Isabel Ferreiro
“Es característico de todo lo vital la contaminación. Se contagia la enfermedad pero también la salud: se contagia el vicio y la virtud, se contagia la vejez y la mocedad”. Y es que “la vida es precisamente la realidad única, entre todas las del cosmos, que se contagia. Hasta el punto que cabría, por uno de sus haces, definir la vida como aquello que es capaz de contaminar y contaminarse”.
“Toda vida es contagiosa: la corporal y la espiritual; la buena, que llamamos salud, y la mala, que llamamos enfermedad. Se contamina la mucha vida y se contamina la poca vida. Entre fuertes, nos robustecemos; entre débiles, nos extenuamos“.
Así, “a poco que tratemos un individuo, percibimos inequívocamente a qué tipo de pulsación vital pertenece. Si es de tonalidad ascendente, nos sentimos, al apartarnos de él, como contagiados de su plenitud y mejorados por una inefable corroboración vital. Si es de tonalidad descendente, notamos que, sin saber por qué, se nos han cegado de pronto fuentes de interna actividad, que trozos de nuestra alma han caído en parálisis, que su periferia experimenta una rara contracción y encogimiento; en fin, que en nuestra atmósfera íntima soplan insólitas ráfagas de acritud”.
“Se contamina hasta la belleza —contra lo que dice el vulgo—”. “Los romanos se contagiaron de la cultura helénica”.
En los pueblos primitivos, en que no hay Estado, la autoridad surge sólo en “un momento difícil, porque amenaza una tribu vecina o porque el hombre apura y hay que resolver de algún modo el problema”, entonces “se destaca un hombre más enérgico que los demás, más capaz de organizar, de tramar ardides o de hallar recursos, en torno al cual, con no menor espontaneidad, se agrupan los otros varones adultos de la tribu, arrastrados y como contagiados por su energía y entusiasmo, llenos de súbita fe en él”.
Pero una cosa es la influencia vital que nos ensancha y otra el contagio automático que nos arrastra. Porque todo placer o dolor “originado en una sugestión mecánica, en un contagio, es ínfimo, porque es inconsciente. No se goza en él de la obra que lo produce, sino de su efecto ciego. El átomo a quien otro átomo empuja, se siente proyectado en el vacío, pero no sabe por quién ni por qué”.
“Ello aclara el error de creer que el valor de una obra se mide por su capacidad de arrebatar, de penetrar violentamente en los sujetos. Si así fuera, los géneros artísticos superiores serían las cosquillas y el alcohol”.
“Todo estilo artístico que vive de los efectos mecánicos obtenidos por repercusión y contagio en el alma del espectador es naturalmente una forma inferior de arte”. “Arte es contemplación, no empujón“. “El placer estético tiene que ser un placer inteligente. Porque entre los placeres los hay ciegos y perspicaces”.
“El arte no puede consistir en el contagio psíquico, porque éste es un fenómeno inconsciente y el arte ha de ser todo plena claridad, mediodía de intelección. El llanto y la risa son estéticamente fraudes. El gesto de la belleza no pasa nunca de la melancolía o la sonrisa. Y, mejor aún, si no llega. Toute maîtrise jette le froid (Mallarmé)”: Todo dominio enfría el ambiente. Y “esto supone una distancia entre el que ve y lo que se ve. La belleza, suprema distinción, exige que se guarden las distancias”.
“La gente ha oído que tal pintor es un gran pintor y dócilmente siente anegarse su ánima de un apócrifo placer que la tranquiliza respecto a su capacidad de sentir el arte”. Pero en lugar de este “servilismo ante la obra de arte, como si necesitásemos justificarnos”, “es la obra de arte quien debe hacerse digna de nosotros; esto es, invadir triunfalmente nuestra sensibilidad, merced a sus propias fuerzas y sin previo soborno de nuestro juicio”.
Por tanto, para distinguir entre el valer verdadero y el falso, “no os dejéis jamás contagiar por la opinión ajena. Procurad convenceros, huid de contagiaros. El alma que piensa, siente y quiere por contagio es un alma vil, sin vigor propio”.
“La autoridad social, la tradición, la moda y el contagio psíquico arrojan constantemente dentro de nuestra persona opiniones, sentimientos, resoluciones”; que “han caído sobre nosotros como polvo del camino. No han sido pensadas esas ideas, sentidos esos sentimientos desde el fondo original y absoluto de nuestro ser. Han sido sólo recibidos”. Por lo que entregarse a ello sería “lo más bajo que un hombre puede hacer, pues significa la renuncia a ser persona, a ser creador y protagonista de los propios juicios o actos y convertirse en materia empujada y sellada por la influencia ajena”.
“Lo habitual en las gentes es vivir de prestado. Esto acontece, sobre todo, en política y en arte”; donde contagios demagógicos arrebatan y provocan vilmente por el poder de contaminación y de contagio sentimental el aplauso y el silbido con una palabra fervorosa. Y es que la mera “presencia de los otros, compaginados en multitud, produce el conocido contagio y despersonalización“.
Por ello, “hablar como es debido es lo contrario: es lograr que, poco a poco, aquella masa de auditorio se desintegre y cada oyente se vaya quedando solo, más solo que cuando está solo en su casa; conseguir que cada cual se sumerja en esa soledad radical que es la auténtica realidad de su personalísima e intransferible vida, en esa soledad a la vez dramática y fecunda en que se encuentra cada cual solo frente a frente con los problemas de su propia humanidad, sin nada que se interponga, cara a cara con la figura siempre un poco pavorosa que es la verdad. Hablar en público como es debido es retrotraer la aparente sociedad en que los hombres creen, de ordinario, existir a la auténtica, sustancial soledad que cada uno de ellos es; por tanto, descomponer, dispersar el compacto unitario e impersonal que es el público, en una multitud de puras y estremecidas soledades”.
Así, “el intelectual, cuando lo es de verdad, (…) clama e invita a los demás para que ingrese cada cual en su personal soledad“; “excluye de una manera formal el deseo de imponer a nadie sus opiniones”, y aspira a todo lo contrario: “a contagiar a los demás para que sean fieles cada cual a su perspectiva”, para que sean capaces de resistir “esa propensión al contagio espiritual que padecemos”, y la “avalancha de tontería”.

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