Isabel Ferreiro
“No midamos a cada cual sino consigo mismo: lo que es como realidad con lo que es como proyecto. «Llega a ser el que eres». He ahí el justo imperativo”. Así resume Ortega la ética de Píndaro, que sostiene a lo largo de su obra.
Para Ortega el deber no es único ni genérico, sino personal: cumplir con uno mismo. Por lo cual podría parecer que se distancia de Kant; pero es posible atender el propio deber particular, al tiempo que desear que vivir en coherencia con uno mismo se torne en ley universal, que es lo que recomienda Ortega: “Hombre, llega a ser el que eres, ten la voluntad de tu propia existencia“.
Pasa, eso sí, que “casi nadie está en su quicio, hincado en su auténtico destino. El hombre al uso vive de subterfugios con que se miente a sí mismo (…) tiene miedo (…) de abrirse a ese mundo verdadero, que exigiría mucho de él, y prefiere falsificar su vida reteniéndola hermética en el capullo gusanil de su mundo ficticio y simplicísimo”.
“La vida no nos es dada hecha”, de modo que el yo que somos tampoco. Este “yo” es un ser en potencia, habita en nosotros como llamada: “El yo de cada uno de nosotros es ese ente extraño que, en nuestra íntima y secreta conciencia, sabe cada uno de nosotros qué tiene que ser. Esa íntima conciencia constantemente nos dice quién es ése que tenemos que ser, esa persona o personaje que tenemos que esforzarnos en realizar, y nos lo dice con una misteriosa voz interior que habla y no suena, una voz silente que no necesita palabras, que es, por rara condición, a un tiempo monólogo y diálogo, voz que, como un hilo de agua, asciende en nosotros de un hontanar profundo, que nos susurra el mandamiento de Píndaro: «llega a ser el que eres»”.
Es la voz de la personal vocación que clama por realizar su más auténtico destino. Por lo que “el verdadero Destino es nuestro ser mismo“, “el que, queramos o no, tenemos que ser”.
Y, así, “la vida verdadera es inexorablemente invención. Tenemos que inventarnos nuestra propia existencia y, a la vez, este invento no puede ser caprichoso”; no puede ser cualquier vida que elijamos al azar, sino sólo la que estamos llamados a ser.
Cada cual “tiene que vivir una cierta vida”: la suya, la verdaderamente suya. Por ello, “un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por ello no vive su vida y por ello no crea ni fecunda ni hinche su destino”. En cambio, el hombre “cuando está en su propio quicio” cuenta con vital eficiencia y vive en plenitud: “íntegramente, puesto a su destino, que lo ha aceptado, que desde siempre y para siempre está encajado en él. Hállase, pues, por completo al servicio de aquél que tiene que ser”, con “disciplina rigorosa de ser sí mismo, de sumirse en el duro quehacer propuesto por su individual destino”.
“Lo que fundamentalmente nos pasa es ser el que somos“, o no ser el que somos. Aquí estaría la cuestión. Y “la mayor parte de los hombres traiciona de continuo a ese sí mismo que está esperando ser y, para decir toda la verdad, es nuestra individualidad personal un personaje que no se realiza nunca del todo, una utopía incitante, una leyenda secreta que cada cual guarda en lo más hondo de su pecho”. Por tanto, “suele acaecernos lo que maravillosamente, misteriosamente, sugiere Mallarmé, cuando resumiendo a Hamlet le llama: «el Señor latente que no puede llegar a ser»”.
Así, “la vida es constitutivamente un drama, porque es siempre la lucha frenética por conseguir ser de hecho el que somos en proyecto“. Entonces, como el proyecto siempre es más que lo que se logra, se trata de vivir en el intento. Pues, si “el mal humor insistente es un síntoma demasiado claro de que un hombre vive contra su vocación; “la convicción de haber intentado lo que mi destino me proponía me hace automáticamente impermeable a todos los denuestos, y me anestesia por anticipado para todas las vulneraciones“.
Vivir de acuerdo con uno mismo, pues, sea lo que sea que se logre, es todo.
Textos citados: “Estética en el tranvía” (1916), en El Espectador I; “[Elogio de las virtudes de la mocedad]” (1925); ¿Qué es la ciencia, qué la filosofía (1928); “Por qué he escrito «El hombre a la defensiva»” (1930); “Para el «Archivo de la palabra«” (1932); Goethe desde dentro (1932); Ensimismamiento y alteración (1939); “Juan Luis Vives y su mundo” (1940); El hombre y la gente [Curso de 1949-1950].

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