El entendimiento encuentra gracias a que el amor busca

Isabel Ferreiro

El entendimiento encuentra gracias a que el amor busca. Por eso todas las ciencias han comenzado por ser aficiones de aficionados. La pedantería contemporánea ha desprestigiado esta palabra: pero aficionado es lo más que se puede ser con respecto a algo, por lo menos, es el germen de todo. Y lo mismo diríamos del dilettante —que significa el amante”.

La afición obedece a “un motivo auténtico, íntimo, espontáneo, que tiene el carácter de un deseo o apetito” hacia algo. Pero esta “necesidad que es la afición no es la sensación dolorosa, angustiosa de que no haya ahí algo que absolutamente nos es menester, sino al revés, es la necesidad deliciosa de complacerse asimilándonos algo que hay ya ahí”.

Las aficiones son “las ocupaciones felicitarias del hombre, aquéllas a que se dedica no porque son ineludibles y le vienen impuestas, sino porque se siente feliz en ellas”; sin motivo, sin causa, sin fin, porque sí, por mera abundancia de torrentes espirituales”. Y es, en ellas, en su feliz ejercicio, donde el hombre encuentra.

“El que busca no tiene, no conoce aún lo que busca y, por otra parte, buscar es ya tener de antemano y presumir lo buscado. Buscar es anticipar una realidad aún inexistente, predisponer su aparición, su presentación”. Y así resulta que las preferencias de cada uno son lo que luego cada cual ve manifestado; del mismo modo que cada pueblo “no hace sino proyectar sobre el inmenso telón de los siglos y del territorio lo que sus individuos llevan dentro”. Hallamos fuera, pues, lo que ya llevamos dentro.

Y es que “Siempre que el hombre siente una necesidad lo primero que hace es (…) creer, más o menos, con una u otra confianza, que lo que necesita —esto es, lo que puede satisfacer su necesidad— está ya ahí” aunque no haya aparecido todavía. Y, así, como vimos otro día, “creer es crear”.

De modo que si “mirar es recorrer con los ojos lo que está ahí”; “conocer es buscar lo que no está ahí —el ser—, y es precisamente un no contentarse con ver lo que se puede ver; antes bien, un negar lo que se ve como insuficiente y un postular lo invisible“. Así el buen maestro postula por adelantado el éxito del discípulo, como el amante la excelencia de su pareja, o el amigo la plenitud y grandeza de sus amigos; porque cuando un hombre siente “amor y afición por otro” emite una “atmósfera favorable” y lo envuelve con una luz leal y benévola que habilita por adelantado lo mejor por venir. En este sentido, conocer es bendecir.

Por ello, “no comprende lo que es el amor quien, como es usado, se fija sólo en lo que despierta y dispara un amor”, pues eso sólo sucede después de haber esperado las calidades y perfecciones que anhelamos, esto es: de haberlo amado previamente: “El amor, pues, prepara, predispone las posibles perfecciones de lo amado. Por eso nos enriquece haciéndonos ver lo que sin él no veríamos”.

El amor es “«sentirse llamado» por las más misteriosas, latentes y sugestivas voces interiores”; y así anticipa lo que está, a su vez, llamado a ser. De suerte que todas las calidades y perfecciones “podrán revelarse, manifestarse y las reconoceremos”. Porque pasa que “sólo se encuentra lo que se busca“.

Así, cuando el individuo, por falta de confianza, trata de amoldarse contra esa intuición latente, “fracasa al cabo”. “De aquí que se inventase la maravillosa palabra vocación para esa efectiva llamada a ser fiel a su auténtico destino que el hombre siempre percibe, aunque de ordinario procure desoírla”. Es de “la voz de la conciencia, que es como un juez que llevásemos alojado en el vientre”, de donde surgen “sus juicios, sus sugestiones, sus incitaciones” hacia lo más alto.

Todo “esto quiere decir que nuestra vida es, por lo pronto, una fantasía, una obra de imaginación“: es amar por adelantado aquello que todavía no vemos. Sin amor, “sin esta suposición, el conocer no se dispararía”, y permaneceríamos viendo lo que ya veíamos.

Si el amor conlleva un anhelo genuino, una necesidad íntima, una afición adscrita intransferiblemente a uno como el timbre de la voz; en contraposición, “el caprichoso es el hombre que ha embotado su conciencia de lo necesario; por tanto, que desde luego ha renunciado a su auténtico ser”. Entonces, tanto le vale lo uno como lo otro; resuelve “sin fe, sin entusiasmo, sin esperanza, sin afición”, y “se va guiando por criterios ajenos, “escatimando cuanto puede sus energías” y “de aquí la torpeza y la lentitud con que se arrastra”. Pero el amor no consiste en preferir entre lo mucho que puede ser amado. “Con esta pseudo-elección se contenta casi todo el mundo, y, sin embargo, de ella sólo puede nacer un pseudo-amor”. El verdadero amor es el amor inalienable: que no es capaz de conformarse con lo que no busca de verdad, sino que, con gusto y confianza, persevera hasta hallarlo. Porque “el amor busca para que el entendimiento encuentre“.

Con todo, el amor conlleva “una manera peculiar de sentir lo divino, de comportarse en el trato humano, de resolver los problemas (…), una manera genuina, en fin, de soñar, de anticipar el porvenir en la sutil especie del ideal”. Y “la confianza, la tranquilidad es la emoción en que se halla quien puede anticipar lo que verosímilmente ha de acontecer”.

Y parece que “es preciso invertir los términos tradicionales: no se ama porque se conoce, sino al revés, se conoce bien porque se ama, se desconoce porque se odia”. La cuestión, pues, no está en conocer sino en amar.

Textos citados: “Facciones del amor”, (La Nación, Buenos Aires, 30-VIII-1925); ¿Qué es filosofía? (1929); “¿Por qué se vuelve a la filosofía?” (1930); “En nombre de la nación, claridad” (1933)


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