No es permanencia, sino moverse, la sustancia del hombre

Isabel Ferreiro

No es permanencia, sino moverse, la sustancia del hombre“. “Todo lo que se refiere a la vida humana, no es algo estático, sino que es un movimiento, un dinamismo. Nada humano está quieto”.

Se trata , pues, de que el hombre “se adapte a esa transitoriedad inevitable; y así, su instante perecedero tenga para él algún dejo de eternidad”. “Como decía Leonardo: «El que no puede lo que quiere, que quiera lo que puede». Y éste es el sentido del lema que llevará mi libro, hace años en preparación: Mobilis in mobile, «Móvil en lo inquieto», «Fugaz en lo fugaz»”.

Pero tendemos a vivir cada acontecimiento como definitivo; y “nuestra mirada al fijarse en algo, en efecto, lo fija, es decir, lo detiene e inmoviliza, por tanto, lo petrifica, lo desvitaliza“: lo dramatiza.

Nos anclamos en algo y, así, vivimos en falso: desestimando el presente, a la espera de un futuro mejor, con la queja a cuestas del pasado.

“Move on” dicen los americanos a quien se empeña en seguir lamentándose por algo pasado, como también a recordar su hazaña de hace años. “La vida es siempre un «ahora»; nostalgia y utopía son fugas del «ahora»”. “Que no me explique yo demasiado mal. Sentir nostalgias y utopizar son dos cosas perfectamente lícitas en que se manifiesta una vitalidad poderosa. Lo que importa es que nuestra actitud vital no dependa de ellas, que no se viva ni de ellas ni para ellas, porque entonces son síntomas de debilidad”.

“Sonreír de todo es tan estúpido y tan fácil como volver a todo las espaldas. Cuando menos, quisiéramos que la perspectiva, el claroscuro, el colorido del universo, se reflejasen en nuestro rostro con una variedad de gestos. Risa o llanto, perpetuados, hacen de una cara careta”. Pero, transitarlos, honrarlos, y dejarlos pasar es vivir en coherencia, dóciles a lo que la vida presenta.

Por tanto, “contra esta condición constitutiva de nuestro intelecto”, que va de pasado a futuro sin pasar por el presente, se debe reobrar haciéndonos cargo de que todo «mana de» otro hecho anterior y «va hacia» otro posterior, para poder “captar la efectiva realidad en su sustantivo movilismo”. “Todo fluye —no bajamos dos veces al mismo río. Lo real es, en verdad, como un torrente que pasa y pasa sin cesar, no como una permanencia. La estabilidad, lo permanente e idéntico es ilusión óptica de un momento. Ésta es la estupenda intuición que en el umbral mismo de la filosofía y de la historia del pensamiento occidental tuvo el enorme Heráclito”.

Lo cual es una buena noticia, porque contar con esta condición cambiante nos va a llevar a templar los disgustos y reveses, como a apaciguar las alegrías y euforias, en suma, a habitar cada vez más el presente, que es donde está la vida. De modo que “lo decisivo es que llenemos hasta los bordes la hora caminante, que seamos en el ánfora grácil buen vino que rebosa” en este momento.

Y, si la realidad humana es cambio, nada que se ocupe de ella podrá ser definitivo: ni ciencia, ni arte, ni Historia, ni filosofía: “Una ciencia es «verdadera» precisamente porque su doctrina es cambiante da en rostro a la idea tradicional de la verdad y sólo puede ser esclarecida renovando a radice la teoría general de la verdad misma y haciéndonos ver que siendo ésta asunto humano, queda afectada por la condición del hombre, que es la de ser mobilis in mobile“.

“Antes se interesaba el hombre en una forma de arte, en una idea científica, en un principio político, porque le parecían definitivos. Cuando no se lo parecían, caía en escepticismo, que es la suspensión de la vida. Ahora necesitamos aprender que sólo somos definitivos cuando henchimos bien el perfil transitorio que nos corresponde”, esto es, cuando habitamos plenamente el instante presente.

Así, “uno de los caracteres más profundos y más radicalmente nuevos que comienzan a acusarse en la cultura que dentro de nosotros está germinando es la creencia en que no es lo mejor que cosas y destinos sean permanentes, inmutables”.

“Pertenecemos a la simiente de Heráclito, el más genial de los pensadores, pero que siempre ha sido relegado extramuros de la ciudad filosófica, como un malhechor. Mas nosotros ponemos la proa hacia una cultura, la única adecuada a un ente como el hombre, que en medio de un mundo en constante movimiento es él mismo móvil. Sea nuestro lema: Mobilis in mobile. O con palabras de Goethe: Ein Wandelndes, das in uns und mit uns wandelt (Todo lo domina un ser mudadizo que en nosotros y con nosotros muda)”.

“El hombre está condenado a la intranquilidad”, bien; pero, por ello mismo, ha de asumirla con tranquilidad, sabiendo ser espectador de sí mismo: “la gota que rueda valle ayuso se ve a sí misma correr y, por tanto, está también fuera del río, quieta”. La paradoja de vivir es que hay un espectador quieto dentro de mí, a pesar de que ese mí esté en movimiento. “El hombre no tiene más remedio que aprender a vivir en esta forma dual y sentirse a la par mudable y eterno. Esto nos obliga a modificar profundamente la óptica de la vida”.

Textos citados: “Leyendo Le Petit Pierre, de Anatole France” (1919), en El Espectador III; “Revés de almanaque” (1930), en El Espectador VIII; El hombre y la gente [Curso de 1939-1940]; La razón histórica (1949); La idea de Principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva (1947); “Discurso a los universitarios de Berlín” (1949); De Europa Meditatio Quaedam (1949); “La Edad Media y la idea de Nación” (1955).


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