El valor supremo de la vida consiste en gastarla

Isabel Ferreiro

El valor supremo de la vida, como el valor de la moneda, consiste en gastarla: está en perderla a tiempo y con gracia”. Y es que “vivir no es conservarse, perseverar en el ser —así Spinoza—, sino que vivir es vivir más, tender a plenitud, voluntad de potencia —así Nietzsche”.

La vida que no se pone a carta ninguna y meramente se arrastra y prolonga en el vacío de sí misma, ¿qué puede valer?

Sin embargo, parece que la cuestión que nos ocupa no es qué hacemos con la vida, sino simplemente “seguir vivos”. Así, la medicina: alarga nuestra vida reduciéndola “a su mínima expresión”, con fuertes medicaciones que sostienen la enfermedad a costa de limitar la vitalidad. “Con lo cual resulta que la vida se prolonga en la medida que no se usa”: que “se obtiene su extensión a costa de su intensidad“, “como hacen ciertas especies animales al sumirse en el sueño invernal”. Y, con acierto, “los biólogos han dado a éste el nombre de vita minima”.

No tratamos, pues, de vivir, sino de sobrevivir: de perpetuarnos a toda costa en ese “vivir mínimo”, paradójicamente por completo vacío de interés por la vida, de por sí aventura por inconmensurable, abierta, e incierta.

Entonces, podríamos, al menos, sorprendernos ante este gusto generalizado por no vivir; y preguntarnos “¿por qué ha de triunfar la moral de la vida larga sobre la moral de la vida alta?”; es que “¿no es arbitrario decidirse, sin más ni más, por aquélla en contra de ésta?”; “¿va a ser nuestro ideal la organización del planeta como un inmenso hospital y una gigantesca clínica?” ¿No se nos ocurre otro interés mejor para emplear nuestros recursos, medicina, inteligencia, moral, etc. que reducir la vida a su mera conservación?

“Una moral de más quilates que la imperante no aceptaría el principio que nos mueve a evitar todo riesgo con el fin de hacernos arribar a nuestra muerte natural”. Una “moral mejor había de advertir al hombre que posee la vida para exponerla con sentido”.

Después de dos siglos de huir la muerte“, hace falta ahora fomentar el arte de morir. Junto a los innumerables hospitales, cajas de ahorros y sociedades de seguros, fuera espléndido multiplicar las sociedades de riesgo”.

Y, “como en tantos otros órdenes, el deportismo ha iniciado espontáneamente esta labor de nuestra época, ocupándose en organizar el peligro“. Así, el deporte nos da ejemplo, pues “trata de un esfuerzo lujoso, que se entrega a manos llenas sin esperanzas de recompensa, como un rebose de íntimas energías”.

Vimos ya otro domingo que “la forma superior de existencia humana es el deporte”; que “todos los grandes ejemplares humanos han buscado y querido el peligro y el dolor. Por íntima afición eludieron la comodidad, pusieron pecho al enemigo, se consumieron en la batalla o en la idea, y navegaron en Gólgotas”; y, por ello, “todas las labores valiosas que se han cumplido en la historia nacieron de esa disciplina dura, vibrante, que no consiente el menor abandono o flojera”.

Y es que “el deporte es un esfuerzo muy rudo, a veces mortal, que se busca porque sí. ¡Tenía razón Nietzsche! «¿Eso es la Vida? ¡Bueno, venga otra vez!» La Vida es sentirse morir y gritar a la vez: da capo!

Textos citados: Introducción a los problemas actuales de la filosofía (1916); “El Quijote en la escuela” (920), en El Espectador III; El tema de nuestro tiempo (1923); “El deber de la nueva generación argentina” (1924); “El sentido deportivo de la vitalidad” (1924); “Ideas de los castillos: La muerte como creación” (1925), en El Espectador V; La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva (1947).


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