Garagorri

Una convivencia póstuma

Paulino Garagorri, Revista de Occidente, 1983, núm. 24-25.

Los que mueren no se extinguen del todo: perviven en la memoria de quienes les sobreviven. Pero también esta sobrevida, por fuerza, caduca. Se acaba, ciertamente, con el término de la vida de esos supervivientes, pero aun antes, el olvido, que es un lugar de la memoria, absorbe y anula, quizá definitivamente, el caudal del recuerdo. Presumo que este riesgo ha movido a la directora de la Revista de Occidente al decidir que este número, que conmemora el centenario del nacimiento de Ortega, se alimente exclusivamente con el testimonio de quienes, más o menos, y en el grado que fuese, han tratado, convivido con Ortega. Nos pide, pues, que llevemos la presión de nuestra atención a la frontera de lo invisible, al mundo insondable del recuerdo, y que salvemos del olvido, refiriéndolos, los aspectos de Ortega que un día fueron presencia de su persona. Muchos comentarán el legado de sus perdurables escritos, pero sólo algunos podemos todavía rememorar los pasos fungibles de su existencia.

Ver, recordar lo vivido, imaginar la substitución de lo ocurrido por lo que también pudo acontecer, o fantasear sobre el curso futuro de nuestro trato, son varios los modos -y aun luego aludiremos a otra posible vivencia- como podemos tener presente al próximo, al otro. Y a cada uno de esos modos corresponde un tipo distinto de convivencia. Hay, pues, suertes varias de compartir nuestra vida con los demás humanos. Y lo único constante y permanente en todas esas formas de relación es la de nuestra propia vida, cuando concurre —en la presencia— o cuando presta —en todas las demás— las horas contadas de la propia vida a la reviviscencia, en nuestro propio tiempo, del fantasma de los convivientes porque los otros, aunque ausentes, están en nosotros.

En efecto, yo tengo en mí el recuerdo de Ortega, y no es la primera vez que tras su pérdida quisiera evocarle. Al poco de su muerte, en las páginas de un diario, y bajo el título de “Lo que no queda”, publiqué estos párrafos que espero se me consienta reiterar en esta revista:

“Si el hombre es hijo de sus obras como pensaba don Quijote con rara agudeza, la herencia que Ortega deja en la hora de su muerte le asegura una progenie vigorosa, un revivir ininterrumpido mientras a los hombres importen los frutos ingrávidos de la filosofía y de las letras. Cuando la obra entera que ha trazado con su pluma y su palabra se imprima y quede, enteriza, al alcance público, se verá en su legado literario una de las cumbres mayores de la cultura europea, y su nombre excederá a toda clasificación parcial por alcanzar

esa zona en que moran los paradigmas de la galería humana —como Goethe y Platón—, y merced a los cuales los humanos se consuelan o redimen de la estupidez nativa, de la espontánea tosquedad de su especie.

“Pero la obra de este linaje de hombres excepcionales —«que de lo oscuro hacia lo claro aspiran
»— no ofrece su más valiosa riqueza en el contenido que consta en ella, y que podemos encontrar y volver a él una y otra vez, sino porque brinda una nueva avenida tendida hacia el futuro. El máximo valor de su herencia no reside en el inventario de lo que de hecho registramos en ellas, ni tampoco en las incitaciones que directamente nos despierte, sino en lo nuevo que se puede llegar a hacer gracias a la virtualidad de ese legado, a su poder demiúrgico de crear posibilidades. Y entiéndase esto con todo rigor: afirmaba Zubiri en su necrología que muchos españoles, de no haber sido Ortega quien fue, hubiese sido otros; pues bien, creo que el haber de su existencia tiene su partida más fértil en los tantos españoles del futuro que se encuentran, gracias a su obra, herederos no ya de las cosas que él ha hecho, sino de las cosas que él ha hecho que sean posibles. Es sabido que la riqueza de un hombre no está en la cifra de su numerario, sino, como bien se dice popularmente, en «tener posibles», en «ser hombre de muchos posibles».

“Sin embargo, a mi juicio, ni su pensamiento explícito, ni aun su siembra de posibilidades, agotan en su enumeración lo que de veras ha sido, en su viviente actualidad, la presencia real de Ortega. Si las he aludido es para advertir que las excluyo y deslindar el perfil de otras manifestaciones suyas más huidizas y sutiles, muy difíciles de enunciar y, por desgracias, imposibles de transmitir y conservar en modo alguno. Y quisiera referirme aquí precisamente a eso que es lo que no queda. Son notas o rasgos de su persona —destellos o vibraciones más bien— casi inefables, porque no dejan huella perdurable, pues su propia índole es la de una forma cambiante, fugitiva, inasible. Aludo a esa elocuencia tácita que irradiaba de su personal presencia física. El don más impagable que nos da con su presencia el maestro, el grande hombre, no reside en su modo de ser cosa ninguna determinada, por excelente que sea su grado, sino en su modo de ser cualquiera y toda cosa cosa que le sucediese. Pero sería inútil el intento de sugerir enunciando matices y cualidades aquel su modo de ser y hacer cualquier cosa: si decimos que era veraz, prudente, justo, elegante, cordial, austero; que tenía donaire, garbo, gravedad; que imponía respeto, confianza, moralidad, limpieza…, no, es inútil. No hay aspecto ni concepto que evoque eso que no queda, lo que definitivamente hemos perdido.

