La mayor gracia de la vida es la naturalidad con que, en todo instante, nos entreteje el esplendor y la miseria

Isabel Ferreiro

Mi voz “camina indefensa con anhelos y humildades de can sin dueño, segura de recibir duros empellones compensados por vagas caricias”. Ya se “habrá tropezado mi voz y se habrá hecho daño contra más de un alma hermética, resuelta a no escuchar”; pero también, en el mismo instante, “habrá encontrado desde la segunda palabra almas que le ofrecen generosas su porosidad”.

“Así es siempre la vida y ésta es su mayor gracia —la naturalidad con que ella, gran hilandera, en todo instante nos entreteje el esplendor y la miseria“.

Y es su mayor gracia porque son dos caras necesarias de la moneda que es la vida, sin una no puede haber la otra. Así, “sin tonto no hay brillante“, dice hoy Alejandra Casado. Igualmente, Ortega había visto que el perspicaz “se sorprende a sí mismo siempre a dos dedos de ser tonto; por ello hace un esfuerzo para escapar a la inminente tontería, y en ese esfuerzo consiste la inteligencia”.

“El aforismo «de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso» formula” el “peligro que amenaza genuinamente al héroe“, al hombre que toma un camino nuevo: el suyo. Puede conocer el esplendor, pero anda siempre a dos dedos de caer en el fondo de la miseria que es el ridículo.

Si bien “normalmente los animales son felices. Nuestro sino es opuesto. Los hombres andan siempre melancólicos, maniáticos y frenéticos, maltraídos por todos estos morbos que Hipócrates llamó divinos. Y la razón de ello está en que los quehaceres humanos son irrealizables. El destino —el privilegio y el honor— del hombre es no lograr nunca lo que se propone y ser pura pretensión, viviente utopía. Parte siempre hacia el fracaso, y antes de entrar en la pelea lleva ya herida la sien”.

Perodefinir la vida humana por su lado triste y deficiente, aun siendo verídica, es parcial. Parece evidente que si fuese sólo eso —defecto y esencial desventura—, al llegar a ella el hombre la abandonaría”. Por ello, si sigue en ella, si vive, es que acepta el defecto, la desventura, la dificultad y el absoluto riesgo que ella es. Y entonces... ¡Ah!… convierte la desdicha “en tarea entusiasta que se acepta, esto es, en aventura y empresa“.

Así, “en mi interpretación de la vida transparece la unión indisoluble, la mutua necesidad de venir a síntesis, de las dos grandes verdades históricas sobre ella: la cristiana, para quien vivir es tener que estar en un valle de lágrimas, y la pagana, que convierte el valle de lágrimas en un stadium para el ejercicio deportivo”.

La vida es angustia y entusiasmo y delicia y amargura e innumerables otras cosas. Precisamente porque es, desde luego y en su raíz, tantas cosas no sabemos qué es”.

Por lo que, “a lo largo de su vida le va sabiendo su vivir a todo hombre con los más diversos y antagónicos sabores”, entre “alegrías y sufrimientos“.

De aquí el “lema de cosmopolitismo humanitario” y “de todo espíritu revolucionario”: «Soy hombre y nada humano me es ajeno». No hay hombre que sólo conozca la miseria ni hombre que sólo conozca el esplendor y, de aquí, que tampoco se pueda tirar la primera piedra.

Y es que “no hay adquisición humana que sea firme. Aun lo que nos parezca más logrado y consolidado, puede desaparecer”.

Así, el dicho popular “que canta el joven campesino andaluz (…): Anda, ve y dile a tu madre, si no me quiere por pobre, que el mundo da muchas vueltas y ayer se cayó una torre…”


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