Isabel Ferreiro
“Mientras el progreso del varón consiste principalmente en fabricar cosas cada vez mejores —ciencias, artes, leyes, técnicas—, el progreso de la mujer consiste en hacerse a sí misma más perfecta, creando en sí un nuevo tipo de feminidad más delicado y más exigente. ¡Más exigente! A mi juicio, es ésta la suprema misión de la mujer sobre la tierra: exigir, exigir la perfección al hombre“.
Y es que un individuo, como un pueblo, se define más por sus ideales y los modelos que elige “que por sus realidades”. Son, así, los ideales “una función vital, un instrumento de la vida”; cosas ajenas y sublimes que la llaman, “y que ésta cuando asciende a ellos sale de sí misma y se eleva”.
La vida humana es imposible sin ideales, “y los tipos de feminidad son formas de idealidad, que marcan el horizonte de las capacidades latentes” de cada hombre, en cada pueblo. “La mujer se hace ideal del hombre, y llega a ser la forma de todo ideal”. “Desde la hembra del bosquimano a la Gioconda, a madame de Sevigné, a lady Hamilton, las siluetas del eterno femenino se elevan al cenit como constelaciones, preestableciendo los destinos étnicos”. “Cada generación revela en la elección de sus amores las corrientes subterráneas que la informan”.
“Si unas cuantas docenas de mujeres, certeramente apostadas en una sociedad, educan, pulen su persona, hasta hacer de ella un perfecto diapasón de humanidad, un aparato de precisión sentimental, un órgano de aguda sensibilidad para formas posibles de vida mejor, lograrán más que todos los pedagogos y todos los políticos“.
“La mujer exigente, que no se contenta con la vulgar manufactura varonil, que exige raras calidades en el hombre, produce con su desdén una especie de vacío”, “y como la naturaleza tiene horror a éste pronto lo veremos llenarse de realidades: los corazones de los hombres comenzarán a pulsar con nuevo compás, ideas inesperadas despertarán en las cabezas, nuevas ambiciones, proyectos, empresas surcarán los espacios vitales, la existencia toda se pondrá a marchar en ritmo ascendente, y en el país venturoso donde esa feminidad aparezca florecerá triunfante e invasora una histórica primavera toda una vida nueva —vita nuova” realiza la mujer genuina en colaboración con la historia.
“La mayor parte de los hombres viven de frases hechas, de ideas recibidas, de sentimientos convencionales y mostrencos. Del mismo modo, las mujeres vulgares llevan en sí un vulgar ideal de varón, un modelo de munición que fácilmente halla aproximado cumplimiento en la realidad. Mas como hay hombres geniales que inventan novísimos pensamientos, que crean estilos artísticos y descubren normas de nuevo derecho, hay mujeres geniales en que, por la exquisita materia de su ser, por el enérgico cultivo de su sensibilidad, logra brotar inexpreso un nuevo ideal de varón. A modo de meta sublime, de ejemplar y prototipo actúa ese delicado perfil sobre toda una sociedad, elevando, mediante la tracción encantadora que ejerce la mujer, el nivel moral del tipo hombre”.
La cultura de la cortezia eleva la feminidad a máximo poder histórico, “inicia esta nueva relación entre los sexos, merced a la cual la mujer se hace educadora del hombre“.
“De la cortezia salieron San Francisco y Dante, la corte papal de Avignon y el Renacimiento, en pos del cual se apresura toda la cultura moderna. Y esta gigantesca cosecha procede íntegra de la audacia genial con que unas damas de Provenza afirmaron una nueva actitud ante la vida”: un “imperio de mesura, de comedimiento”, que se derrama hasta los lugares más remotos, por obra de estas “hembras civilizadoras”.
Con eso que el hombre es, se acerca a ella, “para presentarlo a la bella juzgadora”; lo expone buscando ser el preferido. “Dice sus palabras, hace sus ademanes fijando la mirada en su semblante para descubrir su aprobación o su desdén”. Y “sobre cada acción suya desciende un leve gesto reprobatorio o una sonrisa que corrobora; la consecuencia es que” el hombre va “podando sus actos reprobados y fomentando los que hallaron aquiescencia. De suerte que, al cabo, se sorprende reformado, depurado “según un nuevo estilo y tipo de vida. Sin hacer nada, quieta, como la rosa en su rosal, a lo sumo mediante una fluida emanación de leves gestos fugaces, que actúan como golpes eléctricos de un irreal cincel, la mujer encantadora ha esculpido” un hombre nuevo.