“Quizá el recuerdo de una fábula poética pueda, en la ocasión, ayudarnos. En El gran teatro del mundo el formidable auto sacramental de Calderón, quien, como tantos españoles, gustaba de anticipar el juicio final, se nos describe cómo los seres que van llegando a la vida reciben los atributos adecuados para representar el oficio que les corresponde en el repertorio de la condición humana; pero al término de su existencia, cuando a través de la sepultura se encaminan al juicio definitivo, cada cual ha de devolver el ornamento que le fue prestado. El mundo va reclamando a los mortales la veste que les dio la ilusión de identificarse con el personaje que han representado. Pero hay un mágico y rebelde personaje con quien el despojo resulta imposible: el paso por la vida consume su virtud a la hermosura, a la que no puede desprenderse de su apariencia porque es toda ella, en su esencia, un puro aparecer, estar presente. No puede devolver la corona, como el rey; ni el azadón, como el labriego; o sus joyas el rico: no puede despojarse de nada que quede aparte de ella misma porque actúa desnuda, en su propia aparición, y se agota en el fluir de su existencia como un fuego que no deja ceniza.

“Creo que esa certera visión condujo al poeta a enfrentarse con la cima de las calidades humanas y a configurar su mejor símbolo. Y no hallo ejemplo más expresivo, aunque el sesgo femenino de la hermosura pueda desorientar la evocación que persigo. Pues la nobleza del varón superlativo alienta en curso divergente a los módulos de la feminidad. Las cualidades del varón que arrebata nos empujan, como un nisus trashumante, hacia una aventura cuyo término está siempre más allá de él, en nuestro propio destino. Si la mujer nos seduce con su hermosura hacia ella misma, el hombre, con su poder de atracción innominado, nos exhorta como Píndaro: «llega a ser el que eres».

“Cabe pensar que haya personas opacas y cuya presencia no revela su bagaje íntimo, pero yo más bien creo al que dijo: “Nada hay fuera, nada hay dentro; lo que hay dentro eso hay fuera”. La irradiación de Ortega era el vivo testimonio de la verdad de esa sentencia, y por ello su presencia convocaba tantas perfecciones. Lo que la existencia de Ortega ponía en actualidad con su apariencia era la gran riqueza interior de su persona, por modo casi transparente y envuelta en una fuerte y contagiosa tonalidad emocional. Pero ese contagio simpático no era siempre cómodo; el tirón ascendente que ejerce el contacto con lo óptimo nos eleva pero con ello, si hemos sido débiles o infieles, la conciencia nos acusa acremente y nos hacer ver que sólo hemos logrado ser una caricatura de nosotros mismos. Quizá esto explique las ausencias que se producían en su tertulia, donde, a decir verdad, no concurrían cuantos podían hacerlo.

“En estos últimos años, quizá porque la densidad de la experiencia hacía más intenso el halo magnético de su intimidad, acusaba Ortega un refinamiento consumado en su capacidad para acertar con el gesto y la mirada, con el juicio, con el acepto de la palabra o el silencio: con ese don que aparecía siempre sin residir en nada y que su ausencia ha borrado de la realidad.

“Desde la cátedra o la tribuna, en su trato, y especialmente en la tertulia que tanto le importó siempre
—dijo alguna vez que le gustaría morir en ella y casi lo ha conseguido, pues hace escaso tiempo, breves semanas, aún bromeaba intrépidamente acerca de la cirugía que habría de sufrir—, la influencia intelectual de Ortega brotaba a través de esos elementos imponderables que no quedan porque eran lo absolutamente suyo, y que a fuer de intentar lo imposible he querido conjurar en estas líneas. Ese don de la palabra oportuna y el ademán justo hacían ostensible, por su profunda identidad, que su poder de irradiación no procedía, claro está, de ninguna inspiración inexplicable, sino de la interna consistencia de su sensibilidad mental, de la «razón viviente» que en él ha tenido su máximo descubridor y la demostración palpable. Él ha sido ejemplo de lo que puede llegar a ser un hombre: un instrumento de precisión en el argumento y el concepto, en la mirada y la cordialidad. Y toda esa actualidad de Ortega ya no existe en ninguna parte, con él ha desaparecido irremisiblemente.

“De su actuación universitaria sólo alcancé su último curso, hace veinte años justos, y cuando él llevaba a su espalda cinco lustros de docencia, que por entonces se celebraron; pero luego, tran la guerra civil, sus reiteradas estancias en Madrid me han ocasional el privilegio de su proximidad hasta el triste y doloroso contacto del peso de sus resto en la última vez que podía acompañarle.

“Ahora, al borde de su tumba, ante la fresca corona de laurel que las juventudes universitarias le han traído al paso y cruzando las calles madrileñas, bajo el tibio sol de otoño que tanto le gustaba apurar y del que un día me dijo que nos acariciaba el rostro «como la mano gastada de un párroco viejo», si queremos buscar ese aura perdida que ni siquiera sabemos nombrar, no la encontramos y tenemos que recordar, una vez más, la genial intuición del poeta ante la belleza intransferible,

pues al querer cobrarla yo, no puedo, ni la llevas ni yo con ella quedo”.

