto perverso es un fenómeno de compensación que busca el ser incapaz de crear un acto espontáneo, auténtico, que brota de su Destino”, y “el «partidismo» un caso más de compensación“.
“Es falso que la existencia de partidos como tales haya sido normal entre los hombres. Más o menos, habrán existido siempre grupos combatientes; pero esto no quiere decir que fuesen «partidos». Tal individuo formula y proclama un deseo latente en otros muchos; éstos se agrupan en torno de aquél y se inicia una lucha con el resto de la sociedad para obtener la satisfacción de aquel deseo”.
“La lucha lleva a la victoria o a la derrota. Una y otra tienen el mismo efecto: disuelven el grupo combatiente, y con él, el grupo contrincante. Suprimidos ambos, la lucha se desvanece también y la sociedad retorna a la convivencia pacífica y unitaria. A nadie se le ocurre perpetuar los grupos hostiles ni el temple mismo de hostilidad después de la victoria o la derrota”.
La existencia de los «partidos» en el sentido contemporáneo son, sin embargo, agrupaciones perpetuas de combate. “Hasta el siglo XIX no surge la idea de que la historia está constituida por una lucha perenne”; con el resultado de que, si anteriormente “lo substancial era el deseo, sinceramente sentido, de obtener tal o cual ventaja, y sólo en vista de él se agrupaban los hombres y luchaban”, ahora, “en el «partido» lo substancial es el «partido» mismo. Se quiere que la sociedad esté normalmente escindida en grupos, haya o no pretexto para ello”. Y “cuando no lo hay, se inventa“; pues el partido precisa nutrirse “refrescando su programa bélico”.
En Grecia y Roma, “la contienda permanente tenía lugar sólo entre sociedades separadas —ciudades, pueblos, Estados—, y era, por lo mismo, síntoma de insociabilidad”. Pero hoy por obra de los partidos, “se considera que la lucha es la forma esencial de la convivencia entre hombres”.
Sin embargo, pese tan insistente partidismo, “la raíz del ser humano aspira a no ser partidista, y cuando se queda solo consigo, le angustia su partidismo”, y añora poder “exclamar, como Empédocles de Akragas: «Yo he sido ya una vez muchacho, moza, planta, pájaro, y en el mar he ejercido la vida muda de un pez»”.
Textos citados: “¿Qué opina usted de Pablo Iglesias?” (1915); “Los votos van al presidio. III. [Borrador]”(1917); “Imperativo de intelectualidad” (1922); “Cosas de Europa” (1926); “No ser hombre de partido” (1930).

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