El hombre no es en verdad sí mismo sino en su soledad

Isabel Ferreiro

“El hombre no es en verdad sí mismo sino en su soledad“. Y “es que el hombre de vida profunda, por tanto, muy metida en sí” es “por tanto, muy solitaria”; por lo que “la autenticidad de una vida se mide por su dosis de soledad“.

“Con no poca razón medía Nietzsche el valor de cada individuo por la cantidad de soledad que pudiese soportar”. Así, “cuando el hombre se queda en efecto y radicalmente solo consigo se encuentra con que en el fondo de su soledad brota la fuente de la verdad”.

Y esto: que “el hombre no descubre la verdad sino en la soledad consigo (…) no es nada vago, misterioso ni místico”. Pues, adquirir la evidencia de cualquier cosa, como de que “«dos y dos son cuatro y no son ni tres ni cinco», eso tengo que hacérmelo yo”. “Y como esto acontece con mis decisiones, voluntades, sentires, tendremos que la vida humana (…) es esencialmente soledad, radical soledad“.

Y es que “lo más valioso, última potencia del espíritu, es lo que tarda más en formarse dentro de la persona” —la intimidad— “comprende sólo los pensamientos que el individuo crea o recrea por sí, las actitudes morales que nacen con plena independencia en la soledad original de su ser, aparte de los prójimos”: “y es lo que estimamos”. Por ello, “poco puede estimarse a la persona que no ha descendido alguna vez a ese fondo último de sí misma, donde se encuentra irremediablemente sola”. Pues, de hecho, “sólo cuando el hombre posee en su fondo (…) criterios propios, (…) es plenamente una persona“.

“La soledad, hora tras hora goteando sobre el alma, hace faena de forjador sobre ella. La soledad tiene algo de herrero trascendente que hace a nuestra persona compacta y la repuja. Bajo su tratamiento, el hombre consolida su destino individual y puede salir impunemente a la calle sin contaminarse por completo de lo público, mostrenco, endémico. En el aislamiento se produce de manera automática una criba y discriminación de nuestras ideas, afanes, fervores, y aprendemos los que son de verdad nuestros y los que son anónimos, ambientes, caídos sobre nosotros como la polvareda del camino”.

Y es que, “en silencio, en soledad consigo, con plena autenticidad”, “el primero en desaparecer es ese yo, ese sí mismo, que uno creía ser”; y entonces “la soledad se convierte en lo que bellamente llama San Juan de la Cruz, la «soledad sonora»” porque “es cuando las cosas comienzan a decir dentro del hombre su verdad —comienzan a revelarnos lo que en verdad son”.

“En la sociedad, en la compañía, en las ocupaciones habituales tenemos las cosas, usamos de ellas, abusamos de ellas o ellas de nosotros —pero no tenemos su ser, su verdad”. Por ello, “normalmente no me doy cuenta de mi vida auténtica, de lo que ésta es en su radical soledad y verdad, sino que vivo presuntamente presuntas cosas, vivo entre interpretaciones de la realidad que mi contorno social, la tradición humana ha ido inventando y acumulando”.

Por supuesto “hay algunas que merecen ser tenidas por verdaderas”, pero con cuenta y razón, porque, precisamente por ser interpretaciones, pueden ser erróneas e ilusorias. “De hecho, la inmensa mayoría de cosas que vivimos son, en efecto, no sólo presuntas sino ilusorias”; cosas que hemos oído “y, sin más análisis, exigencias ni reflexión, damos por auténticas, verdaderas o verosímiles”, y que luego repito mecánicamente.

Pero, con todo, “en la realidad auténtica del humano vivir va incluido el deber de la frecuente retirada al fondo solitario de sí mismo”: la necesidad “de poner bien en claro las cuentas del negocio que es su vida”, y llevarla “ante el tribunal de su vida auténtica, de su inexorable soledad”, pues sólo “en la soledad el hombre es su verdad —en la sociedad tiende a ser su mera convencionalidad o falsificación”.

En la soledad, no es “el pensador quien piensa y quien dice, sino las cosas mismas “quienes en él se piensan y dicen a sí mismas”. La inteligencia es “esta operación de esencial ventriloquía”: la «soledad sonora» de la vida”. Y esta técnica de “ensimismarnos en la intimidad personal de las evidencias”, de “libertarnos de la publicidad anónima de las palabras” y así “retroceder de las palabras a las cosas, a las realidades”, olvidando “a aquéllos con quienes hablamos y cambiamos palabras mismas”, “será la reforma radical de la inteligencia”.

Y, “cuando el hombre se queda solo, de verdad solo, ipso facto aparece Dios“. De modo que quedarse solo es “quedarse sólo con Dios”; pues, en la «soledad sonora» del alma, Dios “mana en nosotros como un hontanar desapercibido”.

Textos citados: “Musicalia” (1921), en El Espectador III; “Corazón y cabeza” (1927), en Teoría de Andalucía y otros ensayos; Goethe desde dentro (1927); “Socialización del hombre” (1930), en El Espectador VIII; “Prólogo a una edición de sus obras” (1932); “Sobre los Estados Unidos” (1932); “Lo que más falta hace hoy” (1935); El hombre y la gente [Curso de 1939-1940]; La razón histórica [Curso de 1944]; Idea del teatro. Una abreviatura (1946); Sobre una nueva interpretación de la historia universal. Exposición y examen de la obra de Arnold Toynbee: «A study of history» (1947); El hombre y la gente [Curso de 1949-1950].
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