Las mejores reacciones espirituales que enriquecen y pulen la persona necesitan calma, ocio profundo, un no hacer nada

Isabel Ferreiro

Las mejores reacciones espirituales que enriquecen y pulen la persona necesitan calma, ocio profundo, un no hacer nada para dejar que la milagrosa germinación se produzca”, como sucede con ciertas cristalizaciones en química, las cuales “sólo se producen en lugares quietísimos, exentos de toda trepidación, en el rincón más recóndito del laboratorio”.

“¡Recuerden todo lo que el hombre debe a ciertos grandes ensimismamientos! No es un azar que todos los grandes fundadores de religiones antepusieran a su apostolado famosos retiros. Budha se retira al monte; Mahoma se retira a su tienda, y aun, dentro de su tienda, se retira de ella envolviéndose la cabeza en su albornoz; por encima de todos, Jesús se aparta cuarenta días al desierto”. “La disciplina más alta reina sólo en las ciudades sitiadas”.

“Según el proverbio mogrebita, la prisa es del diablo, la quietud de Dios“.

Pero la “vida es la grande esencial inquietud. La vida no se sienta nunca, no tiene un ser fijo, dado y permanente”, está siempre pasando, siendo y des-siendo. Y lo que le es “natural al hombre es dispersarse, distraerse hacia afuera, como el mono en la selva y en la jaula del Zoo”. Así, si “el destino del hombre es primariamente acción“, “la pura acción permite y suscita sólo un encadenamiento de insensateces“.

“El Padre Schebesta, explorador y misionero, que ha sido el primer etnógrafo especializado en el estudio de los pigmeos, probablemente la variedad de hombres más antigua que se conoce”, dice en su última obra de 1932: «Les falta por completo el poder de concentrarse. Están siempre absorbidos por las impresiones exteriores, cuya continua mutación les impide recogerse en sí mismos, lo que es condición inexcusable para todo aprendizaje”.

El animal no puede retirarse de la naturaleza, porque no es sino ella; en cambio, el hombre puede salir de su circunstancia y meterse en sí; y en esa retirada solo consigo, desocupado de las obligaciones y necesidades, inventa: “hace fuego, hace una casa, cultiva el campo y arma el automóvil”.

El hombre pasa, así, cíclicamente, por tres momentos diferentes: “1.º, el hombre se siente perdido, náufrago en las cosas; es la alteración; 2.º, el hombre, con un enérgico esfuerzo, se retira a su intimidad, para formarse ideas sobre las cosas y su posible dominación; es el ensimismamiento (…) 3.º, el hombre vuelve a sumergirse en el mundo, para actuar en él conforme a un plan preconcebido; es la acción, la vita activa, la praxis“.

Pero “esa atención hacia adentro, que es el ensimismamiento, es el hecho más antinatural, más ultrabiológico. El hombre ha tardado miles y miles de años en educar un poco —nada más que un poco— su capacidad de concentración“.

“El hombre demasiado «cultivado» y «socializado», que vive de una cultura ya falsa, necesita (…) una cultura auténtica”; siente que le es preciso aislarse del contorno, el cual le “sujeta e incrusta en el orden utilitario de las realidades”, y ponerse en claro “desde el fondo sincerísimo y desnudo del propio yo personal. Tiene, pues, que volver a tomar contacto consigo mismo. Mas su yo culto, la cultura recibida, anquilosada y sin evidencia, se lo impide. Esa cosa que parece tan fácil —ser sí mismose convierte en un problema terrible“.

Sólo el que, en cierta medida, lleva la contraria a su tiempo puede estar satisfecho de sí mismo. Porque lo otro es declararse boya sin amarrar que flota a la deriva de las corrientes del tiempo”. Pero, para pensar lo que uno piensa, se precisa “un enérgico ensimismamiento” que atraviese la maraña de confusión. “Tal vez los destinos más selectos se han cumplido siempre a pesar, y más aún, merced a la hostilidad del ambiente”.

Y “de ese ensimismamiento sale luego el hombre para volver a la realidad, pero ahora mirándola, como con un instrumento óptico, desde su mundo interior, desde sus ideas”: desde su verdad. Y, a veces, la cambia.

Textos citados: “El problema de Marruecos” (1911); “Ensayo de estética a manera de prólogo” (1914); “Notas del vago estío” (1925), en El Espectador V; Introducción al presente (1928); “Sobre ensimismarse y alterarse” (1933); Ensimismamiento y alteración (1939); Ideas y creencias (1940); La razón histórica [Curso de 1940]; En torno a Galileo (1947).


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