Isabel Ferreiro
“Se toma, a veces, el disfraz de lo inverso”, esto es, que “de puro no saber qué hacer, se finge un superhacer, un hacer exagerado, frenético, tajante”; y este “falso hacer que oculta la inanidad de su sustancia con lo superlativo del gesto es el hacer extremado o extremismo”, que tanto gusta manifestarse en público. Entonces, “cuando todo lo público está falsificado, sólo puede salvarnos la fidelidad de cada cual consigo mismo”.
Pero la fidelidad consigo mismo no es cosa fácil, pues “no consiste en un decir sino en un hacer”. Y el hacer “no es, sin más, actividad” puntual al antojo, ya que “no venimos al mundo para confesar nuestros caprichos y humores”. De hecho, no hay “mayor infidelidad consigo mismo”, “contra nuestro yo integral”, que “la ostentación incontinente de nuestro yo momentáneo”, esto es: “que dar como nuestro yo lo que es sólo una porción externa y periférica de él” —como tanto pasa a la hora de la protesta callejera.
Y es que “lo más interesante no es la lucha del hombre con el mundo, con su destino exterior, sino la lucha del hombre con su vocación. ¿Cómo se comporta frente a su inexorable vocación? ¿Se adscribe radicalmente a ella, o, por el contrario, es un desertor de ella y llena su existencia con sustitutivos de lo que hubiera sido su auténtica vida? Tal vez lo más trágico en la condición humana es que puede el hombre intentar suplantarse a sí mismo —es decir, falsificar su vida. ¿Se tiene noticia de ninguna otra realidad que pueda ser precisamente lo que no es, la negación de sí misma, el hueco de sí misma?”
De modo que “la fidelidad del hombre a ese su destino singular, a su vida posible (…) nos permite determinar la dosis de autenticidad de su vida efectiva”. Y “todo vivir, individual o colectivo, es un hacer; más precisamente, un hacerse. De aquí que la vida se presente siempre, en su más íntimo y radical aspecto, como una tarea”.
Así, “mis actividades sólo proceden de mí cuando y gracias a que funciona sobre ellas mi voluntad”. Pues “yo podía estar andando por aquella plaza en estado de sonambulismo” y, si bien “la actividad sería idéntica (…), no habría sido querida por mí”. “Es decir, que mi vida antes que simple hacer es decidir un hacer —es decidir mi vida. Nuestra vida se decide a sí misma, se anticipa”.
“El hacer, pues, se compone de dos factores o ingredientes: 1.º el ejercicio efectivo (…) 2.º la voluntad de ejercitarla o quererla”. Además, “todo hacer es ocuparse en algo para algo”, y este “en vista del cual hago ahora esto (…) lo he decidido yo porque entre las posibilidades que ante mí tenía he creído que ocupar así mi vida sería lo mejor”.
“Por tal razón yo veo la característica del acto moral en la plenitud con que es querido. Cuando todo nuestro ser quiere algo —sin reservas, sin temores, integralmente— cumplimos con nuestro deber, porque es el mayor deber de la fidelidad con nosotros mismos. Una sociedad donde cada individuo tuviera la potencia de ser fiel a sí, sería una sociedad perfecta. ¿Qué significa lo que llamamos hombre íntegro sino un hombre que es enteramente él y no un zurcido de compromisos, de caprichos, de concesiones a los demás, a la tradición, al prejuicio?”
“No debiera llamarse culto sino al hombre que ha tomado posesión de todo sí mismo. Cultura es fidelidad consigo mismo, una actitud de religioso respeto hacia” “nuestra limitación, a nuestro destino”: a “nuestra propia y personal vida”.
Textos citados: “Un discurso de ida y vuelta” (1915); “Muerte y resurrección” (1917), en El Espectador II; “Azorín o primores de lo vulgar” (1917), en El Espectador II;

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