La renovación no es innovación sino, al revés, volver a ser con toda pureza lo que al principio se fue

Isabel Ferreiro

La renovación no es innovación sino, al revés, volver a ser con toda pureza lo que al principio se fue“.

“Así, es la restauración la vuelta metódica a lo que no parece nuevo; si usted quiere, a lo viejo, mas no por amor a esta vejez, sino para tomar de ella nuevamente arranque hacia más fértiles derroteros”.

El reaccionario, en cambio, es suicida, denota “cierta nostalgia de no ser piedra”, pues “nos propone que aceptemos una antigua forma social, intelectual, literaria, etcétera, por ella misma, para quedarnos en ella definitivamente sin aspiración a cambiar, con aspiración más bien a no cambiar. Por eso la reacción me parece la enemiga nata de la cultura“, y del espíritu. Pues “el espíritu no es una cosa quieta y cristalizada, sino una fluencia y un cambio, un superarse incesantemente a sí mismo, un morir para renacer”.

Así, “las dos máximas enfermedades sociales en el orden político son la revolución y la tiranía”: “el conservatismo inmovilizador y paralítico” que “es la causa más cierta de las convulsiones y frenesíes revolucionarios“. Por ello, “en la sociología se trata de eliminar el movimiento social discontinuo que es tan absurdo como el movimiento físico continuo“.

Y es que “la sociedad está en todo momento constituida por cierta mínima estructura real con la cual, quiérase o no, hay que contar. El sistema de los usos, sustancia de la sociedad, no cambia de golpe sino poco a poco, modificando hoy tal o cual de sus componentes pero conservando el resto y en continuidad con él”.

El revolucionario siente nostalgia de Adán y cree poder ser un primer hombre. Pero el primer hombre es sólo hombre en germen, balbuceo de humanidad, no es casi un hombre, es casi un gorila que es a lo que acaba siempre pareciéndose el revolucionario“.

Frente a ello, “Augusto Comte crea la sociología; precisamente porque cae en la cuenta de lo absurda que es la idea, en que los hombres de su tiempo estaban y los de hoy siguen estando, de que con una sociedad se puede hacer lo que se quiera” —”innovando a tontas y a locas” y, para colmo, “con pretensiones de hacer algo definitivo”.

Pero como ve bien Buckle en su Historia de la civilización inglesa, “«El legislador no tiene ante sí más que una vía segura: considerar que todo el arte de su profesión consiste en aplicar expedientes transitorios a eventualidades transitorias»”.

“Entre los Thonga de Sud-África está prohibido a las mujeres beber otra agua que la del sitio en que nacieron. Cuando viajan —y su vida es en parte nómada o vagabunda— llevan un poco de esa agua, diríamos, patria en una calabaza que al mezclarse con la nueva de que la llenan en otros sitios, da a esta agua extranjera una cierta continuidad e identidad con el líquido nativo. Lo mismo los hombres: al llegar a un nuevo país durante los primeros días mezclan con el alimento allí logrado un poco de tierra de su patria. A mí esto me parece un símbolo exacto y conmovedor de lo que es —quiérase o no— toda sociedad, a saber, cambio pero cambio en continuidad. Pero continuidad no significa estabilización e inmovilidad: es ser hoy un poco de otra manera que ayer pero manteniendo la solidaridad con el ayer, continuando el pasado —no pretendiendo soltarse de él sin más y dejarlo al borde del camino como la serpiente su camisa. El pasado no es nuestra camisa, sino todo lo contrario, nuestra entraña. Un hombre o un pueblo sin pasado sería un hombre o un pueblo sin entrañas. Querer extraernos las vísceras que son el pasado y liberarnos de ellas equivale a practicar harakiri histórico”.

Que el pasado “sea perfecto o imperfecto es lo de menos“, porque no se trata de “alabar ni censurar” sino simplemente de “rememorar, recordar, volver a traer al corazón las imágenes del pasado”. “Recordar no es juzgar, no es sentenciar sino la noble necesidad de todo espíritu (…) de reavivar frecuentemente las porciones de sí mismo que ya no son presente, que forman su base y su raíz —como la llanura de la montaña”.

Éste es el sentido que para los antiguos tenía la divina palabra piedad, pietas —que luego ha descendido hasta significar yo no sé qué afecto de quejumbre y conmiseración. Piedad, eusebia, era la virtud que el griego y romano se creían obligados a ejercitar respecto a su pasado, a sus antepasados, en suma, a la patria o tierra de los padres“.

Textos citados: “[Homenaje a Segismundo Moret]” (1914); En torno a Galileo (1947); El hombre y la gente [Curso de 1939-1940].


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