La génesis y culminación de todo amor es un ímpetu de comprender

Isabel Ferreiro

La génesis y culminación de todo amor es un ímpetu de comprender“. Y así “llámase en un diálogo platónico a este afán de comprensión «locura de amor»”.

“Yo desconfío del amor de un hombre a su amigo o a su bandera cuando no le veo esforzarse en comprender al enemigo o a la bandera hostil”.

“A la moral perversa, rígida, y utilitaria que sólo pretende el cumplimiento material de normas se opone “la moral integral para quien es la comprensión un claro y primario deber. Merced a él crece indefinidamente nuestro radio de cordialidad, y, en consecuencia, nuestras probabilidades de ser justos. Hay en el afán de comprender concentrada toda una actitud religiosa”.

“¿Es, por ventura, demasiado oneroso este imperativo de la comprensión? ¿No es, acaso, lo menos que podemos hacer en servicio de algo comprenderlo?”

Así, “el hombre de vida profunda, por tanto, muy metida en sí, por tanto, muy solitaria —la autenticidad de una vida se mide por su dosis de soledad—, siente en ese contacto con la víscera de otra existencia humana una formidable incitación”. Y este “hombre generoso, cuya vida vive de raíces profundas, siente el afán de penetrar en otras vidas, bien en lo hondo de ellas, en su verdad oculta —de entenderlas y no de juzgarlas“.

El que juzga no entiende. Para ser juez es preciso hacer previamente la heroica renuncia a entender el caso que se presenta a juicio en la inagotable realidad de su contenido humano. La justicia mecaniza, falsifica el juicio para hacer posible la sentencia. No es, pues, extraño que del inmenso volumen de la historia universal se puedan espumar tan pocos nombres de jueces inteligentes. Aunque personalmente lo fueran, su oficio les obligó a amputar su propia perspicacia. Éste es el triste heroísmo del juez, sin el cual la convivencia humana no resultaría posible. Vaya nuestro respeto a esa dolorosa profesión; pero de paso detestemos a los que sin ejercerla se constituyen tan fácil y alegremente en jueces de afición”.

Igualmente pasa a la noticia y la erudición: que se quedan sin comprender; pues “toda la sabiduría de hechos es, en rigor, incomprensiva”. Por ello, “considero que es la filosofía la ciencia general del amor”; pues “dentro del globo intelectual representa el mayor ímpetu hacia una omnímoda conexión”. Frente a la labor de recolectar hechos sueltos, que dejan intacto lo esencial, la filosofía aspira a una única proposición que contenga en ella la verdad completa. “Tanto que se hace en ella patente un matiz de diferencia entre el comprender y el mero saber. ¡Sabemos tantas cosas que no comprendemos!”.

Con todo, “entre las varias actividades de amor sólo hay una que pueda yo pretender contagiar a los demás: el afán de comprensión”. Y, así, “yo quisiera proponer (…) a los lectores (…) que expulsen de sus ánimos todo hábito de odiosidad y aspiren fuertemente a que el amor vuelva a administrar el universo”. “Y, por mi parte, he de confesar que, a la mañana, cuando me levanto, recito una brevísima plegaria, vieja de miles de años, un versillo del Rig-Veda, que contiene estas pocas palabras aladas: «¡Señor, despiértanos alegres y danos conocimiento!». Preparado así, me interno en las horas luminosas o dolientes que trae el día”.

Textos citados: Meditaciones del Quijote (1914); “Prólogo a una edición de sus obras” (1932).


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