Pero sí queda en mí, en el recuerdo, la presencia de las horas de su vida en que participé. Desde aquellas primeras lecciones del curso 1935-1936 hasta los postreros encuentros del 55. Precisamente en esa fecha —año que sería tan inesperadamente el de su último veraneo— pasó en viaje estival por mi casa en un pueblo vizcaíno de las Encartaciones, camino de Santillana del Mar, donde residió breve tiempo; acudía a verle y un día visitamos la prodigiosa espelunca, que hacía muchos años había inspirado algunas páginas de su “Notas del vago estío” (1925). Su tema, en aquel entonces, fue el origen del arte, “…los hombres de Altamira lo encontraron sin buscarlo. Vino sobre ellos como una revelación, como un bisonte”. En cambio, lo que ahora le sugerían aquellas figuras rupestres lo asociaba a una cuestión que entonces le inquietaba y se proponía tratar más de la que apenas sólo aparece alguna alusión en sus páginas
—póstumas— sobre el “pensar visionario” de nuestros primeros antepasados. Y concretamente, el eidetismo, presente hoy en la infancia y acaso dominante en la vida del hombre prehistórico, fenómeno quizá decisivo para poder entender la formación de la inteligencia del hombre histórico, fue el tema de nuestra charla.

Pero referir con la morosidad indispensable para que su evocación se cumpla, siquiera algunos de tantos encuentros y conversaciones con Ortega, a veces en paseos vespertinos por los alrededores de Madrid
—la Sierra, el Jarama—, requiere un espacio y un tiempo que no caben en esta ocasión. Para recordar, para dejar que refluya el tiempo pasado, hay que poder ausentarse del presente y este requisito, en estos tiempos de general desasosiego, es un lujo inaccesible. Pero sí quisiera decir ahora algo sobre un tipo de relación ciertamente interpersonal, distinto a todos los modos al comienzo enunciados, y que la decisión de la familia de Ortega me otorga desde su muerte: la convivencia póstuma, por así llamarla, que la encomienda de la edición de sus inéditos, la ordenación y análisis de sus manuscritos, me ha franqueado.

Pues los inéditos de Ortega constan, casi en su totalidad y como era habitual en su generación, en páginas autógrafas. (Sin que falten algunas manuscritas por su mujer —doña Rosa—, sin duda, copia en limpio de sus borradores, pero cuya similitud con la letra de Ortega, en ciertos años, las hace casi indiscernibles; compenetración que quizá revela una de las claves de la biografía de Ortega). Se trata, pues, de una forma de relación, con presencia física de huellas tan expresivas —la letra es el sismógrafo del corazón, decía Ramón Gómez de la Serna— como las que declaran el tono del pulso de la mano y el rumbo invisible y certero de los aéreos pensamientos. Presencia, pero a la vez, y sobre todo, ausencia. Relación, pues, insólita, grata y acibarada, que me ha ocupado largamente.

Porque han sido unas largas relaciones que se encaminan hacie el tercer decenio si bien debo decir, en mi descargo .aunque la suma de las obras póstumas ya editadas casi iguala y excederá, cuando se logre al cabo rematarla, a las por él publicadas., que ntre el 63 y el 73, al tener a mi cargo la emisión mensual de la Revista de Occidente, esa labor estuvo bastante ñinterrumpida. Los “papeles” de Ortega se hallaban en un singular estado de buena conservación desordenada. No imputable, por cierto, a la que fue su benéfica secretaria hasta el forzado destierro impuesto por la guerra civil, y a la que dedicó un ejemplar de sus Obras completas (1946) en estos agradecidos términos, que me permito publicar: “A Lolita, la más fiel amiga, que me ha ayudado tanto en la vida, con el cariño compacto de Ortega”. Imputable, sin duda, a las ingratas contingencias biográficas que turbaron su curso. “El puro azar que zarandea mi existencia…”, escribe en el “Prólogo para franceses” (1937); “Desde hace cinco años ando rodando por el mundo…”, cuenta en el prólogo a Ideas y creencias (1940). Hay que decir que, en rigor, desde el 36 anduvo peregrino hasta su muerte, y aunque en esos años escribió mucho y redactó algunas de sus más extensas y valiosas obras, lo hizo sin una morada estable y permanente, un hogar que pudiese considerar definitivo. El ser español puede traer, una y otra vez en la historia, estas gabelas. Azares y traslados acarrearon, sin duda, algunos extravíos de sus papeles, y aún más de su biblioteca. Pero ese desorden ha resultado conservador. Pues si en algún momento avanzado de su vida Ortega hubiese tenido el deseo y la ocasión de ordenas sus manuscritos, cabe presumir la eliminación de lo que hubiera juzgado desechable. Pero no fue así. Al parecer, no tiraba nada, pero tampoco, digamos, lo archivaba; simplemente lo guardaba, almacenaba todo; pero precisamente todo aquello que no hubiese publicado. Mas esto no parece significar, a juzgar por los resultados, una especial afección hacia sus propios autógrafos; por ejemplo, de La rebelión de las masas no hay otros manuscritos sino los de algunas páginas que sustituyó o eliminó y que no fueron publicadas; pero los manuscritos de las que aparecía en El Sol no fueron reclamados, sino, sin duda, dejados a la suerte de los papeles usados. En cambio, según digo, lo eliminado se conservaba. En el prólogo a la edición de sus Obras (1932) atribuye la idea de su compilación a un editor, y declara: “Por fortuna, yo siento aún un extraño asco al recuerdo”. Ortega vivió siempre “hacia delante” (confesó a Vela —en su Prólogo-Conversación: “Tengo montañas de notas, pero tan confundidas, que cuando me pongo a escribir prefiero buscar lo que en el momento se me ocurre, a buscar las notas que en ocasión más tranquila hice sobre ello”) y presumo que ese sentimiento le acompañó hasta el brusco final: no dejó ninguna clase de disposición testamentaria.

