Isabel Ferreiro
“El abandonarse, el «de cualquier manera», el «lo mismo da», el «poco más o menos», el «¡qué importa!», eso es la chabacanería“. Y “lo contrario de la chabacanería es estar en forma“.
Así, “es condición de toda realidad pasar por estos dos aspectos de sí misma: lo que es cuando es con plenitud o en perfección y lo que es cuando es ruina”. Y “al ser con plenitud y en perfección le llamaremos «ser o estar en forma». Y así opondremos el «ser en forma» al «ser ruina»”.
Igualmente, “cabría resumir las dos actitudes vitales más antagónicas que existen diciendo que para la una —la noble, exigente— el ideal de la existencia es no abandonarse, eludir la orgía, al paso que (…) la otra —la popular—” oscila entre “dos extremos, uno de los cuales consiste en entregarse al abandono, inercia o quietismo, y otro el lanzarse a una hiperacción inauténtica” y “a la emoción invasora”: a “la pasión, el rito o el alcohol, el frenesí y la inconsciencia”; lo cual “sirve de estupefaciente para desoír su profunda insatisfacción”.
“Lo orgiástico, el abandono es característico”, pues, “de lo popular en todo orden”. “Cada cual siente la delicia de evadirse”, de “arrojar los yugos de las normas” y “sentirse dueño del propio destino”. Y “ve en aquella abolición un permiso para echar los pies por alto, ponerse fuera de sí y entregarse al libertinaje”. Y hasta es emblemático de nuestra época que el vulgar “proclame e imponga el derecho de la vulgaridad” dondequiera.
Pero pasa que el hombre —obligado siempre a hacer algo—, sin instancias a qué recurrir —”quitada la norma que fijaba las ocupaciones y las tareas”— y, por tanto, “a la buena de Dios, en abandono al cariz de la hora, con una espontaneidad vegetal”, resulta que vaga somnolente, a falta de “un quehacer propio, una ocupación formal, una tarea con sentido“, y ve reducida la vida “a una serie de actos reflejos, de reacciones inarticuladas”.
Y, además, “encuentra ante sí criaturas para quienes vivir es lo contrario de abandonarse”, de estar sin riendas “a un «¡allá va todo!»”: “que entienden la existencia como un constante reobrar sobre sí”, “un constante alerta sobre todo primer movimiento y una crítica vigilante de todo lo habitual, usadizo y que se hace porque se hace”. Y esto porque “la espontaneidad requiere selección para dar paso sólo a lo que es valioso y moldearse en cierta figura ideal de humanidad”.
Y es que “la forma tiene que ser conquistada: lograrla supone que el individuo se ha recogido y concentrado sobre sí mismo, que ha practicado un entrenamiento, que ha renunciado a muchas cosas, que vive sobre sí, alerta, tenso, elástico. No le es nada indiferente, porque cada cosa, o es favorable a la forma o la hace bajar, y en vista de ello la procura o la evita”. De aquí que toda creación comience “por ciertas heroicas y elegantes renuncias“.
Y, en efecto, “para crear hay que mantenerse perpetuamente en entrenamiento“; pues “todas las cosas valiosas que se han hecho en la Historia han nacido de esa disciplina dura, vibrante, que no consiente el menor abandono y flojera, la disciplina que reina en las plazas sitiadas”.
Y este “mejoramiento reflexivo”, esta “afanosa preocupación” por la vida propia, por uno mismo, supone no abandonarse un momento. Por tanto, “estar en forma es no abandonarse nunca en nada“.
“Harto conocida es a ustedes la fabulosa diferencia que hay entre un jugador cuando está en forma, y el mismo cuando está fuera de ella. Diríase que no son la misma persona: tal distancia notamos entre lo que es capaz de hacer en un caso y en el otro”. Así, “el arte de no abandonarse, antes bien, de buscar siempre para el gesto y el verbo la norma mejor que debe regularlos” permite pulir y elevar la vida.
Para ello, para vivir en este perpetuo entrenamiento es preciso sentir constantemente el aguijón que nos incite a sacar nuestra capacidad, “no basta para sostenerlo la buena voluntad”. Y “¿qué facultad puede encargarse de esa discriminación y de esa crítica íntima” que dé “batalla a la sinceridad —si ésta quiere decir el abandono, el dejarse ir”—? Además, habrá quien tema que se corre el riesgo de detener la “fluencia auténtica”, la naturalidad, la gracia.
A ello Ortega responde que se trata de sostener “una extraña lucidez” sobre sí que se vigila sin frenarse; de modo que la vigilancia resulta tan “espontánea como la espontaneidad misma, algo así como lo que llamamos «buen gusto» o en música «buen oído», dotes que no son reflexivas, sino que son también primeros movimientos”.
“Ya sé yo que esto irritará, porque enuncia una nueva disciplina íntima, inexorable y rigorosa, y las gentes que tan fáciles son hoy a alistarse en cómodas disciplinas, mecánicas y extrínsecas —necesarias, tal vez, como transitoria ortopedia—, en cambio, siguen detestando esta disciplina radical de la ética, que ata mucho más corto al hombre, y prefieren vivir en íntimo abandono, cimarrón y anarquía” y “libertarse de toda norma, de toda traba, de toda disciplina y cadena; como si el hombre no fuese hombre, precisamente porque se oprime y condensa a sí mismo, con sabias ligaduras, cosa de que es incapaz el antropoide“.
«Danzar» no es, sin más, moverse “a capricho sino ligado por la invisible cadena del compás”.
Textos citados: “[Variaciones sobre la circum-stantia]” (1912); “El deber de la nueva generación argentina” (1924); La deshumanización del arte e ideas sobre la novela (1925); [Discurso en el Parlamento chileno] (1928); La rebelión de las masas (1930); Misión de la universidad (1930); “Temple para la reforma” (1939); “Meditación de la criolla” (1939); El hombre y la gente [Curso de 1939-1940]; La razón histórica [Curso de 1944]; Idea del teatro (1946); “Preludio a un Goya” (1946); En torno a Galileo (1947); Papeles sobre Velázquez y Goya (1950); “En torno al coloquio de Darmstadt, 1951” (1952).

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