Isabel Ferreiro
“El enorme esfuerzo que es la guerra, sólo puede evitarse si se entiende por paz un esfuerzo todavía mayor, un sistema de esfuerzos complicadísimos y que, en parte, requieren la venturosa intervención del genio”.
“El pacifismo se ha hecho su tarea demasiado fácil. Pensó que para eliminar la guerra bastaba con no hacerla o, a lo sumo, con trabajar en que no se hiciese”. Pero desarmar es un hacer que se asemeja demasiado “a un puro omitir”.
“La paz no es fruto espontáneo de ningún árbol. Nada importante es regalado al hombre; antes bien, tiene él que hacérselo, que construirlo. Por eso, el título más claro de nuestra especie es ser homo faber“.
“Interpretar la paz como el simple hueco que la guerra dejaría si desapareciese” “es un puro error”. “Si la guerra es una cosa que se hace, también la paz es una cosa que hay que hacer, que hay que fabricar, poniendo a la faena todas las potencias humanas”.
Y es que la guerra es un medio que inventaron “los hombres para solventar ciertos conflictos“; por lo que “la renuncia a la guerra no suprime estos conflictos. Al contrario, los deja más intactos y menos resueltos que nunca”. De modo que, “en ese imaginario planeta habitado sólo por pacifistas“, “la ausencia de pasiones, la voluntad pacífica de todos los hombres resultarían completamente ineficaces, porque los conflictos reclamarían solución y, mientras no se inventase otro medio, la guerra reaparecería inexorablemente”.
Y es precisamente lo que ha logrado este pacifismo gratuito, reduciendo la paz a un asunto de buena voluntad y “cómodo deseo”: que no se “vea la carencia de las técnicas más elementales” para prevenir y resolver los conflictos; y, con ello —a la vista está—, arda el mundo en guerra. Pues pasa que “toda realidad desconocida prepara su venganza“: que toda realidad ignorada reaparece con más fuerza, hasta que por fin nos decidamos a atenderla.
La paz “es el derecho como forma de trato entre los pueblos”, pero “un derecho referente a las materias que originan inevitablemente las guerras no existe. Y no sólo no existe en el sentido de que no haya logrado todavía «vigencia» (…), sino que no existe ni siquiera como idea, como puro teorema incubado en la mente de algún pensador. Y no habiendo nada de esto, no habiendo ni en teoría un derecho de los pueblos, ¿se pretende que desaparezcan las guerras entre ellos?”.
“Permítaseme que califique de frívola, de inmoral semejante pretensión. Porque es inmoral pretender que una cosa deseada se realice mágicamente, simplemente porque la deseamos. Sólo es moral el deseo al que acompaña la severa voluntad de aprontar los medios de su ejecución“.
“Ello es que el pacifista necesita hacerse cargo de que se encuentra en un mundo donde falta o está muy debilitado el requisito principal para la organización de la paz. En el trato de unos pueblos con otros no cabe recurrir a instancias superiores, porque no las hay”. El pacifismo ha de construir, pues, “la otra forma de convivencia humana que es la paz. Esto significa la invención y ejercicio de toda una serie de nuevas técnicas. La primera de ellas es una nueva técnica jurídica que comience por descubrir principios de equidad referentes a los cambios del reparto del poder sobre la tierra”.
Porque, “considerada en lo que al derecho importa, la historia es, ante todo, el cambio en el reparto del poder sobre la tierra. Y mientras no existan principios de justicia que, siquiera en teoría, regulen satisfactoriamente esos cambios del poderío, todo pacifismo es pena de amor perdida“.
Y he aquí que en tiempos de globalización, en que “los pueblos se han encontrado de improviso dinámicamente más próximos (…) se han distanciado más moralmente”; y “han comenzado repentinamente (…) a hermetizar sus existencias (…) y a convertirse las fronteras en escafandras aisladoras”.
“Sabido es que el ser humano no puede, sin más ni más, aproximarse a otro ser humano”. Sin embargo, “tendemos a olvidar que siempre fueron menester grandes precauciones para acercarse a esa fiera con veleidades de arcángel que suele ser el hombre. Por eso corre a lo largo de toda la historia la evolución de la técnica de la aproximación, cuya parte más notoria y visible es el saludo”. Así, en función de la densidad, de la distancia normal a que están unos hombres de otros, varían las formas de saludo: “En el Sáhara cada tuareg posee un radio de soledad que alcanza bastantes millas”, con lo que el saludo “comienza a cien yardas y dura tres cuartos de hora”. En cambio, en la China y el Japón, pueblos, “donde los hombres viven, por decirlo así, unos encima de otros (…) el saludo y el trato se han complicado en la más sutil y compleja técnica de cortesía” porque “en esa proximidad superlativa todo es hiriente y peligroso: hasta los pronombres personales se convierten en impertinencias. Por eso el japonés ha llegado a excluirlos de su idioma, y en vez de «tú» dirá algo así como «la maravilla presente», y en lugar de «yo» hará una zalema y dirá: «la miseria que hay aquí»”.
“Si un simple cambio de la distancia entre dos hombres comporta parejos riesgos, imagínense los peligros que engendra la súbita aproximación entre los pueblos sobrevenida en los últimos (…) años”.
Parece que más que nunca se necesita buscar una unidad superior, y construir un nuevo “Jus internacional” junto con unos nuevos usos colectivos, que es lo que hace posible la convivencia; porque “la sociedad es convivencia bajo instancias“. Sin instancias, sin un sistema de usos, la sociedad se volatiliza, “deja de ser transitoriamente sociedad, se convierte en constitutiva insociabilidad, en la guerra de todos contra todos”.
Porque “entre sociedades independientes no puede existir verdadera paz”; y, del mismo modo, entre individuos o grupos de individuos que se piensan independientes tampoco. Cada uno ignorando el resto, pasa que “dentro del pueblo se producen las revoluciones, y entre los pueblos estallan las guerras”.
Textos citados: “En cuanto al pacifismo” (1937), en “Epílogo para ingleses” a La rebelión de las masas.
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