En vez de «o lo uno o lo otro», sentimos que lo mejor sería abarcar «lo uno y lo otro».

Isabel Ferreiro

El afán típico de la época nuestra (…) aspira dondequiera a la integración de los opuestos y no a la exclusión“, escribe Ortega en 1925. Parece un sueño que fuera ése el “afán típico”; pero, si lo dice, así sería o por lo menos así lo vería él. Lo repite en 1926: “la sensibilidad de nuestra hora parece dirigida por un afán de integrar y no de excluir. En vez de o «lo uno o lo otro» aspira a «Lo uno y lo otro»”. Y señala, como prueba, al partido socialista de entonces, que ha “brincando con mayor sacrificio más allá de su sombra partidista” para servir a todos.

Y, de hecho, “no sirve para dirigir un país quien no sabe verlo siempre en su totalidad”, dice Ortega del político; pero lo va a decir igual del escritor, del profesor, del historiador y por supuesto del intelectual: “El intelectual no puede ser en ninguna acepción hombre de partido“. “A la larga, el público sólo respeta y cultiva al escritor de quien no sabe a priori cómo va a pensar o sentir de una cosa”.

Sin embargo, hoy es raro el intelectual, o el artista, que no se suma a las filas de algún bando. Se da como un perverso deber moral de que el artista no pueda ser “sólo artista”, y tenga que ser “artista comprometido”, con “los suyos”. Y es que parece que “una de las cosas que más indigna a ciertas gentes es que una persona no se adscriba al partido que ellas forman ni tampoco al de sus enemigos, sino que tome una actitud trascendente de ambos, irreductible a ninguno de ellos”; pero esta “exigencia de que todos los hombres sean partidistas es uno de los morbos más bajos, más ruines y más ridículos de nuestro tiempo”. “No pretendo imponer a nadie mis creencias éticas; pero ocurre que dentro de las que llevo en mi corazón está la de considerar ilícito ser hombre de partido. Que el partido sea socialista o tradicionalista da, para el caso, lo mismo”.

Da para el caso lo mismo qué sea lo uno o lo otro que se favorezca, porque la misión de la cultura es unir; como “el magno deber del sabio, historiador o moralista, es intentar la reconstrucción de la unidad fundamental, es ir adobando, tras de la variedad de los hombres, la unidad humana”. Y por ello Ortega se refiere a su obra como “faena de fusión e integración”.

Las preferencias políticas o religiosas de un artista —además de que, por buen artista que sea, son opinión particular, y no la verdad última—, es que lo único que hacen, cuando se comparten públicamente, es dividir más.

Así, por ejemplo, a los conciertos de Bruce iba todo tipo de personas que se unían por un rato, olvidándose de sus partidos. Pero ahora, al haberse implicado políticamente, contribuye a abrir más la brecha; y a que proliferen las licencias de burla, desprecio y hasta de incitación al odio. Lo que era un encuentro gracias a la música ha derivado en escenario de “buenos contra malos”.

Y “precisamente de esa lucha nos hemos cansado. Nos parece un combate geométrico de dos definiciones imposibles”, dice Ortega. Pero aquí está el problema: en que no parece que nos hayamos cansado todos. Seguimos favoreciendo los enfrentamientos. Se hace grupo aparte de casi todo. Feministas, demócratas, y hasta vegetarianos, afirman tener un enemigo. El enemigo vende y sostiene, por eso se realimenta, y si no existe se inventa.

Está visto que el “a favor de” es ante todo un “en contra de”. Y “creo que tenemos todos la obligación de dominar la bárbara e inferior tendencia que hay en nosotros a apasionarnos por una idea o persona cegándonos para las demás ideas y personas”.

En verdad, “no hay cosa en el mundo que aislada se justifique“. Ni siquiera la libertad; pues, si “no se puede vivir sin libertad, (…) para vivir hacen falta muchas cosas y es preciso que la libertad se haga maleable a fin de poder coexistir con ellas. Libertad y todo”. El propósito debe ser, pues, “excluir toda exclusión”.

Hoy empezamos a ver, en cuanto fijamos la vista, que, aun los modos espirituales contrapuestos, se influyen unos a otros, se fecundan y limitan, proponiéndonos, más que una elección, una síntesis fértil. “En vez de «o lo uno o lo otro», sentimos que lo mejor sería abarcar «lo uno y lo otro»“.

Con todo, si el otro día vimos que salvar la circunstancia pasa por no ser juez; hoy Ortega nos invita a abarcarla toda, sin excluir nada: a avanzar “con letras en las banderas: «Lo uno y lo otro». Integración, síntesis, no amputaciones”.

Textos citados:
“Renan” (1909), en Personas, obras, cosas; “Los votos van al presidio III” (1917); “Imperativo de intelectualidad” (1922); “Ideas de los castillos: la muerte como creación” (1925), en El Espectador V; “Vitalidad, alma, y espíritu” (1925), en El Espectador V; “Dislocación y restauración de España” (1926); “No ser hombre de partido” (1930); Rectificación de la República (1931); “Guillermo Dilthey y la teoría de la vida” (1934), en Teoría de Andalucía y otros ensayos.


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