Isabel Ferreiro
“Cuanto no es el hombre es más sincero que el hombre. De aquí que apenas nos hallamos solos en medio de un panorama natural unos dedos menudos e invisibles comienzan a tejer en torno nuestro ese misterio de la sinceridad, que une en un mismo tapiz animales, plantas y piedras. A poco, nos sentimos insertos en la vida unánime de los campos; el paisaje solitario va destilando quietud en nuestro pecho, armonía, benevolencia“.
“¿Por qué nos encontramos tan a gusto en la naturaleza? —se preguntaba Nietzsche. Y respondía: porque la naturaleza no tiene opinión acerca de nosotros. ¡Ah! ¡muy cierto! El hombre es siempre juez del hombre, cuando no es su enemigo. Ante el hombre que más nos estime, nos mantenemos siempre sobre aviso e inquietos, no sea que se descubra en nosotros algo nuevo, destructor de su estimación”. Y, como veíamos otro domingo, la sinceridad con el prójimo no es sino el gorila arrojando su opinión.
Pero hoy Ortega nos habla de la verdadera sinceridad, que no es con el otro como gusta pensar, sino con uno. De la verdad que sólo en soledad puedo conocer, y que no necesita ser contada porque es suficiente por sí. Pero que no es precisamente una cualidad frecuente del hombre.
“Al vivir he sido lanzado a la circunstancia, al enjambre caótico y punzante de las cosas: en ellas me pierdo (…) porque ellas me sacan de mí, me hacen otro (alter), me alteran y me confunden y me pierdo de vista a mí mismo. Ya no sé qué es lo que de verdad quiero o no quiero, siento o no siento, creo o no creo. Me pierdo en las cosas porque me pierdo a mí. La solución, la salvación es encontrarse, volver a coincidir consigo, estar bien en claro sobre cuál es mi sincera actitud ante cada cosa“.
Se trata, pues, de la necesidad que el hombre tiene periódicamente de retirarse, y en su soledad “poner bien en claro las cuentas del negocio que es su vida”. Y, así, en esa “retirada al fondo solitario de sí mismo”, exigir “a las meras verosimilitudes, cuando no simples embelesos e ilusiones en que vivimos (…) que nos presenten sus credenciales“.
Pues “en la soledad el hombre es su verdad —en la sociedad tiende a ser su mera convencionalidad o falsificación”.
Y “no importa cuál sea esta actitud: sabia o inerudita, positiva o negativa. Lo que importa es que el hombre piense en cada caso lo que efectivamente piense“.
“El campesino más humilde está a lo mejor tan en claro respecto a sus efectivas convicciones, tan encajado en sí, tan cierto de lo que piensa sobre el reducido repertorio de cosas que integran su circunstancia, que no tiene apenas problemas”. Pero “ya quedan pocos de estos campesinos, porque ha llegado a ellos la cultura, el tópico, lo que el otro día llamábamos la socialización, y empiezan a vivir de ideas recibidas y empiezan a creer cosas que no creen”.
“¡Adiós quietud profunda, adiós vida encajada en sí misma, adiós digna serenidad, adiós autenticidad! Como nuestro lenguaje popular dice agudamente, han sacado al hombre de sus casillas, le han sacado de quicio —no encaja en sí mismo“.
De modo que “la verdad es la regulación del organismo“. Y, en consecuencia, el exceso de ajetreo, sin apenas hacer un minuto pie en “el fondo insobornable de sí mismo” produzca en el hombre tanta confusión y desequilibrio internos.
Pues bien, el hombre demasiado «socializado» vive en falso, necesita “de una cultura auténtica. Pero ésta no puede iniciarse sino desde el fondo sincerísimo y desnudo del propio yo personal. Tiene, pues, que volver a tomar contacto consigo mismo. Mas su yo culto, la cultura recibida, anquilosada y sin evidencia, se lo impide. Esa cosa que parece tan fácil —ser sí mismo— se convierte en un problema terrible“.
Tan terrible que “el hombre se deja matar muchas veces por sostener su propia ficción“.
Hay, pues, “una gran cosa en el mundo que está moribunda, y es la verdad“. Porque “sin cierto margen de tranquilidad, la verdad sucumbe”.
Y, así, entre tanto ajetreo, de cosa en cosa, pasa que “el hombre es el único animal que se engaña a sí mismo” —como dice Paulino Garagorri.

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