Isabel Ferreiro
“Dime cómo te diviertes y te diré quién eres“.
“El perfil de nuestros deleites es acaso nuestro más verídico perfil. Cuando se recogen datos fehacientes sobre los goces preferidos en las más diversas edades y razas, hallamos siempre que en ellos hacen cada generación y cada hombre, por decirlo así, su confesión general”.
Y es que el hombre se dedica a sus “ocupaciones felicitarias“, no porque sean “impuestas, sino porque se siente feliz en ellas“. Las aficiones, pues, requieren el gusto e interés de quien las practica; por ello, son genuinas, y, por tanto, le delatan.
Pero “el repertorio de auténticas aficiones“, “es y ha sido siempre sumamente escaso en la mayor parte de los hombres. Porque éstas son imposibles si el hombre no tiene espontáneamente afición a ellas”.
El hombre, pues, precisa tener esa afición o gusto verdadero por algo. Y es que “la distracción, la diversión es algo consustancial a la vida humana, no es un accidente, no es algo de que se puede prescindir”. “La diversión es una de las grandes dimensiones de la cultura. Y no puede sorprendernos que el más grande creador y disciplinador de cultura que jamás ha existido, Platón, diga “que la vida humana es juego”, y “añada «que eso que tiene de juego es lo mejor que tiene»”.
“El hombre necesita descansar de su vivir y para ello (…) verterse en una ultravida”. Y “esta vuelta hacia lo ultravital o irreal es la diversión”. “Divertirse, como su etimología indica, es volverse de una parte en que se estaba a otra, por tanto, apartarse de algo hacia otro algo”.
Así, “los antiguos dividían la vida en dos zonas: una, que llamaban otium, el ocio, que no es la negación del hacer, sino ocuparse en ser lo humano del hombre, que ellos interpretaban como mando, organización, trato social, ciencias, artes. La otra zona, llena de esfuerzo para satisfacer las necesidades elementales, todo lo que hacía posible aquel otium, la llamaban nec-otium, señalando muy bien el carácter negativo que tiene para el hombre”.
“He ahí dos sensibilidades contrapuestas: la moral del negocio y la moral del ocio o deporte”. “Ocio en el sentido clásico quiere decir lo opuesto a trabajo útil; no es un no hacer, sino el trabajo inútil, el trabajo sin soldada ni material beneficio, el esfuerzo que dedicamos a lo irreal, a lo supremo”.
Pero lo cierto es que ocio y negocio se necesitan y complementan. Porque el ocioso completo, “al querer no hacer nada se aburre”, “y entonces queda condenado al más cruel de los trabajos forzados, a «hacer tiempo»” y, como resultado, “con los angustiosos sudores de su aburrimiento (…) practica suicidio blanco”. Y, el que, “con vicio de laboriosidad”, “hace mucho, pero no precisamente lo que hay que hacer, falsifica su vida”.
“No es frívolo el que se divierte sino el que cree que no hay que divertirse. Lo que, en efecto, no tiene sentido es querer hacer de la vida toda puro divertimiento y distracción, porque entonces no tenemos de qué divertirnos, de qué distraernos”. La idea de diversión, pues, “supone dos términos: un terminus a quo y un terminus ad quem —aquello de que nos divertimos y aquello con que nos divertimos”.
“No conseguiríamos divertirnos con nada si no hubiese en nosotros previamente una necesidad de divertirnos de algo“. “Lo más importante y originario en la diversión es, pues, no lo que nos divierte”, “sino ese algo de que, por lo visto, necesitamos, anhelamos apartarnos, divertirnos”.
De modo que, resuelto el problema del trabajo, “libertados del quehacer impuesto por la necesidad, los hombres se encontrarían sin saber qué hacer. Y la nueva y paradójica tarea consistiría en inventar quehaceres para la humanidad ociosa, en idear ocupaciones gratas para el hombre enfermo de desocupación. Entonces se vería que si es difícil al hombre trabajar le es mucho más difícil divertirse“.
Por ello, cuando esfuerzo y diversión se reconcilian en un mismo quehacer, como ocurre en el deporte, la vida deja de pesar tanto, y no se precisa descansar ni huir de ella, sino habitarla como una celebración continuada. Como la poesía arranca “de entre lo circunstancial una circunstancia y la dota de eterna actualidad”.
Textos citados: “[Variaciones sobre la circum-stantia] (1912); “Elogio del murciélago” (1921), en El Espectador IV; “El sentido deportivo de la vitalidad” (1924); en El Espectador IV; “El origen deportivo del Estado. II” (1925); Goethe desde dentro (1932); Principios de metafísica según la razón vital [Lecciones del curso 1933-1934]; Meditación de la técnica, en Ensimismamiento y alteración (1939); “[La caza solitaria]” (1945); Idea del teatro (1946).

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