Civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia

Isabel Ferreiro

Cuando las pasiones “operan indómitas y sin bozal” —sin inhibición, ni freno—, “dan sus grandes brincos feroces de felinos, (…) sobre el que pasa”. Las calles, los salones “y los círculos académicos están llenos de rebaños de panteras magníficas que caen sobre el transeúnte”.

Y “hasta que caemos en la cuenta de ello, herimos a tantos amigos, producimos tantas erosiones y, claro está, nos las producen en represalia a nosotros”. En vista de ello, el hombre “ha domesticado sus instintos dentro de ciertos moldes morales y ha suavizado el trato social merced a las pautas de la buena educación”.

Y es que “cada acto que realizamos nos propone el dilema conocidísimo o seguir nuestro gusto o ajustar nuestra voluntad a la ley superior“; esto es: entre el “orangután interior” o la continencia. Pues “en el momento en que seamos sinceros se erguirá en nosotros el gorila y reclamará sus derechos perentorios; sólo a fuerza de ficciones y de fantasmagorías le mantendremos encadenado”.

Así, “según Fichte, el destino del hombre es la sustitución de su yo individual por el yo superior. No asuste esta fórmula metafísica: ese yo superior no es cosa vaga e indescriptible; es meramente el conjunto de las normas: el código de nuestra sociedad, la ley lógica, la regla moral, el ideal estético. Es, también, la buena educación”.

Por ello, “el amor a la ley” es el “lujo del hombre fuerte que se posee a sí mismo y somete a un cauce de normas la fluencia excesiva de su energía“. Y es que “sólo los débiles no necesitan ley: como sólo los míseros riachuelos no necesitan cauce ni torrenteras”. Y así cita Ortega a “Goethe cuando dijo: «Sólo el grosero sigue su capricho, el noble aspira a ordenación y a ley»”.

Con todo, esto que llamamos «buena educación» consiste en un “montaje de frenos e inhibiciones“: en “un sistema de muelles y resortes convencionales”, “que intercalándose entre los individuos permiten que la presión de unos sobre otros, en que la sociedad consiste, resulte menos bronca y difícil” y, así, “evitar o, cuando menos, retrasar el mordisco“.

Por lo cual, “sin un minimum de buenas maneras no es posible una sociedad”, y “por eso, todas las sociedades han poseído ese minimum de buenas maneras so pena de disociarse automáticamente, esto es, de desaparecer”.

Pero “hoy la cortesía se ha ausentado de la sociedad“, con lo que “la acción directa se ha extendido a todo. Lo indirecto, lo intermediario, lo convencional queda eliminado”. Y “toda la convivencia humana va cayendo bajo este nuevo régimen en que se suprimen las instancias indirectas. En el trato social se suprime la «buena educación». La literatura, como «acción directa», se constituye en el insulto. Las relaciones sexuales reducen sus trámites”. Y “nos avergüenza que en las Cortes se falte a la cortesía; protestamos de ello vehementemente porque la buena educación nos interesa tanto o más que la buena política”.

“¡Trámites, normas, cortesía, usos intermediarios, justicia, razón! ¿De qué vino inventar todo esto, crear tanta complicación? Todo ello se resume en la palabra «civilización», que al través de la idea de civis, el ciudadano, descubre su propio origen. Se trata con todo ello de hacer posible la ciudad, la comunidad, la convivencia”. Y es que “si miramos por dentro cada uno de esos trebejos de la civilización que acabo de enumerar, hallaremos una misma entraña en todos. Todos, en efecto, suponen el deseo radical y progresivo de contar cada persona con las demás”.

Civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia. Se es incivil y bárbaro en la medida en que no se cuente con los demás. La barbarie es tendencia a la disociación. Y así todas las épocas bárbaras han sido tiempos de desparramamiento humano, pululación de mínimos grupos separados y hostiles”.

“Ahora bien, todas estas nobilísimas normas son convenciones, no corresponde a ellas ninguna realidad material: no son cosas, son condensaciones de espíritu, valores que sobre la materia, siempre baladí, ha ido decantando la cultura”.

Por lo que “no seamos sinceros, ni espontáneos”; y “suplantemos nuestro yo real por un yo normal compuesto de tan exquisitas superfluidades”. Seamos “defensores de las ficciones bien fundadas a lo largo de la solidaridad histórica: la lógica, la ética, la estética y la bonne compagnie. Después de todo nada se pierde con probar. Como la función crea el órgano, el gesto crea el espíritu y una postura digna facilita la dignidad“.

“La materia no es nada; el orden, la medida, la ficción, lo convencional, la postura, son todo. Debemos exclamar como una vez Renan: «Me gusta ponerme de rodillas delante de nada»”.

Textos citados: “Renan” (1910), en Personas, obras, cosas; “Fraseología y sinceridad” (1927), en El Espectador V; La rebelión de las masas (1930)


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