Creer es crear. Possunt quia posse videntur —exclama Virgilio. Pueden porque creen poder

Isabel Ferreiro

“Aquí tenéis el aspecto más humano y más fecundo de los profetas: cuando ellos predican no saben si va a ocurrir lo que profetizan: les basta con creerlo”.

“Y al predecir con fe una victoria y contagiar en esa fe al pueblo ganan la mitad de la batalla. Sus palabras de confianza en la suerte de su pueblo son avanzadas de los ejércitos. De este modo predecir es preparar, es fomentar: creer es crear. Possunt quia posse videntur —exclama Virgilio. Pueden porque creen poder“.

“Sin duda, en las palabras de los profetas brotaban anticipaciones del futuro, predicciones —mas téngase en cuenta que no es menos consustancial a las leyes de nuestra física prever con sobrado rigor los hechos del porvenir”. Parece existir, pues, “una secreta conexión, para nosotros aún intransparente, entre el decir la verdad sobre el ser de las cosas y predecir el porvenir, hasta el punto de que ambos, decir y predecir, translucen o transparecen el uno en el otro”.

Así, es un deber los grandes pueblos, como de los grandes hombres, “aspirantes a lo nuevo”, presentar “altas imaginaciones”: inspirarse “en algo que Aristóteles decía brillantemente en uno de sus libros éticos: «busca con los ojos el arquero un blanco para su flecha y no lo buscamos para nuestras vidas»”.

Seamos con nuestras vidas como arqueros que tienen un blanco“. Seamos buenos arqueros, que apuntan a un buen blanco.

Un alto objetivo y fe, por tanto. “Es un hecho que el pesimismo juega con nosotros como un bufón macabro”, y que nuestro esfuerzo ha de encaminarse a “dar lugar al optimismo”, a apuntar alto con fe plena, a modo de certeza avanzada. No “con la fe del carbonero, es decir, que se cree porque sí“, como por ejemplo en “el progreso ineludible”; porque ésta poca diferencia hace del “escepticismo del carbonero”.

Y es que la fe no es cosa de decir o repetir, sino que necesita estar viva. Y “para vivir, necesita comer, y come duda”. Porque “el espíritu no es una cosa quieta y cristalizada, sino una fluencia y un cambio, un superarse incesantemente a sí mismo, un morir para renacer”. Y, así, “el espíritu reaccionario es suicida, puesto que aspira a dejar de ser espíritu”, y siente “cierta nostalgia de no ser piedra”.

Por tanto, “la creencia o fe en Dios, más aún, y no es paradoja, de creer en que existe, es confiar en Él y tener en Él esperanza; es la diferencia que ya troquelaba San Agustín cuando distinguía entre creer que hay Dios y creer a Dios. Y es muy posible que la única manera que tiene el hombre para poder creer de verdad en que Dios existe es antes de creer esto, creerle a Él, confiar en Él”.

La realidad, señores, es cosa tan pesada que sólo se puede sustentar a fuerza de idealidad y la lucha por la vida cosa tan expuesta, tan insegura que sólo se puede adelantar en ella a fuerza de fe ciega en sí mismo y de un complejo aprestamiento. Un pensador norteamericano hace notar que la robustez de pueblos como Egipto en la antigüedad e Inglaterra hoy nace de que los egipcios y los ingleses consideraban su país como si fuera eje de la tierra”.

Y si “cada vez es menos posible una sana política sin larga anticipación”, tampoco lo es una vida saludable. Se trata, pues, de creer por adelantado en esa alta gloria o plenitud hacia la que se apunta. Y es que “nuestro modo de comportarnos, lo mismo entre los hombres que en la soledad, depende del nivel humano que en nuestra última sinceridad nos atribuyamos“; esto es: depende de lo que creemos que valemos; y, desde eso que creo, creo mi vida.

Desde antiguo, se conocía la importancia de custodiar el propio ánimo. “El pachá de Egipto —según cuenta Gerardo de Nerval— tenía siempre de pie a su cabecera un servidor encargado de despertarle cada vez que sus movimientos o su rostro revelaban un sueño agitado”. Se supone, pues, que durante el día se vigilaría él mismo.

Aprendamos a esperarlo todo de nosotros mismos“; y cultivemos “nuevas intenciones, nuevos estados de alma, nuevas preocupaciones, nuevas maneras de ver la vida”, pues son las semillas de lo que crecerá.

Es cierto que “de querer ser a creer que se es ya, va la distancia de lo trágico a lo cómico. Éste es el paso entre la sublimidad y la ridiculez. La transferencia del carácter heroico desde la voluntad a la percepción causa la involución de la tragedia, su desmoronamiento, su comedia. El espejismo aparece como tal espejismo”. Y que “todo profeta verdadero es profeta contra la opinión irresponsable de la multitud, es la vox Dei, la palabra de Dios contra la vox populi”. Pero ya vimos otro día que ello no importa, que “lo decisivo es que la promesa de mañana dé brío a nuestras horas de hoy“.

Así que no “eran los demás —las cosas, los otros hombres— quienes operaban en nuestra vida”; ni se trataba tampoco de esperar un salvador externo, como tanto hemos creído y aun se nos enseña; sino de sintonizar nuestro sentir con aquello a lo que se mira, que es lo que genera cuanto acontece después en la circunstancia. Por ello, “sólo conocen el signo del Salvador los que, cuando Él llega, estaban ya trabajando por salvarse a sí mismos”.


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