Isabel Ferreiro
“Hace falta que el último núcleo de nuestra persona sea de suyo como impersonal”.
Y es el magno deber del sabio “intentar la reconstrucción de la unidad fundamental, ir adobando, tras de la variedad de los hombres, la unidad humana”.
Y es que si bien la vida es expansión, “la fórmula natural y espontánea de esa expansión es la agresividad. La naturaleza nos incita a la vida agresiva; aspiramos a universalizar nuestros gestos y nuestras fórmulas, obligando brutalmente a que los demás nos imiten; nos sentimos espontáneamente llevados a imponer nuestra peculiaridad, lo que hay en nosotros de diferente, de único, y el medio que más a mano está para ensancharnos consiste en negar o destruir las vidas”; juzgando, burlando e impidiendo de todo modo lo diferente del otro.
Así, “la esfera de acción de cada organismo suele ser la medida de su capacidad destructora. Una torre en el desierto llama Milton a Luzbel”. Y, en efecto, como ve Milton, perdemos el paraíso, y ponemos torres eólicas —ecológicas— en el desierto, el campo y el acantilado; y llamando ecología al interés particular. Pues “la individualidad poderosa, adueñándose de un pueblo o de una época, tiende a que se repita su propio gesto”.
Invadir al otro, y a lo otro, con nuestros antojos, verdades y torres, he ahí la expansión agresiva. “El sabio indio de tez oscura y mirada densa, contemplando un río, un monte, un árbol, se dice: tat twam así; tú eres esto“. Y lo deja ser: desierto.
“De aquí que la labor filosófica por excelencia sea buscar tras esas crueles diferencias y limitaciones una sustancia colectiva, homogénea e idéntica“. “Es la pedagogía de la unidad humana: ella nos enseña la comunidad radical de los hombres y nos amonesta a la labor común” de no perder de vista lo común. Y este “encaminamiento de lo diverso hacia lo uno es la armonía“.
“Hay, pues, una manera pacífica de ampliar nuestra morada interior y de enriquecerla realmente. Consiste en invadir la inagotable diversidad de los seres, haciéndonos iguales a cada uno de ellos, multiplicando nuestras facetas de sensibilidad para que el secreto de cada existencia halle siempre en nosotros un plazo favorable donde dar su reflexión”. “Esta tolerancia activa” o comprensión, es “la que nos hace pasar milagrosamente al través de la intimidad de otros seres”.
“Claro está que no podemos ser otro sin dejar momentáneamente de afirmar nuestros rasgos distintivos; sólo negándonos parcialmente llegamos a confundirnos con el prójimo y a comprenderle; sólo una disimulación de lo que espontáneamente somos y una simulación de lo que es nuestro hermano nos reunirá y nos hará confluir como las aguas de dos manantiales”.
“Cierto; los espíritus son impenetrables, no puede entrar el uno en el otro, pero pueden reconocer entre sí una identidad. Y si consiguiéramos sentirnos idénticos a los demás, ¿no habríamos hallado el camino de la suprema expansión?“.
“La unidad de los hombres está en formación: no existe, cierto” también. “Pero la vamos haciendo: la distancia entre los hombres disminuye progresivamente”.
“Los clásicos, productos inconmensurables de la cultura, que persisten al través de los tiempos y de las variaciones étnicas, sin que amengüe su capacidad de emocionar, ¿qué son sino testimonio de la unidad ideal del hombre? En ellos comulga la humanidad y son de aquellos hilos tendidos entre las almas, los más firmes y largos que engarzan los pueblos y las generaciones“.
“¡Genios clásicos, fisonomías incomparables, tejedores de humanidad, vosotros vais labrando la gran paz del universo, vais construyendo, más allá de toda frivolidad inquieta, la trastierra de la cultura, donde un día los hombres reunidos en la espléndida democracia del ideal, serán justos, veraces y poetas! ¡Afán divino, oficio santo, labor eucarística!”
“La herencia de todos los afanes humanos ha venido a enriquecernos; lentamente se han ido inventando las virtudes, las reglas metódicas para el pensar, los tipos ejemplares del gusto, la sensibilidad para las cosas remotas, y todo ello ha ido cubriendo, ocultando la bestialidad de nuestra materia original”.
Por ello, se lamenta, cada vez que un artista, escritor o cantante, opta por decirnos a quién votar, por cuanto desaprovecha la preciosa ocasión para tejer la unidad universal, por favorecer un bando que, como tal, sólo acentuará la separación y, con ella, la falta de respeto y, al cabo, la violencia. Son irrelevantes las buenas razones de un partido y del otro, pero son dañinas todas por cuanto nos apartan de mirar en grande hacia esa unidad latente que clama, en el fondo insobornable de cada uno, por hacerse patente.
La vida plena reclama activar y cultivar ese núcleo impersonal común. “Según Spinoza, cualquiera que sea el plano por el que cortemos la bola del mundo, obtendremos una sección que simboliza la realidad total. Por todas partes abre la substancia divina su estuario de mansa y henchida corriente fluvial”. “En nuestra alma, como en la piedra humilde, se cruzan todos los hilos cuya trama constituye la substancia universal“.
Meditando una metafísica, ordenando unos datos, en cualquier cosa que se haga, se hace “una misma cosa: expresáis la vida divina”. Spinoza “dando tersura a unos vidrios, piensa que todo es uno y que está en aquel cristal puliendo a Dios la faz”. “Cada cosa está impregnada de Dios, cada cosa se brinda a servirnos de Eucaristía”. “La suprema disciplina del respeto, nos invita a arrodillarnos, aunque sea (…) delante de nada“.
“La orden del día era separación, límite, hostilidad. La orden de la noche nos hunde en la profunda unanimidad de las cosas, y si, tomando una posición cómoda, reducimos al extremo las molestias musculares, llegaremos a no saber si nuestro corazón late entre nuestras costillas o en la médula del tronco de un roble próximo. ¿Quién, iniciado en ese parentesco solemne de las cosas todas, puede desdeñar nada por baladí? A la postre, el panteísmo se resuelve en la exclusión de todo desdén, o, como dice el propio Renan, en la exclusión de toda exclusión“.
“Feliz quien pudiera exclamar, como Empédocles de Akragas: «Yo he sido ya una vez muchacho, moza, planta, pájaro, y en el mar he ejercido la vida muda de un pez»”.
Textos citados: “Renan” (1909), en Personas, obras, cosas (1916); Goethe desde dentro (1932).

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