Isabel Ferreiro
“La peculiaridad de cada ser (…) es precisamente el órgano por el cual puede ver la porción de realidad que le corresponde“. De esta manera, aparece cada individuo, cada generación, cada época como un aparato de conocimiento insustituible“.
Con lo que “la verdad integral sólo se obtiene articulando lo que el prójimo ve con lo que yo veo; y así sucesivamente. Cada individuo es un punto de vista esencial. Yuxtaponiendo las visiones parciales de todos se lograría tejer la verdad omnímoda y absoluta. Ahora bien: esta suma de las perspectivas individuales, este conocimiento de lo que todos y cada uno han visto y saben, esta omnisciencia, esta verdadera «razón absoluta», es el sublime oficio que atribuimos a Dios”.
“Su punto de vista es el de cada uno de nosotros; nuestra verdad parcial es también verdad para Dios. ¡De tal modo es verídica nuestra perspectiva y auténtica nuestra realidad! Sólo que Dios, como dice el catecismo, está en todas partes y por eso goza de todos los puntos de vista, y en su ilimitada vitalidad recoge y armoniza todos nuestros horizontes”.
Por tanto, “cada hombre tiene una misión de verdad“; de hincarse “bien en el lugar que nos hallamos, con una profunda fidelidad a nuestro organismo, a lo que vitalmente somos, abrir bien los ojos sobre el contorno” “siguiendo la norma de ser fieles al aspecto que a la vista tenemos”. Y es que “donde está mi pupila no está otra: lo que de la realidad ve mi pupila no lo ve otra. Somos insustituibles, somos necesarios”.
“Dentro de la humanidad cada raza, dentro de cada raza cada individuo, es un órgano de percepción distinto de todos los demás” al que llegan “trozos de universo para los otros inasequibles“. Así, dice Goethe que «sólo entre todos los hombres llega a ser vivido lo Humano»”.
De modo que “la verdad, lo real, el universo, la vida —como queráis llamarlo—, se quiebra en facetas innumerables, en vertientes sin cuento, cada una de las cuales da hacia un individuo“. Y, “si éste ha sabido ser fiel a su punto de vista, si ha resistido a la eterna seducción de cambiar su retina por otra imaginaria” —si bien, como vimos el otro domingo, “el mundo visible es de tantas maneras como sean las formas de verlo“—; “lo que ve será un aspecto real del mundo”.
Por lo que parece tener más sentido que, “en vez de disputar, integremos nuestras visiones en generosa colaboración espiritual, y como las riberas independientes se aúnan en la gruesa vena del río, compongamos el torrente de lo real“.
Texos citados: “Verdad y perspectiva”, en El Espectador I; El tema de nuestro tiempo (1923).

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