Pero son estas meras alusiones a hondas cuestiones que sólo una muy delicada hermenéutica de su biografía puede atreverse a interpretar. Y si aludo a ellas es sólo para dar algún significado a esa “buena conservación desordenada” a que antes me he referido. El hecho es que la masa de sus papeles era tan cuantiosa que la atenta inspección de su totalidad se halla aún inconclusa, y que espera todavía, por ejemplo, a sus actuales lectores, tras la reciente aparición de sus inéditas Investigaciones psicológicas (colección “Obras de José Ortega y Gasset”, volumen núm. 20, Revista de Occidente en Alianza Editorial, Madrid, 1983), el encuentro, en primera lectura, del texto de sus famosos cursos bonaerenses de 1916 y 1928, o de los manuscritos e los cursos universitarios de 1929-1930 y 1930-1931, a los que, por cierto, pertenecen los fragmentos publicados en El Sol (enero, febrero y marzo de 1931) bajo el título de “¿Qué es conocimiento?”, y nunca reimpresos en libro hasta la fecha. Esta prolongación de la biografía intelectual de Ortega, puesto que él sigue así viviendo con su nuevo influjo en sus actuales lectores —la acción de una obra póstuma se asemeja al “reinar después de morir”—, originará, por fuerza, en el futuro, la presencia de una obra mayor que la conocida hasta su muerte, y llevará, cuando el estudioso se enfrente con su totalidad, a un juicio, sin duda, distinto del que antes podía hacerse. Es obvio que Ortega provocó en el curso de su vida unos efectos determinados, y que su actuación ha influido decisivamente, mediante la “recepción” de su obra impresa entonces divulgada, en la cultura española con la que convivió, y además alcanzó una notable proyección internacional; pero ello es ya un capítulo del pasado, que sería indebido caer en la tentación de consagrar (sería incurrir en una suerte de “provincianismo temporal” que en otro lugar ya he denunciado), pues la móvil estereoscopía de la historia venidera se ajustará, desde sus variables problemas y propias vivencias, a la totalidad de sus escritos. No ha sido el caso de Ortega como el de Bergson, quien llegado a la senectud estimó que había publicado cuanto podía decir, y desechó lo por é no editado (por cierto, no se le ha obedecido; a mi entender benéficamente), sino el de un autor granado de proyectos y promesas que, en parte, la publicación de su obra inédita viene a cumplir. Este Ortega entero no será otro pero tampoco el mismo, pues la significación del nombre de un hombre varía sustancialmente, como es natural, a lo largo de sus años de vida conforme aparece y consta la obra por él realizada. Hay casos en que esa posible variación concluye con la muerte —por ejemplo, Baroja o Azorín—, pero en otros se continúa con su obra póstuma —el caso de Azaña o el de Marx y, no digamos Kafka o Wittgenstein—, e incluso con la mera recopilación de sus escritos ya publicados pero que reunidos adquieren una presencia nueva —el caso de Unamuno. Pero no hace a la ocasi´ón de estas páginas la incursión en la teoría de la “vida póstuma”, que brilla por su ausencia (Ortega postulaba una historia de “fama”), sino el recuerdo de una convivencia (1).

Se trata, pues, de una larga “convivencia póstuma”. Quisiera decir que un sentimiento de inestimable privilegio y grave responsabilidad me acompaña de continuo. Pues, aunque en escasa y accidental medida —ya que la más escrupulosa fidelidad es el principio indeclinable—, la tarea consiste, por fuerza, en sustituir al autor y obrar como, a mi entender, Ortega hubiera creído ahora adecuado. Es indudable que nadie está creditado de modo suficiente para confirmar se en esas conjeturas. En el prólogo a la versión de El collar de la paloma, de Emilio García Gómez —quien acompañaba a Ortega en el viaje estival antes mencionado— precisa que su amistad hacia él “se origina en que al hablar de Fulano coincidimos”. Perdóneseme alegar que la nuestra me proporcionaba también ese disfrute, y quizá por ello —puestos a desvelar dedicatorias— al solicitarle una en un libro suyo, me apoda “uno de los pocos”.

Pero sepa el lector que por fortuna la intervención del editor suele ser, a veces, casi nula, como en La idea de principio en Leibniz, o muy laboriosa, pero de mero ajuste, como en el curso ¿Qué es filosofía?, por la dispersión del manuscrito, que sin la guía de los minuciosos extractos publicados en El Sol al día siguiente de cada lección —y debidos a la autorizada pluma de Fernando Vela— hubiese resultado un rompecabezas bastante difícil, o intermedia, como en Una interpretación de la historia universal (en torno a Toynbee), al sumar el texto de la transcripción oral de la conferencia con el manuscrito preparatorio d e la misma. Y como s e trata de un se”creto confesable, revelaré sin que s e l e caigan los anillos, algún yerro ortográfico —entre la “ll” y la “y”—, residuo, probablemente, de su infancia andaluza.

En definitiva, esta convivencia póstuma no ha sido sino la prolongación de unas interrumpidas conversaciones en la forma de un diálogo silencioso y solitario. Aunque no del todo. En su autopresentación a sus lectores alemanes (“Prólogo para alemanes”, 1934) dice: “si el lector analiza lo que ha podido complacerle de mi obra, hallará que consiste simplemente en que yo estoy presente en cada uno de mis párrafos, con el timbre de mi voz, gesticulando, y que, si se pone el dedo sobre cualquiera de mis páginas, se siente el latido de mi corazón. Pero siga analizando el lector y entonces hallará la clave definitiva. El que yo esté presente en cada expresión no procede de ningún supuesto don mío, más o menos «genial», y muchos menos sería repugnante de que… me ponga yo en lo que escribo y obligue al lector a tropezarse conmigo se reconocerá que casi nunca he hablado de mí-, sino al revés: todos proviene de que en mis escritos pongo, en la medida posible, al lector, que cuento con él, que le hago sentir cómo me es presente, cómo me interesa en su concreta y angustiada y desorientada humanidad. Percibe como si de entre las líneas saliese una mano ectoplásmica pero auténtica, que palpa su persona, que quiere acariciarla —o bien darle, muy cortésmente, un puñetazo”. Diálogo —repito— no del todo solitario, pues la verdad es que esa “mano ectoplásmica pero auténtica” la he visto emerger, en ocasiones, de entre sus manuscritos, a veces con admonitorio dedo índice elevado, o en otras para darme muy amistosamente una palmada.

