Isabel Ferreiro
“El tono vital y su nivel son lo decisivo: lo demás (…) son factores secundarios” que viven de él. Él ha sido siempre el verdadero tesoro”. Por tanto, “por lo pronto, tenemos que asegurar la salud vital, supuesto de toda otra salud”.
“Nuestras ideas y actos se originan de una radical fluencia psíquica”: “manantial” “que lleva sobre sí toda nuestra fauna íntima”, “que luego se deshace en los mil arroyos de nuestro pensar, sentir y querer”. Y este “pulso de vitalidad propio a cada alma, la suscita o anula, la alimenta o deprime, la dirige o regula”.
“Hay quien siente brotar su actuación espiritual de un torrente pleno de energía, que no percibe su propia limitación”; y todo nace “con la plenitud magnánima de un lujo, como un rebosamiento de la interna abundancia. En este clima vital no se dan, por lo menos con carácter normal, las envidias, los pequeños rencores y resentimientos”.
“Hay, por el contrario, en otros hombres un pulso vital descendente, una constante impresión de debilidad constitutiva, de insuficiencia, de desconfianza en sí mismos”. Y para quien “siente su vivir como inferior a sí mismo”, todo “será pequeño, canijo, reptante, temblón, torvo. Es la atmósfera en que la envidia fructifica y el resentimiento sustituye a la actitud amorosa, la suspicacia a la generosidad”.
“Cuanta atención se preste a estas dos formas de pulso vital será escasa. De que dominen la una o la otra entre los hombres de una época depende todo: la ciencia como el arte, la moral como la política. En un caso, la historia asciende; la energía y el amor, la nobleza y la liberalidad, la idea clara y el buen donaire se elevan dondequiera sobre el haz planetario como espléndidos surtidores de vital dinamismo. En el caso opuesto, la historia declina, la humanidad se contrae estremecida por convulsiones de rencor, el intelecto se detiene, el arte se congela en las academias y los corazones se arrastran tullidos y decrépitos”.
“Del mismo modo, a poco que tratemos un individuo, percibimos inequívocamente a qué tipo de pulsación vital pertenece. Si es de tonalidad ascendente, nos sentimos, al apartarnos de él, como contagiados de su plenitud y mejorados por una inefable corroboración vital. Si es de tonalidad descendente, notamos que, sin saber por qué, se nos han cegado de pronto fuentes de interna actividad, que trozos de nuestra alma han caído en parálisis (…); en fin, que en nuestra atmósfera íntima soplan insólitas ráfagas de acritud”.
Por lo cual es esencial que la pedagogía someta “toda la primera etapa de la educación al imperativo de la vitalidad“; con “el propósito último de producir el mayor número de hombres vitalmente perfectos. Lo demás, la bondad moral, la destreza técnica, el sabio y el «buen ciudadano», serán atendidos después. Antes de poner la turbina necesitamos alumbrar el salto de agua“. Pues “ninguna de esas calidades es posible normalmente sino como emanación de una sana vitalidad”.
Sin embargo, “la pedagogía al uso se ocupa en adaptar nuestra vitalidad al medio; es decir, no se ocupa de nuestra vitalidad”; pretende adaptar el hombre al medio, convertirlo en instrumento eficaz. Porque partimos del error de creer nuestro mundo como “algo definitivo; y en vista de que el niño se mueve torpemente por este paisaje nuestro, consideramos la infancia como una etapa enfermiza, defectuosa, que la vida humana atraviesa para llegar a la madurez. De aquí que la pedagogía tienda siempre a actuar contra la niñez del niño, a reducir cuanto puede su puerilidad, introduciendo en él la mayor cantidad posible de hombre”.
Y así se hace que la madurez gravite sobre la infancia, oprimiéndola, amputándola, deformándola; cuando “la madurez y la cultura son creación, no del adulto y del sabio, sino que nacieron del niño y del salvaje”. Por tanto, hagamos niños perfectos, abstrayendo en la medida posible de que van a ser hombres”, fomentando “con desinterés y sin prejuicios el tono vital primigenio de nuestra personalidad”.
Y es que “la importancia pedagógica de ciertas emociones corroborantes no ofrece lugar a duda”. “El niño debe ser envuelto en una atmósfera de sentimientos audaces y magnánimos, ambiciosos y entusiastas. Un poco de violencia y un poco de dureza convendría también fomentar en él”. Así, “imágenes como las de Hércules y Ulises serán eternamente escolares. Gozan de una irradiación inmarcesible, generatriz de inagotables entusiasmos”.