“Claro que este poder tan mágico y casi incorpóreo sólo puede residir en la mujer que se ha refinado”. Es antes, pues, la perfección de la mujer y después la del hombre. El hombre detecta la superioridad de la mujer, y somete su poder al mando de ésta. “Todo hombre dueño de una sensibilidad bien templada ha experimentado a la vera de alguna mujer la impresión de hallarse delante de algo extraño y absolutamente superior a él”.
Y “el botín de su feminidad, en rigor, no se posee si no se gana”. Para alcanzar el premio, para ser el elegido, “es preciso hacerse digno de él, adecuarse al ideal de hombre que en la mujer dormita”. Por tanto, “el hombre, cuando ama, se eleva, no por propio poder ascensional, sino porque es atraído —atraído hacia lo más alto. Es ésta la suprema misión de la mujer sobre la tierra: exigir, exigir la perfección al hombre.
“De aquí el anhelo infinito, la ilusión incendiada que los hombres mejores han sentido cuando sesgó su existencia una mujer esencial. Si miramos al trasluz lo que han escrito, lo que han pintando, lo que legislado, descubrimos en la filigrana un tenue perfil trasunto de dama gentil”: “Se trata del afán de perfección que en todo varón selecto siembra a su paso sin peso una Eva ejemplar. El Eterno-Femenino nos atrae hacia lo más alto. Así canta Chorus mysticus en el final de Fausto proclamando a la mujer como la fuerza civilizadora por excelencia. Y pocos versos antes Mater Gloria dice a Margarita: ¡Ven! Asciende a las esferas sublimes, Que si él te presiente, él te seguirá”.
Pero “el amo del mundo es hoy el muchacho. Y lo es, no porque lo haya conquistado, sino a fuerza de desdén. La mocedad masculina se afirma a sí misma, se entrega a sus gustos y apetitos, a sus ejercicios y preferencias, sin preocuparse del resto, sin acatar o rendir culto a nada que no sea su propia juventud. Es sorprendente la resolución y la unanimidad con que los jóvenes han decidido no «servir» a nada ni a nadie”. Con lo que “las muchachas han perdido el hábito de ser galanteadas“.
“Hoy, como siempre que los valores masculinos han predominado, el hombre estima su figura más que la del sexo contrario, y consecuentemente, cuida su cuerpo y tiende a ostentarlo”. “Los muchachos conviven juntos en los estadios y áreas de deporte”. No les interesa más que subrayar su arquitectura muscular.
“Hoy la mujer, destronada, procura insinuarse y ser tolerada en la sociedad de los hombres. A este fin acepta en la conversación los temas que prefieren los muchachos, y habla de deportes y de automóviles, y cuando pasa la ronda de cock-tails, bebe como un barbián. Esta mengua del poder femenino sobre la sociedad es causa de que la convivencia sea en nuestros días tan áspera. Inventora la mujer de la cortezia, su retirada del primer plano social ha traído el imperio de la descortesía“.
“Tal vez desde los tiempos griegos no se ha estimado tanto la belleza masculina como ahora. Y el buen observador nota que nunca las mujeres han hablado tanto y con tal descaro como ahora de los hombres guapos”. Con lo cual, “la tendencia general de los fervores femeninos parece resuelta a mantener la especie dentro de límites mediocres”. He aquí que la mujer ha pasado de exigir a halagar.
“No nos hacemos bien cargo de la enorme influencia que sobre el curso de nuestra vida ejercen nuestros amores“. De su calidad depende la calidad humana, “hasta el punto que fuera uno de los ángulos más instructivos bajo el que pudiera tomarse la evolución humana”.
“¿La mujer de mañana será una reducción de lo femenino o una nueva potencia, un superlativo de feminidad?” ¿La mujer de mañana nos atraerá hacia lo alto o nos dejará caer a los estados más primarios y rudos?
“Estafeta romántica. Eva ausente” (1918); “Epílogo al libro De Francesca a Beatrice“ (1924); “Dinámica del tiempo” (1927); Meditación de nuestro tiempo. Introducción al presente (1928); Estudios sobre el amor (1939).

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