(1) Si no sobre sí mismo, Ortega sí hizo alusión a los escritos dejados inéditos por Husserl, y escribe: “Es de esperar que el señor Finck, su discípulo y testamentario científico, publique la mole de manuscritos que Husserl dejó”, “Apuntes sobre el pensamiento, su teurgia y su demiurgia” (1941).

ANEXO

Garagorri vivo

María Isabel Ferreiro Lavedán, Revista de Estudios Orteguianos, n. 14-15, mayo-nov 2007 (reescrito en junio de 2026).

El texto que acabamos de leer, escrito por don Paulino Garagorri (1916-2007), da cuenta de dos aspectos de importancia a la hora de recordar a Ortega: su testimonio acerca de su maestro, al que admiró; y su labor de editor de la obra orteguiana, a la que dedicó la gran parte de su vida. Su sentida palabra nos muestra lo que José Ortega y Gasset fue para Paulino Garagorri, y explica lo que Paulino Garagorri ha acabado siendo para José Ortega y Gasset.

“Garagorri, vivo” parafrasea el título que don Paulino dio al número de mayo de 1983 de Revista de Occidente “Ortega, vivo” —del que extraemos el texto—, porque Garagorri también está vivo en su obra, en la fabulosa biblioteca que donó a la Residencia de Estudiantes —que se encuentra en la sede del CSIC, en la calla Albasanz de Madrid—, y en la inmensa y complicadísima labor de edición que hizo de la obra de Ortega, gracias a la cual conocemos la obra que dejó inédita. “Obra póstuma” que ha doblado la conocida en vida del autor y que da cuenta más completa del trabajo del filósofo.

Cabe decir que Don Paulino emprende la tarea de editar la “obra póstuma” desde cero, esto es: desde la selva de manuscritos que Ortega guardó pero no publicó. Muy distinto panorama al que tenemos los que hemos continuado con la labor editorial, que hemos partido de obra editada, es decir: de un terreno ya por completo asfaltado con todos los caminos trazados, precisando ver los manuscritos tan sólo para cotejar, a la vista de lo ya editado.

Mientras hacíamos las últimas obras completas de 2004-2010, nos valimos de la edición de don Paulino de 1983, como texto base; y le nombrábamos cotidianamente a propósito de la detallada información que da en las introducciones de cada título de su colección de bolsillo, pero no sabíamos qué era de él. Y por una casualidad o sincronía con que a veces nos obsequia la vida, una mañana de domingo de marzo de 2003, en la librería de El Corte Inglés de Serrano, empecé a oír a un señor preguntar por varias obras de Ortega, y el dependiente buscaba perdido en catálogos y le decía que no sabía qué libros eran, el hombre insistía dándole más títulos, y me acerqué pensando que querría las nuevas obras completas, pero me contestó que no, que quería las sueltas; “ah, entonces usted quiere las de bolsillo, de Alianza, de Paulino Garagorri” —le dije. “Eso es” —contestó. Y al poco, se acercó y me preguntó: “¿Cómo sabe usted que son de Garagorri? Garagorri soy yo”. Le dije que me emocionaba conocerle, que trabajaba en la nueva edición de obras completas, que todos los días le nombrábamos constantemente; que le había enviado mi tesis sobre los usos, me dijo que la había recibido y que le había gustado; que le imaginaba con barba, y contestó que ya hacía muchos años que no llevaba barba. “¿Por qué?” —me debió preguntar, porque recuerdo que le dije que Umbral le describía con barba, como un Papá Noel bueno y sabio; —que no tenía idea —respondió.

Le visité durante los siguientes tres años —el año cuarto vivía pero al parecer estuvo sin salud. El primer día le llevé el librito Mortal y rosa, en la edición de García posada, y le leí el reconocimiento que le hacía Umbral por haberle publicado en sus comienzos, en Revista de Occidente, las nanas que hizo a su hijo; se emocionó y se recompuso diciendo con rotundidad que “había que publicarlas”.

Dejaba que me llamara él; “¿Tenemos algo pendiente, verdad?” —me decía—, y le decía que sí, y le llevaba las dudas que habíamos reunido. Y nos salvó en varias ocasiones de haber podido hacer alguna fechoría, como una traducción verdaderamente horrible que habíamos encargado de un texto que don Paulino había publicado en español y que nosotros sólo teníamos en italiano. Rápidamente puso en mi mano su edición. Recordaba cada texto anexo con que había acompañado cada título de la obra de Ortega —pese a ser la de Ortega una obra de mil títulos.

Me recibía impecable, le recuerdo un día, supongo que ya de calor, con un pantalón blanco de tejido tan bueno y grueso que ya en 2007 apenas existían. Era súper elegante. Diría de él, como él dice de Ortega: “Lo que hay dentro, hay fuera”. Me daba la impresión de un hombre seguro de sí y, desde luego, respecto de su trabajo de editor estaba satisfecho. Por ello, pese a ser los nuevos editores muy aventajados por encontrarnos con su trabajo hecho sumado a unos medios tecnológicos fabulosos, no nos vio como competidores, y de la forma más generosa, discreta y humilde, nos brindó su ayuda. Por encima de todo, estaba intacto su interés por la obra de Ortega. Le transmití el interés de la Fundación de hacerle un acto de reconocimiento, y no quiso.

