Isabel Ferreiro
“Admirar es encontrarme de nuevo, declara Renan”. Y “pudo añadir que es encontrarse transubstanciado en otros, que es hallarse formado de una esencia colectiva y difusa”, dice Ortega.
Por lo que si el otro día vimos que “hace falta que el último núcleo de nuestra persona sea de suyo como impersonal”, hoy vemos que, cuando admiramos, sentimos que la esencia de cada uno no es individual sino colectiva.
El entusiasmo es “un lujo vital, una aventura íntima y un riesgo”, pues supone “brincar fuera de sí mismo y sumergirse en otro ser, persona, obra o cosa“; pero es lo que teje la unidad.
Pasa que el alma atraviesa “períodos de gran porosidad y otros de extremado hermetismo“. Por ejemplo, “una preocupación grave o aguda suele producir un exceso de concentración en nuestra intimidad. Se vuelve ésta, por decirlo así, de espaldas al mundo y atiende con máxima tensión a la pena o conflicto que ocupa entonces el centro anímico. Nada externo llega adentro: va el alma sorda y ciega”.
E igualmente les pasa a los pueblos: en ciertas épocas el alma popular parece congelarse; se angosta, “se vuelve sórdida, envidiosa, petulante, y se atrofia en ella” la capacidad de admirar, “sin aptitud de dilatación y porosidad. Por eso no son entusiastas de nada y curiosas de muy poco”.
A las almas soberbias, hechas de cerrazón e indocilidad, les falta “la función de atender a lo que está más allá de ellas”; carecen de curiosidad, la cual “es una especie de activa porosidad mental“. Con lo que resulta la soberbia “una potencia antisocial. Con ella no se puede hacer un gran pueblo y conduce irremediablemente a una degeneración del tipo humano”. Pues, la incapacidad “de percibir la excelencia del prójimo, impide el perfeccionamiento del individuo y el afinamiento de la casta”.
En cambio, la alegría, el entusiasmo, “vuelve hacia afuera el alma, la desconcentra y la convierte en un amplio tejido de abiertos poros“. De modo que “los pueblos vanidosos —como el francés— tienen la enorme ventaja de estar siempre dispuestos a una admiración de lo egregio, que trae consigo el deseo de alcanzar para sí la nueva virtud y ser a su vez admirado. Por esta razón Francia ha sufrido menos horas de decadencia que ningún otro pueblo, y ha vivido siempre entrenada y presta”. Y es que, “para mejorar, es preciso antes admirar la perfección forastera”.
De esta “capacidad de entusiasmarse con lo óptimo, de dejarse arrebatar por una perfección transeúnte, de ser dócil a un arquetipo o forma ejemplar” depende toda reforma, pues sin porosidad ninguna hacia el exterior, nada de fuera podrá penetrar y, por tanto, ninguna mejora podrá venir. Por lo que es esta capacidad de dejarse transformar por lo mejor “la función psíquica que el hombre añade al animal y que dota de progresividad a nuestra especie frente a la estabilidad relativa de los demás seres vivos”.
Por tanto, basta con que varíe “nuestra ordenación en el admirar o en el odiar, para que la perspectiva del mundo cambie totalmente”; y por ello “yo quisiera proponer” que expulsen “de sus ánimos todo hábito de odiosidad y aspiren fuertemente a que el amor vuelva a administrar el universo“.
La porosidad es supremo lujo, “un acto de rebosante vitalidad“, propio de los fuertes. Pues “el débil, náufrago de sí mismo, se agarra a su yo como a la roca fortuita”; y, limitado a su supervivencia, no puede permitirse airearse y ensancharse con lo otro.
Gracias, pues, a las almas capaces de escuchar, que “ofrecen generosas su porosidad”, decididas a absorber y a entusiasmarse con “frenético amor y apasionada entrega” a lo óptimo, se van ensanchando los círculos de compenetración de la humanidad.
Textos citados: “Renan” (1909), en Personas, obras, cosas; “Prospecto de la «Liga de educación política española».” (1914); “Brindis en la fiesta del armisticio de 1918”; España invertebrada (1922); “Vitalidad, alma y espíritu” (1925), en El Espectador V; Espíritu de la letra (1927); La rebelión de las masas (1930); “Prólogo a una edición de sus obras” (1932); Goethe desde dentro (1932); “Meditación de la criolla” (1939).

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