La inmoralidad máxima es esa preferencia invertida en que se exalta lo mediocre sobre lo óptimo

Isabel Ferreiro

La inmoralidad máxima es esa preferencia invertida en que se exalta lo mediocre sobre lo óptimo“. Pero parece un hecho que las cosas buenas obtienen “sólo un pálido reflejo”, mientras que “las malas repercuten con increíble eficacia”.

“Nuestra nativa propensión a no creer en lo heroico” nos ha llevado a dudar de la realidad de acciones y sentimientos ejemplares ; y “un como plebeyismo ambiente nos ha formado “un caparazón defensivo” que nos “impide todo nuevo ingreso del exterior”.

No es casual. El hombre que se siente vulgar “proclama el derecho a la vulgaridad y se niega a reconocer instancias superiores a él”. A esto lo llamó Nietzsche “Ressentiment”.

Así, cuando un hombre se siente inferior en inteligencia, valor o elegancia, puede, en vez de intentar lograrlas, afirmarse negando aquello mismo en lo que se siente inferior. Pero esa negación no le libera y, cuando se queda a solas, le sale “del propio corazón bocanadas de desdén para sí mismo”.

Y es que la incapacidad para percibir la excelencia del prójimo, impide el perfeccionamiento del individuo“, y “conduce irremediablemente a una degeneración del tipo humano”.

“«¡Todos iguales!», ese terrible, negativo, destructor «¡todos iguales!», que se oye de punta a punta en la historia de España si se tiene fino oído sociológico. Esta democracia negativa es el natural resultado de una soberbia fundada en los valores ínfimos”. Al amparo de ella “se ha deslizado en la conciencia pública la perversa afirmación de todo lo bajo y ruin”; hasta llegar “al imperio indiviso de la descortesía”. Es la total inversión de los valores: se disminuye a lo superior, precisamente por serlo, “y en su lugar triunfa lo inferior”.

Si la democracia, como norma del derecho político, es cosa óptima; sin embargo, llevada al corazón, a la cultura, y al gesto “es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad”, pues es incapaz de proporcionarnos orientación alguna para la mayor parte de nuestra vida.

Pero vivimos rodeados de gentes que no se estiman, a los que “la igualdad ante la ley no les basta”, y quisieran que fuese decretada, también, “en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial”.

Y lo cierto es que “la época en que la democracia era un sentimiento saludable y de impulso ascendente” pasó. “Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones”. Pues “quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata: es plebeyo“.

Ortega nos anima hoy a que recuperemos la capacidad de admirar toda ejemplaridad, porque “admirar es encontrarme de nuevo”, como veíamos el otro día citando a Renan; y a que nos dejemos influir, hasta el eje mismo de nuestra persona, por lo excelente; porque, para mejorar, “es preciso antes admirar la perfección forastera“.

Textos citados: “Renan”, en Personas, obras, cosas (1916); “Democracia morbosa” (1917), en El Espectador II; “Muerte y resurrección” (1917), en El Espectador II; “El deber de la nueva generación argentina” (1924); Mirabeau o el político (1927); La rebelión de las masas (1930); Goethe desde dentro (1932).


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