Sí tenía interés y cierto recelo, en un comienzo, por saber cuál era el propósito que había detrás de la nueva edición y, con lo que le dije, atajó pronto el asunto diciendo: “tienen buena intención, y eso ya es todo. No se puede pedir más”.

Le fui llevando los nuevos tomos, a medida que se iban publicando. Y él que había sido el editor perfecto —esto es: invisible—, tenía el ojo de lechuza para detectar gratuidades y faltas de elegancia en los textos de edición que comúnmente pasan por alto. “Es en realidad” recuerdo que fue una de las cosas que me leyó: “¿Qué significa «en realidad»?”, “¿Qué se quiere decir con «es en realidad»?”—repitió. Era, en efecto, una forma fea de dar a entender como que Ortega se equivocaba o no decía la verdad respecto a una fecha o un título, y de mostrar que los editores le corregíamos. Yo coincidía completamente con su criterio, pero me sorprendía mucho esa coincidencia, porque yo pensaba que eran cosas mías. Le decía: “tiene usted toda la razón, toda la razón”, “feísimo”, “absurdo”. Me miraba y ya no decía más, veía que, aunque no estaba en mi mano, al menos me daba cuenta. Igualmente, un día abrió mi libro y directo leyó, para mi sorpresa, una parte del prólogo que hizo quien constó como director de la tesis: “Si no me equivoco”, y fue de una dureza que no dejó margen para la buena intención o el despiste; le dije que efectivamente me había dolido —de nuevo muy sorprendida—, pero que no pensaba que tuviera importancia para nadie más, y me dijo que tenía toda la importancia —era rotundo don Paulino. Y en la nueva edición lo suprimí.

Me contó que fue editando la obra póstuma de Ortega, de manuscrito en manuscrito, que no tuvieron visión global hasta el final, y que incluso no llegaron a tenerla del todo se refería cuando hablaba en plural a él y a José Ortega Spottorno, hijo menor de Ortega; que al parecer era quien le pedía a su madre que si se podía llevar cada manuscrito que elegían. El proceso era así: se lo daba a su madre, la madre lo tenía un tiempo a su vera; lo pensaba, el hijo insistía, y finalmente le daba permiso. Hablando de Rosa Spottorno, mujer de Ortega, tengo una anécdota que me contó Luis María Ansón, que viene de la mano de ésta de don Paulino, que es que conservó el despacho de su marido intacto, tal como lo dejó, todos los años que le sobrevivió, que fueron casi treinta; que lo limpiaban sin mover nada de su sitio.

En ese primer encuentro en El Corte Inglés, conoció don Paulino a mi hija mayor, entonces de 9 años, para la que tuvo unos piropos preciosos acerca de sus ojos y de su mirada, que luego me volvía a repetir con mucha convicción cuando me preguntaba por ella. Yo luego se los repetía a mi hija con peores palabras pero diciéndole que no eran unos piropos cualquiera, que eran unos piropos de un hombre que entendía mucho, pero la niña se quedaba igual. Igual pasaba cuando nos cruzábamos por la calle con don Miguel Ortega hijo mayor de Ortega y amigo de don Paulino—, venía elegantísimo con sus bolsas del mercado; “hijas, ese señor es don Miguel Ortega, hijo de José Ortega y Gasset” decía yo el nombre completo para darle toda la importancia, le miraban y no decían nada, pero quería yo que tuvieran esa imagen aunque fuera allá en el fondo de la memoria del hijo de Ortega, y de lo que es un señor impecable —y sencillo y abierto, pues le recuerdo también hablando con los camareros del vips.

El caso es que la primera visita que hice a don Paulino empezó intensa: “Su hija tiene una mirada nada frecuente”; “la persona está en la mirada y en la voz”; y, claro, como ahí estábamos, no había opción de no seguir mirando y hablando. Luego, seguí comprobando que la intensidad no cedía. Cuanto decía don Paulino, aunque fuera preguntando, estaba cargado de pensamiento elaborado, de interés por su parte y de medida contenida. Salía de su casa como de una especie de meditación, sin haber pensado en nada de fuera de lo que se dijera allí.

Don Paulino hablaba de lo que le importaba, por tanto, todo de lo que se hablaba era para él importante, supongo que se debía a un aprecio por el tiempo y a una mente clara que no se dispersaba. Iba “a las cosas”, como había recomendado Ortega a los argentinos. Recordaba que Ortega era muy práctico, que, después de contarle que había estado en una conferencia de esto o de lo otro, le preguntaba: “bueno está bien, pero ¿qué se ha metido usted en el bolsillo?

También me contó que Ortega llamaba microscopías a asuntos sin importancia que sin embargo podían captar la atención de la prensa, de los especialistas, y las conversaciones. Y que a esa tendencia humana de perderse en insignificancias lo llamaba abstracción, y definía la obra de Ortega como “una lucha constante contra la abstracción”, esto es, contra todo lo que suponga aislar y desconectar las partes del todo y, con ello, de su sentido. Que es lo mismo que decir que la obra de Ortega es una permanente llamada a la realidad, a la integración: a ver el bosque por sus cuatro costados, pese a lo complejo caótico y hasta contradictorio que pueda parecer a veces; porque si bien a mayor perspectiva, mayor complejidad; también mayor matiz y, por tanto, mayor conocimiento.

