Isabel Ferreiro
“La vida es tan rica en situaciones diferentes, que no cabe encerrarla dentro de un único perfil moral“.
“En vez de instaurar un solo perfil de corrección moral, anulando la riqueza del cosmos, el hindú respeta y acepta la maravillosa pluralidad del mundo”.
Así, en el hinduismo, “cada casta tiene un repertorio de acciones permitidas y obligadas, un dharma, a que es forzoso ajustarse”. De modo que “cada individuo puede llegar a la perfección dentro de su dharma”; “y, en principio, como indica Weber, admite una moral para el ladrón y la prostituta”.
Y, si bien “no hay acto alguno indiferente”, “lo bueno en un hombre es malo en otro“. Por ello, no midamos a nadie sino consigo mismo. Nadie es en comparación de otro, sino en comparación consigo, con el que está destinado a ser: él mismo plenamente, “encajado en sí mismo, en sus casillas”.
El hombre ha de ceñirse “en su destino, en su quicio: impedir su extravagancia, la cual suele ser vagancia, vida vacía, desolación”; pues “desde mi punto de vista, es inmoral que un ser no se esfuerce en hacer cada instante de su vida lo más intenso posible”.
De nuevo, nos encontramos con que “la norma superior, la más delicada, es una profunda y religiosa docilidad a la vida” y, por tanto, con que “el héroe es quien quiere ser él mismo“, llenarse hasta los bordes de sí mismo; dicho hoy de otro modo: “la ley última del universo” sería que cada cual se ajuste a su dharma.
“«El alma distinguida se tiene respeto a sí misma»” —cita Ortega a Nietzsche— porque ser fiel a uno mismo es el único acierto posible. Pero hay una moral pusilánime, mediocre, que rechaza al gran hombre porque le faltan “las maneras normales de comportarse”, “las virtudes menores, y padece menudos vicios”, nos advierte al estudiar el caso de Mirabeau. “La humanidad es como la mujer que se casa con un artista porque es artista y luego se queja porque no se comporta como un jefe de negociado“.
Por ello, “toda vida intensamente personal ha necesitado siempre segregar una personalidad ficticia, una especie de dermato psique que detenga y distraiga la hostil curiosidad de las gentes inferiores, a fin de poder, tras ese baluarte, vacar libremente a ser lo que se es”. He aquí la paradoja: para no falsificar uno su vida debe protegerla con un personaje más acomodado a lo establecido que tranquilice al entorno y, así, poder dedicarse a lo que le es propio. Lo dice expresamente Descartes en el Discurso del método: “Y así, viviendo en apariencia como los que no tienen otra ocupación que la de pasar una vida suave […] no dejaba yo de perseverar en mi propósito de no recibir cosa alguna por verdadera”.
La moral, pues, “no es una performance suplementaria y lujosa que el hombre añade a su ser para obtener un premio, sino que es el ser mismo del hombre cuando está en su propio quicio y vital eficiencia”.
De modo que el “hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por ello no vive su vida y por ello no crea ni fecunda ni hinche su destino. Para mí la moral no es lo que el hombre debe ser“, como si pudiera prescindir de serlo, sino el ser inexorable de cada hombre.
Textos citados: “El sobrehombre” (1908); Meditaciones del Quijote (1914); “Leyendo Le petit Pierre de Anatole France” (1916, en El Espectador III; “Divagación ante el retrato de la marquesa de Santillana” (1918), en El Espectador VIII; “Conversación en el golf o la idea del dharma“, en El Espectador IV (1925); Mirabeau o el político (1927); “Por qué he escrito El hombre a la defensiva” (1930); La rebelión de las masas (1930).

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