Isabel Ferreiro
“En una época como la nuestra, que incita a todo el mundo a ser anti-algo, yo he aspirado a ser y no a anti-ser“.
“La manía de ser anti-algo suele aparecer entre los síntomas de una vida mental averiada; la furia de la mente no es sino la explosión de aquel antagonismo difuso a que tiende su miseria fisiológica. El odio, el afecto negativo no ejerce en él la función de mero vehículo puesto al servicio de la honra herida o de la justicia atropellada: para el loco lo sustantivo es odiar, irritarse, ejercitar su enorme capacidad de antagonismo, sea contra quien sea y por el motivo que sea”. Con lo cual, “en este prurito de manifestarse anti-algo, el algo nada importa y el anti es todo“.
Pero parece que quien más y quien menos padece esta locura, porque “todos somos anti-algo. Cada cual parece esforzarse en delinear su fisonomía intelectual, su postura política por medio de la negación del vecino: yo soy lo contrario que mi vecino. Bien, pero esto es una pura negación: y una pura negación no es nada. Con decir que una cosa no es blanca nos quedamos sin saber qué es la cosa. Yo soy lo contrario de mi vecino: pero mi vecino, ¿qué es? Es lo contrario que yo“; con lo cual “resultamos a la postre no siendo nada ni yo ni él“: “siendo anti-algo no se llega nunca a ser algo“, y es pretender “convertir al mundo en una negación”.
Así, por ejemplo,”hoy por hoy, el anticlericalismo no pasa de ser una represalia, una cuestión personal y negativa. Eso no es liberalismo, ni eso es democracia”. No obstante, “seamos anticlericales, pero yo os hago notar que a su vez los clericales carecen de contenido positivo: los clericales son los anti-masones, los anti-socialistas, los anti-científicos, los anti-morales, los anti-demócratas, los anti-nosotros. El clericalismo señalándonos dice: Voilà l’ennemi —y nosotros, a nuestra vez: Le clericalisme, voilà l’ennemi. Con decir anti-clericales decimos, pues, solamente que somos enemigos de nuestros enemigos“.
Y “pocas cosas mueven a tan grande melancolía como ésta de ver en un pueblo decadente, donde ninguna conciencia individual posee contenidos precisos y firmes: pugnan los unos por forjarse una personalidad mediante la negación de los otros”. Por tanto, “de lo que debemos menos preocuparnos es de ser anticlericales o antimonárquicos o antiburgueses”; pues antes es preciso que “trabajemos por hacernos nosotros, por enriquecer nuestro espíritu, por hacer poderosa y enérgica nuestra fisonomía” con la que sostener algo nuevo.
Porque todo anti —sea el anti-cristiano o el anti-moderno— tiene en común que “no quieren moverse, no quieren ser: por eso se contentan con anti-ser“. Y, gracias a ser anti-algo, uno, vacío de interés propio, se define. Y pasa, a veces, que, además, encuentra su negocio. El anti-algo vive de lo que niega. Como ya vimos otro domingo, el enemigo vende y sostiene y por eso se alimenta y se inventa.
Cabe señalar, también, por último, que toda actitud anti-algo es “posterior a este algo, puesto que significa una reacción contra él y supone su previa existencia”. De modo que “la innovación que el anti representa se desvanece en vacío ademán negador y deja sólo como contenido positivo una «antigualla»“. Pues “el que se declara anti-Pedro no hace, traduciendo su actitud a lenguaje positivo, más que declararse partidario de un mundo donde Pedro no exista. Pero esto es precisamente lo que acontecía al mundo cuando aún no había nacido Pedro. El antipedrista, en vez de colocarse después de Pedro, se coloca antes y retrotrae toda la película a la situación pasada, al cabo de la cual está inexorablemente la reaparición de Pedro. Les pasa, pues, a todos estos anti lo que, según la leyenda, a Confucio. El cual nació, naturalmente, después que su padre; pero, ¡diablo!, nació ya con ochenta años, mientras su progenitor no tenía más que treinta”. Y es que “el pasado tiene razón, la suya (…) y ésa hay que dársela per saecula saeculorum“, porque “ésta es la condición para superarlo”. Oponiéndonos paradójicamente lo conservamos tal cual, no lo actualizamos. Por eso oponerse es una antigualla.
Por tanto, “todo anti no es más que un simple y hueco no” que revive el pasado una y otra vez. Y es que el “anti-algo”, en vez de ir hacia adelante y construir algo, vive de aquello a lo que se opone y, por ello, lo sostiene; pues, de dejarlo sin avivar con tanta oposición, caería sin más. Pero el futuro será siempre de quien se tome el trabajo de afirmar algo, pese a todos los antis.
Textos citados: [“La ciencia y la religión como problemas políticos”] (1909); “Sencillas reflexiones” (1910); “Prólogo para alemanes” (1934); “Enviando a Domingo Ortega el retrato del primer toro” [Borrador] (1950).

Deja una respuesta