Nos prestó una primera edición de La filosofía de la coquetería de George Simmel, que no encontrábamos ni en librerías de viejo ni en la Biblioteca Nacional. Me atrevo a decir que tenía todos los libros citados por Ortega, y diría también que en las mismas ediciones. Para encontrarlo, miró un listado hecho por él de autores ordenados por su fecha de nacimiento y rápidamente dio con él, lo cual me admiró. Él repetía que le desbordaba el caos; pero los hechos demostraban que no había caos, y se lo dije, pero no cambiaba de parecer, tenía mal concepto de su orden. —Al librito se le rompieron algunas hojas y le confesé que lo había llevado a restaurar, y se mostró de lo más desprendido, diciéndome que no tenía importancia y que no teníamos ni que habérselo devuelto.

Las paredes de la casa estaban cubierta de librerías, en el despacho salón donde me recibía había, para colmo, tres o cuatro hileras de libros a todo lo largo del suelo con el lomo para fuera, con la intención de poder ser localizados, al igual que los que estaban en la estantería; y para sentarnos teníamos que mover algún montón del sofá y ponerlos provisionalmente encima de otro montón de otro sillón. Pero no se hacía agobiante, era una casa magnífica de balcones y techos altos, de la calle Marqués de Riscal —creo que de alquiler. Tenía su casa familiar en Balmaseda, y el alcalde o el Ayuntamiento le llamaron varias veces coincidiendo conmigo, pero no los atendía supongo que por estar yo, y también me pareció que no le resultaba muy grato el asunto por el que le llamaban.

Era lugar, además de lleno de libros, también de objetos, cada uno claramente elegido, llevado por su mano, con su motivo; todos, pues, más allá de bonitos: genuinos por genuinamente elegidos. Más un bonito gato gris que había rescatado de la calle, que iba y venía libremente. Y seguía comprando libros, recuerdo que compró las últimas obras completas de Freud —pese a que las tendría por triplicado en otras ediciones. Me dijo que Ortega apreciaba mucho a Freud y “eso había que tenerlo en cuenta”. Me dio una explicación detallada de la importancia de los sueños relacionada con el nacimiento de la conciencia del hombre como distinto del otro, que no llegué a entender. Don Paulino era un hombre de mucho conocimiento y de mucha profundidad, pues se había dedicado a estar a la altura de ser digno discípulo y editor de Ortega; y me pasaba con él como me pasa con Ortega, que se da un entendimiento en asuntos humanos pero me exceden por completo en los intelectuales. Compraba también esculturas, y modernas, y seguía encuadernando. Compraba por catálogos de subastas y de librerías de lance.

Me hizo fijarme el primer día en una reproducción del cuadrito de Regoyos: un paisaje sencillo, de campo, alegre, con un trenecito en el fondo pasando, y que describe Ortega en El Espectador como símbolo del continuo aliento de la vida mientras hay vida. Me contó que Ortega pidió que se lo pusieran a los pies de la cama, el día antes de morir. —Me dijo José Varela, nieto de Ortega, que el auténtico lo tiene él en su casa.

Tenía colgada también una caricatura de Ortega hecha por Bagaría que le regaló José hijo, cuando se la encontró por el suelo cuando le ayudó, al estallar la guerra, a meter en sacos los libros de su padre. Tenía un montón de recuerdos conocidos por mí remotamente que se me hacía extraño verlos físicamente. Me sorprendía esa coincidencia del tiempo y el espacio, mía con él discípulo directo de Ortega y con esos objetos supervivientes de un mundo ya tan lejano y distinto del que procedían.

Me chocaba también el recuerdo tan actual y normal que tenía de Ortega; lo que para él era su vida de primera mano, para mí eran sucesos de personas admiradas, pero por completo desconocidas y ajenas.

Don Paulino se congratulaba todavía de no haber hecho caso a José Gaos, quien le intentó disuadir de que fuera, el curso de 1935-1936, a las clases de Ortega, recomendándole que esperara “a estar más preparado”. “Fíjese si le hubiera hecho caso”, decía incrédulo de la posibilidad loca e impensable de haber cometido el disparate de no asistir a aquellas clases que cambiaron y llenaron de sentido su vida. Y ahora cabe decir, igualmente, que para Ortega ese alumno, de último año, cambió el destino de su obra y hoy sería impensable también para Ortega no haber coincidido con él. Es, desde luego curioso que, tras 25 años impartidos en la cátedra de metafísica, fuera del último curso de donde saliera el discípulo que consagraría su vida a su obra, como si fuera propia.

Se dice que no hay nadie imprescindible, pero es un hecho que Paulino Garagorri ha resultado imprescindible para Ortega y, por tanto, para todos los lectores de Ortega. La obra de Ortega no sería la que es sin Garagorri. No sólo cuantitativamente se dobló el tamaño al publicar póstumamente los manuscritos, sino que la visión que se tendría de ella sería muy distinta respecto a su importancia. Muchos de los textos más importantes —paradójicamente por importantes—, no los publicaba; los anticipaba en sus cursos y conferencias para confrontarse él mismo con ellos, pero le requerían mayor maduración para ser publicados, y los dejaba para otro momento que tuviera la calma necesaria.

