Isabel Ferreiro
“Yo desconfío del amor de un hombre a su amigo o a su bandera cuando no le veo esforzarse en comprender al enemigo o a la bandera hostil”.
¿Por qué dirá esto Ortega? Yo diría que porque, cuando uno es muy intolerante con el enemigo, sólo es amigo de quien piense como él, o le dé la razón; y esto sabemos que no es amor ni amistad.
Con lo que tampoco es tan común el amor o la verdadera amistad hacia el “amigo”, como podemos creer. Pues, para ello, es preciso cultivar la “virtud de porosidad” anímica que Ortega recomienda a sí “mismo y a todos los demás”; consistente en el interés en sumergirnos “en otro ser, persona, obra o cosa”. Lo cual —dice— es “un acto de rebosante vitalidad”: “un lujo vital, una aventura íntima y un riesgo”; porque supone “brincar fuera de sí“, “salir de uno, hallarse fuera de sí mismo”.
Y es que, como la vida consiste en lo que a cada cual y sólo a él acontece, no es posible ver la del otro si no se traslada uno, por casi mágica transmigración, desde sí mismo al centro que es el otro individuo”. Lo cual “supone, pues, la transitoria negación que hago de mí mismo para intentar renacer en el prójimo”; y, de paso, aceptar que fuera de nosotros pueda haber “aún algo bueno por descubrir”.
Pero, claro, vemos que hay que tener ganas de “ampliar nuestra morada interior”, de “dejar momentáneamente de afirmar nuestros rasgos distintivos”, y simular sentir “lo que es nuestro hermano”. Y esto si ya cuesta con el amigo, más con el enemigo.
Ortega nos anima, ve que toda vida, mirada desde su interior, “es legendaria, ni más ni menos la humilde que la ilustre”; y por tanto, igualmente, la del amigo que la del enemigo.
Pero es un hecho que hay almas “herméticas, cerradas a lo exterior, sin curiosidad”, como también pueblos y razas cerrados y soberbios.
“Cuando Don Juan II va a casar a su hijo con Doña Blanca de Navarra, pasa esta Princesa con su madre la Reina por Briviesca: «Allí —dice la crónica— le estaban fiestas aparejadas e le fue hecho muy solemne recibimiento por todos los de la villa, sacando cada oficio su pendón e su entremés lo mejor que pudieron, con gran gozo y alegría, e después de éstos venían los judíos con la Tora e los moros con el Alcorán», etcétera”. Por lo que “el judío y el moro son para este hombre realidades con pleno derecho, en su rango y puesto determinado —dentro del jerárquico pluralismo del universo. Lo que no se le ocurriría a un hombre de comienzos de este siglo es suprimir al judío o al moro”.
“Esto se le ocurrió a la generación de los Reyes Católicos —la generación de 1450. ¡Qué casualidad! ¿Quiénes son de esa generación? Fernando nace en 1452, que es justamente cuando nace Leonardo, y en torno a 1462 Erasmo y Maquiavelo. Basta. Es la primera generación moderna. Y, en efecto, la expulsión de judíos y moriscos es una idea típicamente moderna. El moderno cree que puede suprimir realidades y construir el mundo a su gusto en nombre de una idea. En este caso es la idea del Estado que los Reyes Católicos inician”.
“Los hombres actuales no podemos casi ni comprender la sustancial tolerancia del hombre medieval”. Ahora “cada cual es el peludo Robinsón de su vida desierta”. Y “de aquí que, instalado el individuo en su solipsismo vital, tienda a cegarse para las existencias ajenas”.
Hace falta, pues una re-forma, que “—a diferencia del espíritu revolucionario—, es el retorno a la forma primitiva”, no “innovación sino, al revés, volver a ser con toda pureza lo que al principio se fue”. Pues “cerrado el futuro” —en tanto “nada de lo que es se puede de verdad destruir”—, y siendo “forzoso algún cambio, sólo es posible el retorno”: volver a contar con todos.
“Excluir toda exclusión“; pues si, como vimos otro día, “toda autentica política postula la unidad de los contrarios”, hoy vemos que toda auténtica amistad postula la comprensión de los enemigos.
“Colocarse de un lado o de otro ha de entenderse como una dolorosa fatalidad”; estamos ya cansados de luchas demasiado viejas, demasiado perniciosas. Es el magno deber “ir adobando, tras la variedad de los hombres, la unidad humana“; “buscar la sustancia colectiva, homogénea e idéntica”, hasta recordar su comunidad radical.

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