Por el contrario, deberá apartarse de su derredor cuanto pueda deprimir su confianza en sí mismo y en la vida cósmica, cuanto siembre en su interior suspicacia y le haga presentir lo equívoco de la existencia”. “«¡Hechos, nada más que hechos!», grita el personaje de los Tiempos difíciles, a quien luego hace coro monsieur Homais. Para mí, los hechos deben ser el final de la educación: primero, mitos; sobre todo, mitos. Los hechos no provocan sentimientos”.
El mito “suscita en nosotros las corrientes inducidas de los sentimientos que nutren el pulso vital, mantienen a flote nuestro afán de vivir y aumentan la tensión de los más profundos resortes biológicos. El mito es la hormona psíquica“. “¿Qué sería, no ya de un niño, sino del hombre más sabio de la tierra, si súbitamente fueran aventados de su alma todos los mitos eficaces? El mito, la noble imagen fantástica, es una función interna sin la cual la vida psíquica se detendría paralítica”. “Para vencer, te basta con tu vigor, si sabes emplearlo” es “lo que la leyenda de Hércules quería decir a los griegos”, y nos lo sigue diciendo hoy a todos.
De modo que el pulso vital se nutre, potencia y regula a sí mismo por medio de estas emanaciones sentimentales. “La alegría, la tristeza, la esperanza, la melancolía, la compasión, la vergüenza, la ambición, el rencor, la simpatía y otras innumerables fuerzas del sentimiento tienen este mismo carácter de flujo humoral”; “son funciones internas (…) de clara eficacia si se mira hacia el centro íntimo de la vida”, pues de él surgen surgen nuestras elecciones y actos. Muy semejante a la fisonomía de los sentimientos es el fenómeno físico “cuando en una corriente eléctrica se abre o cierra un circuito” pues se producen corrientes inducidas que reobran sobre la corriente primaria de donde nacieron”.
“Mediante reacciones sentimentales podemos, pues, favorecer o corregir el pulso radical de la vida psíquica”: el entusiasmo. Y por ello merece mucho atender “la técnica de estos influjos, la proporción o combinación en que deben suministrarse las corrientes emotivas”, como “oleada de cálida, irreal materia, que inundará el (…) alma”.
Porque “es el entusiasmo, ardiente ráfaga íntima que cruza nuestro paisaje psíquico con todo el dinamismo exaltador de una primavera momentánea”. Gracias al cual “las porciones de la psique, que acaso estaban entumecidas y como solidificadas, vuelven a licuarse y fluir bajo el nuevo calor. Nos parece haber perdido peso, nos sentimos capaces de todo, e inertes un momento antes, advertimos con sorpresa en nosotros una súbita posibilidad de heroísmo”.
Por el contrario, cuando la desesperanza nos invade —cuando se nos derrama la melancolía por el corazón, “como dice Cervantes de Don Quijote en aquellos últimos capítulos tan delicadamente tristes”
—, quedamos inmovilizados sin ver salida ni sentido a hacer nada.
“No tardará la terapéutica en usar metódicamente las impresiones poéticas y, en general, artísticas, como medicina para curar enfermedades corporales”, escribe Ortega en marzo de 1920 —adelantado siempre a su tiempo. Y, efectivamente, hoy encontramos investigaciones que apuntan en esa dirección, como la cartografía de los estados emocionales de Hawkins, que explica cómo el tono vital facilita y dificulta la salud y la propia vida; las técnicas, en rehabilitación deportiva, de entrenamiento mental que involucran la imaginación y los sentidos, y reducen la ansiedad, el tiempo de recuperación y la necesidad de medicación; y ya es de uso común hablar de la importancia de la autoestima, que no es sino el tono vital del que habla Ortega.
Por lo cual, pasada ya la infancia con una pedagogía más bien coartadora, ya en la madurez, es asunto de cada uno tomar responsabilidad personal en la regulación de su tono vital. Y, dado que la madurez no es “una supresión, sino una integración de la infancia”; podemos imitar el poder gigantesco, a modo de varita de virtudes, que tiene el niño para “interceptar todo detritus sólido y dejar pasar únicamente la clara danza fluida del agua, que cauce abajo corre y canta” para ver de las circunstancias sus mejores posibilidades. Y así salir a la vida, si no con la fantasía de que todo está resuelto, sí con el tono vital que hace posible que todo se resuelva. Porque, al fin y al cabo, “el tono vital y su nivel son lo decisivo“.
Textos citados: “El Quijote en la escuela” (1920), en El Espectador III; Introducción al presente (1928).

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