“De los pocos” fue la dedicatoria que le hizo Ortega a don Paulino. Supongo que antes pondría su nombre, creo recordar que sólo el apellido, algo como “A Garagorri. Uno de los pocos”. Don Paulino me la enseñó pletórico. No le podía gustar más esa dedicatoria, le llenaba por completo su sentimiento de haber sido reconocido, con justicia y verdad, por su apreciado maestro. Me gusta ver cómo es la vida, que muchas veces sólo se comprende en retro. En ese momento nada sabía Ortega de la importancia que tendrían esas pocas palabras para su discípulo, menos de la dedicación absoluta con que se iba a entregar a la edición, divulgación y estudio de su obra; ni, por tanto, de ningún modo, de la importancia que tendría don Paulino para él y de la verdad que estaba diciendo hasta el punto que, por su trabajo, ha pasado de ser “uno de los pocos” al único, y sin par, discípulo-editor de su obra y, como primer editor de la obra póstuma, en alguna medida también co-creador porque son infinitas las decisiones que tuvo que tomar para acercarse a la mayor fidelidad de lo que Ortega hubiera deseado hacer con su obra sin publicar, y esto sólo lo podía hacer alguien que se consagrara por completo a estudiar en profundidad su obra y cuanto trata en ella.

Se lamentaba, como si hubiera pasado ayer, de que el médico que operó a Ortega, a la vuelta de su último verano, se limitara a abrir y cerrar, sin atreverse si quiera a hacer al menos una limpieza como le hicieron a su mujer, quien ganó con ello un año de vida, y que creía que le había merecido la pena, decía con humildad. “En la vida de Ortega un año era mucho”, y decía el “mucho” con toda la fuerza, como si el vocablo “mucho” no alcanzara a expresar lo “mucho” que significa. Creía que fue un exceso de precaución por parte del médico precisamente por tratarse de Ortega. Me sorprendió como 50 años después seguía dando vueltas al fallecimiento de Ortega, como si fuera un suceso reciente que uno examina para ver cómo podía haber sido de otra manera.

La pérdida irreparable, sin consuelo que, al fallecer Ortega, sintieron tantos la pude ver perfectamente en don Paulino. Una lealtad inamovible pasados los años, y también pasados desencuentros y sinsabores ingratos pues, como pasa con casi todo en esta vida, incluso trabajando con devoción fiel, no todo son facilidades y reconocimientos.

Recordaba que Ortega no sospechaba para nada su fin tan próximo un par de meses antes. Me contó que Ortega le visitó a Balmaseda al final del verano y que fueron de excursión a las Cuevas de Altamira y que estaba animadísimo, lleno de proyectos, que le dijo que estaba trabajando en el origen del lenguaje, y del hombre.

A Ortega le faltó tiempo, eso para don Paulino era una verdad incuestionable, que sentía profundamente y no llegaba a aceptar. Creo que este pesar lo compartía con el propio Ortega; quien debió de ver en sus últimos días con sorpresa que ya estaba hecho lo que estaba hecho; que la vida le dijo inesperadamente: hasta aquí; cuando, sin embargo, le quedaba tanto por hacer. Hoy espero que tenga, allí donde esté, un sentir distinto, que se dé cuenta de la gran obra que ha dejado, y que gracias a la labor de don Paulino se ha podido manifestar plenamente. Y que, pese a su enormidad todo abarcadora, es de una claridad y profundidad sin precedentes; como tan anticipada a su tiempo que todavía no han llegado los humanos que la entiendan ni la pongan en práctica. Por lo cual todavía, a un siglo pasado, está desbordadamente sobrada. Por lo que no tiene que lamentar esa falta de tiempo. E igualmente espero que así lo vea también don Paulino que tenga toda la paz respecto de la plenitud de la vida y obra de Ortega; y gran satisfacción respecto a su contribución enorme, que ciertamente alargó la vida de su maestro, y extendió su obra. Hizo por él, trabajó por él cuando él ya no podía.

Paulino Garagorri sabía que dedicó su vida a una persona y una obra que él sentía inseparables y que le constaban como algo extraordinario. “Extraordinario” era el calificativo que daba a cada texto de Ortega del que hablara. Recuerdo que me pidió por favor que le llevara la serie de artículos “Naturleza, espíritu e historia”, publicados en el diario La Nación de Buenos Aires, en 1937, y cuando se los di los examinó con suma atención, acariciando las fotocopias, como si efectivamente tuviera algo extraordinario en sus manos. “Todavía pensé, sigue fascinado con Ortega”. Consideraba en lo más valioso posible la obra de Ortega y, en consecuencia, cuanta obra o persona Ortega apreciaba. Recuerdo que de Simmel, me dijo lo mismo que de Freud: que Ortega lo apreciaba, y que “eso había que tenerlo en cuenta”; y de Fernando Vela que “era hombre valioso sin duda”: “Ortega confiaba en él”.

Otro recuerdo que me viene al pensar en don Paulino es el cuidado que tenía de la palabra. Su palabra era de precisión rigurosa. Cuando recordaba algo que le parecía importante que tuviéramos en cuenta, utilizaba la palabra “conviene”: “conviene que lo localicen”, “convendría verlo”, “conviene que lo sepan”; expresaba delicadamente algo que para él tenía una gran importancia, pues de no ser así, precisamente por la precisión de palabra, no lo mencionaría.

Estas visitas las hacía a la vista de unas lechuzas atentas, que debía coleccionar al igual que hacía Ortega, y que tenía repartidas por las estanterías. Los ojos alerta, interesados por captarlo todo de don Paulino corroboraban, encarnaban y se sumaban a los de aquellas figuritas, y hacían ver lo que vieron los griegos en ellas cuando adoptaron a esa ave para representar la inteligencia. Eso me parecía don Paulino un hombre despierto por inteligente, fiel a la verdad, que para él eran Ortega y su obra.

Descanse en paz don Paulino junto a su maestro.