Isabel Ferreiro
“El hombre entero con todo su cuerpo y toda su alma viene a ser un órgano receptivo, viviente antena radiotelegráfica que recoge e intercepta los infinitos temblores de la realidad circunstante”.
“Cada individuo posee un régimen de atención distinto, o, como suele decirse, «se fija» en unas cosas y se ciega para otras“.
“Un mismo edificio sobre la larga estepa manchega presenta a Don Quijote rostro de castillo y hace a Sancho una mueca de venta”.
“El que es cazador y pasea por el campo con un agricultor nota pronto la diferencia entre el paisaje que ante sí tiene y el que existe para su acompañante”.
“Hay una sordera y una ceguera que no provienen de oídos y ojos, sino que se originan en nuestra intimidad psíquica y aniquilan innumerables objetos de nuestro contorno”.
Por tanto, “en cada momento no oímos todo lo que materialmente podríamos oír, sino sólo aquellos sones y ruidos que escoge nuestra atención pasiva o activa (…). Así, los que habitan junto a una catarata no perciben su estruendo, y, en cambio, si por azar cesa éste, oyen lo que menos podía pensarse: el silencio”.
La mayor o menor percepción de cada uno, pues, está relacionada con esa porosidad que Ortega nos viene recomendado; esto es, con el interés que ponemos en cada cosa. Y pasa paradójicamente que “el utilitarismo proporciona ciertamente mayor agudeza para percibir algunas cosas, pero es a costa de estrechar el horizonte vital”. Por tanto, “cuanto más desprendida de intereses prácticos sea nuestra visión, más amplio y múltiple será nuestro contorno“.
“Yo no sé leer música” —dice Paco de Lucía—. “¿Y de qué forma estudiás, Paco” —le pregunta un entrevistador en Buenos Aires, en 1988— “…No sé, a través de la antena que llevamos todos puesta“.
“El hombre, el escritor, tiene que elegirse transparente”, “tiene que dejar pasar la luz del mundo sobre la cuartilla, el sol sobre la escritura”, “para que el mundo pase a través de uno configurado como discurso”: “la lengua universal hable por mí” —escribe Umbral en Mortal y rosa—.
Así, veíamos otro día que la cultura, tejedora de la unidad humana “no es hija del trabajo sino del deporte”. “Marta la hacendosa tuvo de Jesús una imagen mucho menos adecuada y completa que la extática María, la sublime y ardiente espectadora, absorta siempre en un aparente ocio contemplativo e impráctico”. “Cuanto vale algo sobre la tierra no es obra del trabajo. Al contrario, ha nacido como espontánea eflorescencia del esfuerzo superfluo y desinteresado”.
Igualmente, la percepción del niño, “Los objetos que para el niño vitalmente existen, que le ocupan y preocupan, que fijan su atención, que disparan sus afanes, sus pasiones y sus movimientos, no son los objetos reales, sino los objetos deseables”.
“El niño goza de un poder gigantesco para eliminar las realidades, es decir, las cosas según son. Su almita, como una fina retícula que puesta en el arroyo intercepta todo detritus sólido y deja pasar únicamente la clara danza fluida del agua, que cauce abajo corre y canta, elimina lo real y se queda sólo con lo deseable; esto es, con las cosas según debían ser”. Así, deja pasar del ladrón sólo las cualidades “deseables: la audacia, la serenidad, el afán de aventuras”. Y, del mismo modo, la muerte resulta “para los niños una variación del escondite: el hombre se ausenta para reaparecer en medio de la alegría general”. Todo queda purificado por su alquimia espiritual“.
Como “todos hemos tropezado alguna vez con un hombre que, al hablar de cosas y personas, del presente, del pasado o del porvenir, parecía dotar a cuanto nombraba de un brillo divino que hacía nuevos para nosotros los objetos más habituales. Sentíamos que, evocadas por su alma generosa, llegaban las cosas a nosotros como por vez primera, cargadas de sugestivas irradiaciones, despertando en nuestro corazón insospechados deseos y ansias de vivirlas”.
“Todo ver es un mirar o buscar con los ojos; todo oír, un escuchar o atender con los oídos”: “toda vida un incesante y original preferir y desdeñar“.

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