Isabel Ferreiro
“La enfermedad mortal (…) se llama frivolidad“; la cual no consiste en entregarse “desapoderadamente a las diversiones”, risas, danzas y burlas. ¡Ojalá! “No; frivolidad es simplemente una perversión de la sensibilidad, y consiste en haber perdido la perspectiva de la emoción. Como hay enfermos de la visión que ven los objetos lejanos de mayor tamaño que los próximos, hay enfermos del sentimiento incapaces de honda conmoción ante un hecho grave y que se irritan, en cambio, por una menudencia“.
“¡Cuántos habrán asistido más de una vez a esta secreta escena en sus corazones!” al hallarse “cuando muere una persona a quien creían querer, estimar o admirar (…) sorprendidos por la lenidad de su dolor”; y aterrados de sí mismos se apresuran “a tapar con ficciones esta fugaz revelación de su ser íntimo y verdadero”.
“No hay enfermedad espiritual más honda que esa falta de jerarquía en los valores afectivos con que respondemos a las cosas. No hay perversión más repugnante, porque no la hay en que lo pervertido sea más interno, más inseparable de la personalidad”.
Y es que se “ignora de tal suerte el sentimiento de la dignidad personal, que (…) se liberta de sus aprietos sobre el prójimo que acaso tiene a su vera”, y en cambio indignado se lanza a la calle en manifestación para que se haga justicia con el ajeno.
“Errores de este calibre implican alguna grave frivolidad” “que lleva a confundir muchas cosas”. Y, de puro eludir toda seriedad y no afectarnos apenas nada, un día, por azar, lanzados a una postura caprichosa, nos vemos protestando en la calle por una aguja en un pajar. No podemos saber ya qué es lo que nos importa ni qué lo importante: “Es el no entenderse a sí mismo“.
Dada esta “capacidad de frivolidad inherente a todo el organismo social”, pasa como a “aquella carbonera de París, en víspera de revolución” que “decía a una marquesa: «Ahora, madama, yo iré en carroza y usted llevará el carbón»”. No se desea la reparación de la injusticia, ni siquiera se sabe qué hacer con la carroza, pues “el automóvil y la querida no adquieren su valor sino sobre un fondo de terrible aburrimiento y vacuidad del ánimo”.
“El hombre contemporáneo es enormemente frívolo (…) convierte en frivolidad cuanto mira y vacía lo más lleno“, pues “no ve en las más altas montañas sino llanuras”. Y, así, al producir ocasionalmente “de tan nimio origen tanta perturbación” viene a cubrir al menos por esta ocasión su falta de sentimiento, su falta de sentido.
Y “hay frivolidad dondequiera que alguien —individuo o pueblo— no viva encajado en su propio e intrasferible destino, es decir, en su quehacer. Todos —unos más, otros menos— nos damos cuenta de que estamos fuera de nuestro quicio”, de “la sinceridad de ser lo que verdaderamente se es”.
“Cuando la historia de un pueblo marcha ya sobre carriles (…) pueden impunemente el individuo o el grupo concederse un margen de distracción y aun de frivolidad en la conducta pensando que sus actos públicos no tendrán consecuencias ni muy importantes ni muy graves”; “pero en una hora” en que “lo estatuido es aún tan tierno” que “tiene que ser sostenido y alimentado por nuestros propios actos, es preciso que cada uno de éstos (…) vayan inspirados por un sentido casi patético de responsabilidad“.
“Política es el conjunto de problemas que es preciso aceptar. (…) No es cuestión de albedrío. Pretender escoger unos y eludir otros equivale a ignorar que la vida no tolera el capricho” porque “cada uno de sus problemas envía una raíz a la raíz de nuestro corazón“.
Textos citados: “¡Libertad, divino tesoro!” (1915); Sistema de la psicología (1915); Introducción a los problemas actuales de la filosofía (1916); “Los problemas concretos” (1931); La razón histórica [Curso de 1940]

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